Existe una paradoja complicada referente a las universidades en
el orbe, en particular las latinoamericanas, y se refiere a que por
una parte deben ser ejes de cultura, conocimiento y desarrollo de
los países, cuando en la actualidad cada vez más son un negocio.
En particular en Latinoamérica los estudios superiores se
constatan como tradicionalmente elitistas, lo que admiten rectorados
de muchas de ellas.
Los principales impactos dolorosos para los estudiantes, los que
logran terminar estudios a ese nivel, está en las deudas acumuladas
y el desempleo profesional, mientras los claustros constituyen cada
vez más un jugoso negocio por las altas cifras a pagar, tanto en el
tema de los ingresos, como en libros.
Estos problemas llevan a muchos economistas a preocuparse por el
tema de si la educación debe ser gratuita o continuar por la senda
del dinero, tal y como lo reconoce BBC Mundo en una de sus ediciones
digitales, luego de encuestar a algunas autoridades, tanto en el
Reino Unido como en otras partes del planeta.
Y la primera respuesta recibida por este medio alude a que
depende cada vez más de que los estudiantes actúen como
consumidores, muy bien informados para escoger el lugar donde cursar
estudios y la especialidad para su futuro.
Sin embargo, tal consideración pone en el tapete otro problema
acuciante, como es el caso del derecho de los seres humanos a la
educación desde los niveles primarios hasta los superiores, de ahí
los reclamos mediante manifestaciones de una universidad gratuita y
de calidad.
Pero este reclamo no solo aparece en Chile y Colombia, por solo
mencionar algunos, sino en muchas otras partes del mundo, sobre todo
de cara a una sociedad más necesitada de información y cultura.
Algunas rectorías reconocen que ahora es más fácil entrar a las
universidades públicas, pero (aquí está el debate adicional) la
educación de esos centros es de baja calidad y, por lo tanto, sus
egresados jamás serán recompensados con altos sueldos, aspiración
principal de los graduados y sus familias.
Endeudados y sin trabajo, son dos categorías que pululan en la
actualidad y, por lo tanto, pone a la universidad en una balanza de
mercados, con precios altos si de una buena enseñanza se trata.
Un graduado de ingeniería en Chile, Oscar Cortés, consultado por
la prensa señaló que su deuda es mucho más alta frente a la de
quienes compran un auto o una casa, y este es un buen ejemplo de la
causa que puso en el tapete en ese país las protestas estudiantiles,
desde mayo del 2011.
Los medios de difusión también mencionan a Paola Vergez, una
periodista colombiana que tiene un crédito pendiente de nada menos
que de 10 mil dólares, luego de graduarse, y estar sin empleo.
Y es el caso que durante años enviar a un hijo a la universidad
solo estaba en manos de elites latinoamericanas.
Tal sueño se logra a costa de un fuerte ahorro en cuanto incluso
a familias de clase media obligadas a cifras bastante elevadas, pero
al final, esos estudiantes —en algunos casos debido a sus
procedencias—, pueden encontrar con más facilidad empleo, y empleo a
gusto.
Por un lado existe realmente una mayor necesidad de profesionales
en el mundo, crear potencialidades a partir del intelecto y permitir
un amplio margen a toda la sociedad, mientras por otro aparecen
barreras financieras, para ver, simple y llanamente, un negocio.