Pero su tarea magna la tuvo, sin duda, en la construcción del
Viaducto La Farola, majestuoso tramo de la carretera Vía Azul
incluido en febrero de 1997 entre las siete maravillas de la
ingeniería civil cubana.
La construcción de los 36 km del Viaducto La Farola inició en
abril de 1964 y concluyó en diciembre de 1965. Fueron 20 meses de
trabajo descomunal, de derroche de heroicidad y soluciones técnicas
para vencer el recorrido adosado a la ladera de la montaña en el
macizo Sagua-Baracoa.
"Las condiciones del terreno eran muy peligrosas, pues abundaban
las pendientes, los abismos, las lluvias, los derrumbes. Además, el
terraplén era sumamente estrecho, lo que dificultaba la circulación
de los camiones y otros medios automotores de trabajo", repasa una y
otra vez en su memoria Luis Enrique, ahora con 85 años de edad.
Auxiliado en el diálogo con Granma por uno de sus hijos,
Destén Ruiz, opina que el mérito del vial no solo está en el tiempo
récord en que se concluyó, sino también en la calidad con que se
hizo y en el hecho de construirse sin parar la circulación de
vehículos, lo que implicó mantener la transportación de mercancías y
pasajeros entre Guantánamo y Baracoa y entre esa antiquísima urbe
con el resto del país.
El macizo montañoso de La Farola se ex-tiende desde el puente de
Las Guásimas, en el poblado de Veguita del Sur, hasta el lugar
conocido por El Mirador de Alto de Cotilla. Ejecutar el viaducto por
ese trecho exigió profundos estudios técnicos, ya que la montaña
está formada por rocas de serpentina, cuyas masas alcanzan en
algunos casos hasta 200 metros sobre el nivel de la vía.
En esa zona, además, el régimen pluvial es muy abundante, lo que
hacía recomendable utilizar pavimento de hormigón. Por otra parte,
la serpentina impedía el uso de la dinamita, pues esta le hubiera
restado fortaleza a la roca y provocado deslizamientos.
Esos elementos fueron estudiados por los ingenieros Maximiliano
Isoba García, como proyectista general, y su auxiliar Luis Pérez
Cid, quienes determinaron hacer una carretera de hormigón, de 6
metros de ancho, y en los lugares donde el terraplén no daba el
ancho, en lugar de ampliar los cortes en la loma, se levantó un
viaducto sobre el precipicio con vigas de hormigón prefabricadas,
sobre pilotes del mismo material.
La solución contemplaba vigas prefabricadas en forma de T,
colocadas perpendiculares al eje de la vía y apoyadas en pilotes de
mortero fundidos in situ, de 40 cm de diámetro, con una cimentación
en forma de dado, de 1,2 x 1,2 metros y altura variable, anclado a
la roca.
"En no pocas ocasiones los operarios de martillos neumáticos
tuvieron que perforar el terreno colgados de sogas ante el
precipicio. En otros momentos se colocó una silla en la punta del
boom de la grúa, y el operador sentado en ella, prácticamente en el
aire, martillaba el sitio escogido hasta cumplir la tarea", relató a
este periodista hace unos años Santiago Daissón (más conocido por El
Guardia), quien fuera jefe de una de las brigadas constructoras.
Con la terminación del Viaducto La Farola, Baracoa salió de su
histórico aislamiento. Desde 1840 los habitantes de la Primera Villa
de Cuba fundada por Diego Velázquez, habían logrado que la Junta de
Fomento aprobara créditos para la obra, pero solo fue con el
advenimiento de la Revolución, casi 120 años después, que aquellos
sueños se hicieron realidad.
Por esta vía transita hoy alrededor del 96 % de las personas que
entran o salen de Baracoa, y del 80 % de las mercancías. Esas
cantidades expresan, en sí mismas, la trascendencia económico-social
del viaducto, el que por su calidad, majestuosidad y derroche del
pensamiento ingenieril se erige como permanente reconocimiento a los
constructores cubanos.
Unos 30 trabajadores de los municipios de Imías y Baracoa,
integrados en tres brigadas, tienen como tarea la preservación del
vial. Ellos, empero, se dedican a reparaciones meno-res, a la
higienización de la calzada, alcantarillas y tragantes, corrección
de las juntas y grietas, así como a la evacuación de los pequeños
derrumbes, entre otras labores como la chapea de faja, la poda de
árboles y la pintura de pilotes, puentes y barandas.
La Farola, sin embargo, opina este reportero, necesita, cuando
las condiciones del país lo permitan, una reparación capital que
corrija los hundimientos (baches) existentes sobre todo en el centro
de la vía. Esos hoyos, contados por decenas en un reciente viaje a
Baracoa, por lo general acumulan agua, que acelera el daño. También
es necesario corregir el deterioro de las barandas y pilotes,
causado principalmente por el impacto de los vehículos y los
accidentes.
Mantener para tener, aconseja el sentido común.