Era imposible que al abrazarse otra vez con igual alegría —ahora
en diciembre 17 del 58, en La Rinconada, Jiguaní, y tras nueve meses
de separación—, los hermanos Fidel y Raúl no recordaran aquella
coyuntura difícil después del desembarco del Granma.
En aquel entonces, la reunión de pocos hombres —sobrevivientes de
la fatídica sorpresa de Alegría de Pío— y 12 fusiles, bastaron para
afirmar que la guerra podía ganarse.
Aquella proclamación había sido resultado más del optimismo y la
fe en la victoria que de las condiciones objetivas; pero ahora, dos
años después, era recordada como una frase visionaria, pues las
sucesivas derrotas infligidas al enemigo después de la batalla de
Guisa, la liberación de importantes poblados orientales y el avance
incontenible sobre Santiago de Cuba, presagiaban el triunfo
revolucionario.
Precisamente para organizar el cerco a Santiago, fue que Fidel
convocó a Raúl, Almeida y otros jefes a la Comandancia de La
Rinconada. Un gran trecho de la Carretera Central entre Bayamo y la
capital oriental era dominado por los rebeldes después de tomar
Baire y con Maffo sitiado. Solo Jiguaní quedaba como bastión de la
tiranía.
Era vital entonces cortar ese posible puente de huída de "los
casquitos" hacia Bayamo, por lo que se decide cercar estrechamente
el poblado.
No obstante, la desesperación obliga a los militares de Jiguaní a
intentar escapar y así lo hacen la madrugada del 19 de diciembre por
un camino secundario que atravesaba las sabanas de un paraje cercano
conocido por San José del Re-tiro.
Era imposible no chocar con algún punto del cerco rebelde. Al
primer contacto y el tiroteo desencadenado, la tropa bajo el mando
del bravo capitán Ignacio Pérez inicia la persecución de la caravana
de militares que huyen. Caen ferozmente sobre la retaguardia
enemiga, aunque en condiciones muy arriesgadas, por ser un terreno
ganadero, demasiado llano para el combate a corta distancia.
El hostigamiento de los barbudos provoca gritos agónicos de
rendición entre los perseguidos. Sin embargo, la tregua solicitada
escondía la traicionera intención de abrir fuego sorpresivo cuando
los revolucionarios se acercaran.
En efecto, una vez erguidos sobre sus posiciones, el propio
capitán Ignacio Pérez y otros diez de sus hombres, incluido el casi
niño de 14 años, Juan Pérez Olivera, cayeron abatidos por una ráfaga
de ametralladora y el fuego cerrado de los viles soldados.
La traición no hizo más que desencadenar una furia rebelde que en
poco tiempo aplastó la resistencia enemiga, y esa misma tarde
Jiguaní, punto importante por confluir en él la Carretera Central y
la vía férrea rumbo a Santiago, ya era territorio rebelde, otro
pueblo libre.
No obstante, la satisfacción de la libertad conquistada se mezcló
esa noche con el dolor por el combatiente y el amigo caído. En los
corredores alrededor de la plaza del pueblo fueron tendidos los
cadáveres del capitán Ignacio Pérez y sus diez compañeros.
Fidel, Raúl, Celia, Vilma y otros altos jefes acudieron al
tributo, personalmente les rindieron guardia de honor, y en el
sepelio Raúl despidió el duelo con encendido discurso.
Hacía dos años del abrazo de Cinco Palmas. De los tres campesinos
que condujeron a Raúl y sus hombres a aquel encuentro con Fidel, uno
había sido el jovencito Ignacio Pérez.
Ahora, convertido en capitán, moría en combate dos días después
de un nuevo reencuentro entre los dos hermanos, justo a las puertas
de la victoria definitiva.
El propio líder Fidel lamentaba el suceso en carta al padre
Crescencio, imprescindible colaborador y amigo, y le transmite su
decisión de ascenderlo póstumamente a Comandante:
"Duele que haya muerto precisamente cuando el triunfo está a la
vista y cuando él estaba resultando ser uno de nuestros oficiales
más competentes y de mi mayor confianza.
"Su nombre figurará en la lista de los comandantes de nuestro
glorioso Ejército y nunca lo olvidaremos. Le diré solo que Ignacio
era para todos nosotros un hermano y tal es el dolor que sentimos en
este momento".
A pesar de las sensibles pérdidas de aquel combate —al decir del
Comandante Guillermo García: "uno de los más encarnizados y
difíciles que sostuvieron las tropas bajo mi mando"—, la toma de
Jiguaní, hace 55 años, fue otro paso firme y trascendental en el
avance rebelde sobre Santiago de Cuba, justo por donde entró
triunfante la Revolución el Primero de Enero de 1959.