Aunque se resiste a hablar sobre sí mis-mo, ha sido protagonista
de momentos históricos. El autor del libro Cuba-USA. Diez tiempos
de una relación, ha estudiado las relaciones entre ambos países
no solo desde la teoría, sino desde su experiencia vital. Ramón
Sánchez-Parodi Montoto participó en las conversaciones
confidenciales entre ambos gobiernos en 1975, con vistas a una
posible normalización, y luego en el proceso de negociaciones que
dio lugar a la apertura de las Secciones de Intereses en cada país.
Dirigió nuestra Sección de Intereses en Washington entre 1977 y
1989. Además, ocupó el cargo de viceministro de Relaciones
Exteriores hasta 1994, y a partir de entonces se desempeñó como
embajador en Brasil, hasta el año 2000.

Ramón
Sánchez-Parodi Montoto.
Desde la dominación o la hostilidad, la relación con Estados
Unidos ha influido en el país que somos. Hoy, cuando soñamos con uno
aún mejor, el gobierno cubano ha reiterado su disposición de avanzar
hacia una normalización de las relaciones bilaterales y establecer
un diálogo serio, constructivo, en condiciones de igualdad y respeto
a nuestra soberanía.
Granma conversó con Sánchez-Parodi para que nos contara,
desde su visión, cómo sería una posible normalización de las
relaciones, y cuándo hemos estado más cerca de lograrlo.
—Cuando se abrieron las Secciones de Intereses, ¿en qué
momento estaban las relaciones entre Cuba y Estados Unidos?
—Desde la ruptura en enero de 1961, siempre hubo algún tipo
de comunicación entre los gobiernos acerca de qué hacer con las
relaciones, primero de una manera informal, y posteriormente formal.
En 1974 Henry Kissinger —secretario de Estado y asesor de
Seguridad Na-cional— le mandó un mensaje a Fidel, aprovechando la
visita de un grupo de norteamericanos que venían a entrevistarlo. La
esencia de la carta era una frase: Cuba y Estados Unidos son
países con regímenes político, económico y social diferentes,
discrepan en la mayor parte de los asuntos fundamentales de carácter
internacional, pero eso no es razón para una hostilidad perpetua.
Un reconocimiento de que hay diferencias y eso no implica que no
pueda haber una relación es, como diría El Padrino, una oferta que
no se puede rechazar. El gobierno cubano respondió positivamente a
la posibilidad de comenzar contactos, ya directos, que no habían
existido hasta entonces.
El primer encuentro fue de media hora o 40 minutos, en una
cafetería del aeropuerto de La Guardia en Nueva York, en enero de
1975.
—¿Sobre qué temas se habló en ese primer encuentro?
—Yo fui designado representante de Cu-ba, y Lawrence
Eagleburger —secretario ad-junto personal de Kissinger— por Estados
Unidos. Conversamos sobre asuntos generales, del interés en
normalizar las relaciones. Lo más concreto fue por parte de Estados
Unidos el anuncio de algunas medidas, entre ellas la autorización a
subsidiarias norteamericanas en terceros países, como Argentina y
Canadá, para vender a Cuba.
—¿Y eso sucedió?
—Sí. En el caso de Argentina comenzaron a entrar automóviles
como los Ford. En el caso de Canadá concretamente se refería a una
serie de empresas que tenían contratos con Cuba para venderle
materiales de oficina. Otra medida fue eliminar las restricciones de
movimiento al personal cubano de Naciones Unidas, que estaba
limitado a un radio de 25 millas.
—¿En esas conversaciones qué pedía Estados Unidos a Cuba?
—Simplemente conversar. Las medidas se tomaron como gesto
simbólico, y además para resolver problemas con los gobiernos de
Argentina y Canadá. Des-pués se dio otra conversación en julio de
1975, en un hotel en Nueva York. Participaron Eagle-burger y William
Ro-gers, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos. Por
la parte cubana, Néstor García Iturbe —con-sejero de la misión de
Cuba en la ONU— y yo.
En esa reunión se si-guió avanzando. El tema principal fue el
hecho de que Estados Unidos favorecería la aprobación por la OEA de
una resolución eliminando el carácter multilateral de las sanciones
contra Cuba. Se decía que las sanciones contra Cuba de la OEA eran
multilaterales, o sea, que todos los países tenían que acatarlas. A
Estados Unidos no le convenía, al parecer, violar eso y tener
conversaciones bilaterales con Cuba, por lo tanto también era una
forma para evitarse un problema. A partir de ese momento, todos los
países tenían el derecho de bilateralmente manejar sus relaciones
con Cuba. Se habló de otros asuntos, pero eso fue lo más importante.
Quedamos en tener una nueva ronda de conversaciones en agosto.
Pero más adelante el gobierno de Estados Unidos comunicó que no era
posible continuar las negociaciones producto del apoyo de Cuba a la
independencia de Puerto Rico. Usaron ese argumento.
—¿Fue un pretexto?
—Considero que sí, porque posteriormente comenzaron a ligar
ese asunto con la presencia de tropas cubanas en África. Y ahí se
paró la cosa. En mi opinión, el verdadero problema fue la campaña
electoral (las elecciones generales serían en 1976). Había una
confrontación dentro del Partido Republicano entre Ronald Rea-gan y
Ford, y este no quería darle municiones para que lo atacara. La
decisión entonces fue no seguir conversando con Cuba.
Pero después, casi al final de la campaña al año siguiente, los
dos candidatos a presidente: Ford y James Carter, nos hicieron
llegar mensajes donde expresaban que si ganaban las elecciones,
reanudarían las conversaciones. En el caso de Carter, decía que no
quería que esas conversaciones fueran confidenciales, sino públicas.
Con su victoria vino su directiva presidencial sobre el proceso de
normalización de las relaciones con Cuba, y eso incluía la apertura
de las secciones de intereses.
—¿En el momento en que se abrieron las Secciones de Intereses, se
pensaba que el diálogo avanzaría más, que se convertirían en
embajadas?
—Sí. Tanto por parte de ellos como nuestra. Pero las
circunstancias fueron siempre muy complejas y había muchos intereses
contrarios.
El propio Reagan estuvo activo en promover acuerdos con Cuba,
como los acuerdos migratorios del año 1984, que antes habían sido
interrumpidos. Él no solo los promovió, sino que cuando se llegó a
un memorando de entendimiento quien hizo el anuncio fue la Casa
Blanca, no el Departamento de Estado, lo que le dio una jerarquía
que no habían tenido antes. Eso demuestra que siempre ha habido un
interés por su parte; incluso la instrucción presidencial de Carter
de marzo de 1977 dice claramente ‘para normalizar las relaciones con
Cuba’.
—¿Por qué no se llegó entonces a la normalización?
—Entre otras cosas había contradicciones en el interior del
gobierno de Carter, que se expresaron en política exterior. No solo
con relación a Cuba sino a Irán y la Unión Soviética. Al mismo
tiempo, estaba el tema de África, donde teníamos intereses
encontrados, y los procesos de insurrección armada en América
Latina, especialmente en Nicaragua.
—¿El momento en que más cerca estuvimos de normalizar las
relaciones fue con Carter?
—Claro, porque él fue quien tomó la decisión de normalizar
las relaciones.
—¿No se ha vivido ningún momento similar después?
—No creo. Se pensó que con Barack Obama, pero él realmente
desde que tuvo asegurada la nominación como candidato demócrata en
el 2008 empezó a girar hacia el centro, a acercarse a posiciones
conservadoras.
Obama nunca ha estado, en ningún sentido, en un camino de
búsqueda de una normalización de relaciones. Su política es una
versión light de la misma política de George W. Bush (hijo).
No ha cambiado. Eso se liga con otras complicaciones que tiene
Estados Unidos y que influyen especialmente en su política hacia
América Latina. A estas alturas, las bases de la política
norteamericana, los instrumentos de esa política en la región,
reflejados en la idea del sistema interamericano, han volado en
pedazos. Tienen que repensar cuál va a ser la política hacia
Latinoamérica.
—Durante los años en los que usted estuvo al frente de la Sección
de Intereses, ¿cuáles fueron los momentos más tensos de las
relaciones?
—Desde el punto de vista de la hostilidad, los momentos más
tensos indudablemente se produjeron a inicios del gobierno de Reagan.
Entre otras cosas, por-que él tenía un proyecto para echar para
atrás el proceso de normalización, como parte de su diseño de
política exterior y todo lo que siguió como expresión de las ideas
de la nueva derecha. Particularmente por una posición muy clara de
Alexander Haig (secretario de Estado) de promover incluso un ataque
militar contra Cuba; se lo propuso a Reagan.
—¿El ataque militar siempre se ha mantenido como una opción?
—Sí. La política de Estados Unidos hacia Cuba es una política
de Estado.
Reagan actuó con más sensatez y rechazó esa propuesta de Haig. Yo
diría que ese fue el momento de más tensión. Fidel me ha comentado
que quizás una de las cosas que nos salvó de una confrontación
militar fue el atentado que le hicieron a Reagan.
Hubo momentos de tensión también cuando los sucesos del Mariel,
pero eso era más bien tensión política, y nosotros teníamos una
capacidad de acción.
—Usted ha insistido en más de una ocasión en que la de Estados
Unidos ha-cia Cuba es una política de Estado. ¿Entonces discrepa con
quienes afirman que la política hacia Cuba está dirigida por el
lobby cubanoamericano de Florida?
—Eso no tiene nada que ver. Le hemos hecho mucha propaganda.
Pero eso está en contra de toda lógica y de la realidad. En primer
lugar, el término cubanoamericano, es de las cosas que nosotros
hacemos al usar los términos de Estados Unidos y los asumimos como
verdades absolutas. Ese es un término del censo, que habla de grupos
sociales, el cubano-americano es el que dice en su planilla del
censo que es cubanoamericano. Pero qué tienen que ver Ted Cruz o
Marco Rubio con Cuba.
Ahora bien, aun aceptando el término, ¿qué peso tienen en las
elecciones? En los condados de Florida donde hay cubanoamericanos
siempre han ganado los demócratas desde 1992, y casi siempre desde
1960 hasta la fecha.
¿Pero ella qué hizo contra Cuba
durante el tiempo que dirigió la Comisión de Relaciones Exteriores
de la Cámara? Cero.
Cuando los cubanos que controlaban la sociedad cubana, la
política cubana, la economía, los negocios, todo en Cuba, estaban
aquí, lo único que podían hacer era lo que les decían los yankis. Y
ahora que no tienen nada en Cuba, y lo saben, qué hacen. Nosotros
caemos muchas veces en la trampa de tomar como verdades los
argumentos de Estados Unidos y sus explicaciones, cuando son falsas.
Eso no quiere decir que el tema de la emigración cubana no sea
importante para nosotros, y tenemos que resolverlo en función de
nuestros intereses.
Cuando venía el Scarabeo (la plataforma petrolera), Ileana Ros-Lehtinen,
Mario y Lincoln Díaz-Balart le mandaron una carta pública a Obama,
argumentando que eso iba contra el bloqueo y los intereses
norteamericanos, y conminaron al presidente a hacer algo. Obama no
les hizo caso. Ellos no tienen fuerza, los usan.
—Para mantener la política de Estado...
—Y la política de Estado está clara. La proclamación
presidencial estableciendo el bloqueo, la Ley Helms-Burton, la
decisión de poner todo eso en el código federal, la OFAC (Oficina de
Control de Activos Extranjeros) y las acciones contra Cuba, eso es
política de Estado. Para cam-biarla tendría que haber una voluntad
de los gobiernos y las instituciones, y les hace falta.
—¿Por qué les hace falta cambiarla?
—¿Cómo Estados Unidos va a resolver su política hacia América
Latina sin re-solver sus relaciones con Cuba? Nosotros tenemos
relaciones plenas con to-dos los países de América Latina y el
Caribe, y hasta con Estados Unidos tenemos vínculos diplomáticos. Y
fue la región donde Estados Unidos más avanzó en su política de
aislamiento. Estos países no van a cambiar su política hacia Cuba.
Ya dijeron que no habrá Cumbre de las Amé-ricas (que será en Panamá
en el 2015) si Cuba no participa. ¿Qué hará Estados Unidos?
—¿Usted ve cerca el momento de normalización de las relaciones?
—Eso no existe así, y el levantamiento del bloqueo no es un
decreto, es un proceso que puede llevar muchos años. Hay cosas que
se hacen; por ejemplo la discusión ahora del tema del correo postal.
"Pero aun cuando se diga, se eliminó el bloqueo, en el mundo las
relaciones están reguladas por la serie de acuerdos bilaterales o
multilaterales, que habría que negociar entre Cuba y Estados Unidos.
Por ejemplo, comunicaciones aéreas; qué pasa con Radio Martí; cómo
será el tratamiento de los visados; los aranceles consulares; todo
eso hay que negociarlo, y todo eso lleva largo rato, con los
intereses nuestros y los de ellos.
Por supuesto, el día que Estados Unidos diga, eliminadas la Ley
Torricelli, la Helms-Burton, dejo sin efecto la proclamación
presidencial de Kennedy, ya eso tiene un impacto muy grande,
inmenso.
Yo creo que con Obama no va a pasar, quizás suceda en los
próximos mandatos presidenciales, sean republicanos o demócratas,
porque es otro error nuestro pensar que es con los demócratas. Las
conversaciones directas comenzaron con Nixon, y con Kissinger nada
menos.
Creo que las condiciones están maduras, porque no aguantan más.
—Entonces aunque no suceda con Obama, ¿usted cree que después se
avance hacia un acercamiento?
—De hecho se está avanzando algo. Y el tiempo político está a
favor de que se elimine el bloqueo. Estados Unidos tiene una
situación de crisis y como te decía, en Latinoamérica tiene que
rediseñar su política, que no debe ser sobre la base del sistema
interamericano. Además, 188 países votando para que se elimine el
bloqueo, es un aislamiento total.
El objetivo de la política de Estados Unidos hacia Cuba es
restaurar su dominación, y no se conforman con menos que eso.
Yo sí pienso que, si no en el próximo gobierno, quizás en el
siguiente, debe haber una decisión sustancial hacia la normalización
de las relaciones con Cuba. Lo más fácil, y lo que más obliga a
cambiar, es que Estados Unidos diga que se elimina toda prohibición
para que ciudadanos estadounidenses viajen a Cuba, eso obliga a
transformar cosas del bloqueo.
—Estados Unidos y Cuba nunca han tenido una relación del todo
normal. Hubo un largo periodo de dependencia, y luego una relación
hostil o no relación. ¿Cómo sería entonces una relación normal?
—No es normal, lo que es una relación normal. Sería una
relación beneficiosa para ambos países, pero tiene que estar exenta
de todo intento de dominación; como la tenemos nosotros con montones
de países y eso no significa que no pueda haber conflictos
eventuales. Nuestro sistema político y económico no es obstáculo
para tener relaciones normales con cualquiera.
—¿Y cree que en algún momento ellos renuncien a su intención de
dominación?
—Si no renuncian a eso no habrá relación normal. Se les ha
demostrado durante más de medio siglo que cualquier intento para
restaurar esa dominación ha fracasado.