Si me preguntaran, diría que nada ha deseado tanto el hombre como
el don de la ubicuidad. Ni la telequinesia, la telepatía, la
clarividencia... o cualquier otro talento extraordinario superan ese
deseo irresistible de estar en todas partes, de ser omnipresente.
Fue ese anhelo, quizás, uno de los motivos que impulsaron
invenciones como el teléfono, los telescopios, la comunicación
satelital, el Internet... todas en función de extender las
habilidades del hombre y, aunque su empleo ha resultado favorable,
aún el poder de ser y estar en varios lugares al mismo tiempo
continúa escapándose de las manos.
Entonces, ¿cómo justificar fenómenos cotidianos, únicamente
comprensibles a partir de la "ubicuidad"? Una parada de ómnibus, por
ejemplo, debería estar ubicada en un solo sitio. Sin embargo, la
experiencia dicta que el autobús puede estacionarse donde debe, una
cuadra delante, detrás, o 50 metros a la derecha (algún "don" debe
tener ese medio que no se detiene donde está establecido, sino donde
alguien cree más conveniente).
Ciertas personas, "bendecidas", también parecen poseerlo. Al
teléfono: — ¿X está? —En estos momentos se encuentra reunido.
—Dígale que es el plomero... —Ah, espérese, está aquí. Es que no lo
había visto. ¡Menudo susto se habrá llevado esta asistente al
descubrir el "poder sobrenatural" de su superior!
¿Son estos los destellos de un futuro "ubicuo" para el hombre?
¿Habrán pasado al plano real los relatos de ficción en los que
existen súper héroes con habilidades extraordinarias? Creo que no.
Detrás de cada acontecimiento, coyuntura, accidente... permanece
la actividad humana; porque no es el azar, la ubicuidad u otro
fenómeno fuera del alcance "terrestre" el causante de conductas
inadecuadas entre los individuos. Son las relaciones sociales, ante
todo, quienes determinan o frenan los comportamientos impropios.
No se trata de remitirnos a aquel viejo refrán sobre "la culpa y
la vaca"; la cuestión no radica en los culpables, de ese modo solo
pecaríamos, más que de frívolos o superficiales, de inconsecuentes.
El asunto estriba en las soluciones y en el ánimo de enmendar o
suprimir los malos manejos; y sobre todo, en la búsqueda de
alternativas que cierren paso, definitivamente, a las conductas
indebidas que irrumpen la cotidianidad y tratan de establecerse en
cualquier sitio y en cualquier momento.
¿Cambio de "mentalidad", de educación, de costumbres...? La
respuesta es más sencilla: el respeto al otro; el cuidado de lo
ajeno y lo común... ; cada uno de estos valores generados en
sociedad, enriquecidos y transmitidos de una generación a otra,
forman parte del imaginario que determina y varía su comportamiento.
Solo resta conjugarlos de modo que no sobren las buenas intenciones,
sino los resultados provechosos; solo esos deberían poseer el
codiciado "don de la ubicuidad".