Opinión

El “don” de la ubicuidad

O. FONTICOBA GENER

Si me preguntaran, diría que nada ha deseado tanto el hombre como el don de la ubicuidad. Ni la telequinesia, la telepatía, la clarividencia... o cualquier otro talento extraordinario superan ese deseo irresistible de estar en todas partes, de ser omnipresente.

Fue ese anhelo, quizás, uno de los motivos que impulsaron invenciones como el teléfono, los telescopios, la comunicación satelital, el Internet... todas en función de extender las habilidades del hombre y, aunque su empleo ha resultado favorable, aún el poder de ser y estar en varios lugares al mismo tiempo continúa escapándose de las manos.

Entonces, ¿cómo justificar fenómenos cotidianos, únicamente comprensibles a partir de la "ubicuidad"? Una parada de ómnibus, por ejemplo, debería estar ubicada en un solo sitio. Sin embargo, la experiencia dicta que el autobús puede estacionarse donde debe, una cuadra delante, detrás, o 50 metros a la derecha (algún "don" debe tener ese medio que no se detiene donde está establecido, sino donde alguien cree más conveniente).

Ciertas personas, "bendecidas", también parecen poseerlo. Al teléfono: — ¿X está? —En estos momentos se encuentra reunido. —Dígale que es el plomero... —Ah, espérese, está aquí. Es que no lo había visto. ¡Menudo susto se habrá llevado esta asistente al descubrir el "poder sobrenatural" de su superior!

¿Son estos los destellos de un futuro "ubicuo" para el hombre? ¿Habrán pasado al plano real los relatos de ficción en los que existen súper héroes con habilidades extraordinarias? Creo que no.

Detrás de cada acontecimiento, coyuntura, accidente... permanece la actividad humana; porque no es el azar, la ubicuidad u otro fenómeno fuera del alcance "terrestre" el causante de conductas inadecuadas entre los individuos. Son las relaciones sociales, ante todo, quienes determinan o frenan los comportamientos impropios.

No se trata de remitirnos a aquel viejo refrán sobre "la culpa y la vaca"; la cuestión no radica en los culpables, de ese modo solo pecaríamos, más que de frívolos o superficiales, de inconsecuentes.

El asunto estriba en las soluciones y en el ánimo de enmendar o suprimir los malos manejos; y sobre todo, en la búsqueda de alternativas que cierren paso, definitivamente, a las conductas indebidas que irrumpen la cotidianidad y tratan de establecerse en cualquier sitio y en cualquier momento.

¿Cambio de "mentalidad", de educación, de costumbres...? La respuesta es más sencilla: el respeto al otro; el cuidado de lo ajeno y lo común... ; cada uno de estos valores generados en sociedad, enriquecidos y transmitidos de una generación a otra, forman parte del imaginario que determina y varía su comportamiento. Solo resta conjugarlos de modo que no sobren las buenas intenciones, sino los resultados provechosos; solo esos deberían poseer el codiciado "don de la ubicuidad".

 

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