Hay que escuchar a la gente, porque solo así se tendrá la idea
más acabada del pulso social, decía en clase un viejo profesor y
periodista. Recurren constantemente sus lecciones al recuerdo en
estos tiempos donde tanto se habla de respeto y de recuperar valores
cívicos. Tiempos donde apelamos a un cambio de mentalidad
inaplazable y vital en nuestros ciudadanos, sin el cual avanzar
hacia una sociedad funcional no pasa de ser una quimera. Cuestiones
todas de prioridad en la Cuba de este siglo. Se llama a la oportuna
reflexión, pero muchas veces desoyendo la retroalimentación natural
que brinda el pueblo.
Porque hay situaciones que no pueden admitirse en un país que se
repiensa, decidido a actualizar su modelo económico y social,
convocado a recuperar la institucionalidad y el orden.
Si bien es dañina la indisciplina ciudadana, también lo son las
actitudes de otros actores que conforman el resto del entramado
social. Comportamientos cargados de indolencia hacia el otro,
desconocedores de la ley, atropellantes.
El maltrato se ha ido colando silenciosamente en diversas áreas
de nuestra sociedad. Es cierto que maltrata el joven al anciano que
aborda el ómnibus, cuando no ofrece su puesto en señal de
consideración. Maltrata a todo aquel que lo escucha el ciudadano que
grita palabras desproporcionadas en plena calle. Pero también aflora
el maltrato como la mala hierba, en tantos otros actos de desidia
protagonizados por un sinnúmero de instituciones, las mismas que se
supone le sirvan y guíen al hombre en su función social.
Descrédito, irrespeto y desconfianza es el saldo que puede
generar la falta de institucionalidad. Historias de maltrato
repetidas que hay que borrar definitivamente del imaginario social,
o estaremos arando sobre el mar.
"Es el colmo del irrespeto, siempre es igual", decían los vecinos
de la circunscripción en que vivo cuando comentaban indignados el
último plantón recibido en la pasada rendición de cuentas, por
"aquel" que debía explicar los motivos de que aún no se destupan los
desagües del alcantarillado, en una de las zonas más bajas del
reparto Camilo Cienfuegos, en La Habana del Este. "Cada vez que
llueve clamamos no pase de una llovizna", decían entonces sin
imaginar que la próxima inundación estaba cerca. Porque el pasado
viernes, el agua entró a las casas una vez más. Y me pregunto,
porqué no dar la cara, porqué negar una explicación desconociendo
irrespetuosamente la angustia ajena.
Impotencia de no poder hacer nada y ver como el nivel del agua
alcanza los colchones, el televisor, los muebles, y se acerca
peligrosamente a los tomacorrientes... Decir que no hay materiales,
que hay que esperar a que entre el presupuesto, no habría resuelto
el problema, pero sí quizás aliviado el alma al saber que se
preocupan, que el gobierno municipal tiene el problema presente, que
en cuanto se pueda se arreglará. Pero es más fácil no asistir al
"juicio" del pueblo.
¿Cómo exigir después a esos mismos ciudadanos responsabilidad
social? Y no es que estas actitudes puedan justificar las malas
conductas que pululan por ahí, pero valdría la pena reflexionar
sobre ello. Los hombres siguen modelos sociales, y tienen en las
instituciones un patrón de comportamiento, de legitimación de
actitudes.
Como esta, abundan las situaciones: que quien abre el hueco en la
calle no es quien lo tapa; que quien lo tapa no es el que se lleva
los escombros; que el cobrador de la luz no puede decir al cliente
la lectura del metro contador; que la tienda cerró 15 minutos antes;
que la cola se hace afuera; que "no te puedo explicar, a mí me lo
orientaron así y así lo hago"; que es el único refrigerador que
queda de esa marca... ¡pero debían rebajarle el precio porque tiene
defectos! "Lo siento, eso es lo que vale, no está declarado como
merma".
Y así, un sinfín de absurdos, desconocimiento al esfuerzo del
trabajador, al derecho a recibir un buen servicio, a vivir en un
entorno agradable, y un largo etcétera marcado una y otra vez por el
maltrato.
Vuelve la historia buscando responsables. Las instituciones se
conforman de ciudadanos, y son las instituciones las encargadas de
predicar con el ejemplo.
Maltrato ciudadano y maltrato institucional. El huevo o la
gallina de un mismo guion, en el que la serpiente se muerde la cola
y van de la mano causas y consecuencias.
Respetemos el derecho ajeno, y habrá paz