El primer ministro Hazem El Beblawi y el veterano político Amr
Moussa coincidieron en exhortar a dar el Sí al nuevo texto. Su
promulgación inicia de hecho la campaña para las elecciones
presidenciales y legislativas, las cuales darán el espaldarazo
popular que tanto necesitan las nuevas autoridades para legitimarse.
La ruta, sin embargo, está llena de obstáculos difíciles de
salvar. Entre ellos, las presiones cotidianas de los partidarios de
la ilegalizada Hermandad Musulmana (HM, islamistas) y una serie de
atentados dinamiteros o de otra índole contra el Ejército y la
Policía en varias ciudades, incluidas El Cairo y en la levantisca
península de Sinaí (noreste).
En una capital tan superpoblada como esta, llena de vericuetos y
de vecindarios donde se amontonan 16 millones de habitantes, ejercer
control sobre algunos cientos de opositores decididos a todo es una
tarea hercúlea, pero sin Hércules.
Aún así, la posibilidad existe, como advirtió el presidente del
panel de expertos que elaboró las reformas, Amr Moussa, quien
exhortó a aprobar la nueva Carta Magna para evitar la erupción de un
conflicto que está a las puertas "y salir de la situación de
turbulencia que atravesamos".
En la misma cuerda, el jefe del gabinete interino describió el
texto como "un hito en el sendero hacia la democracia", una opinión
a la cual le han salido nuevos e inesperados detractores: los
movimientos que se opusieron al Go-bier-no islamista de Morsi,
descontentos con una recién sancionada ley de manifestaciones que
consideran lesiva para las libertades individuales.
Suaves en el trato, los egipcios, también, se caracterizan por
atenerse a sus opiniones con la terquedad que les da su cultura de
siete mil años y una historia cargada de hechos trascendentes como
su victoria sobre el invicto Napoleón Bonaparte, las revoluciones
anticolonial de 1919 y antimonárquica de 1952, y tres guerras con
Israel.
Las disposiciones de mano dura dictadas por las autoridades
provisionales han sido recibidas con una franca oposición por parte
de los islamistas y de los laicos, ubicados en las antípodas del
espectro político, lo que introduce un elemento combustible en la
crisis, aunque no signifique la posibilidad de una alianza entre
ambos.
Ello explica la discreta reversa aplicada por el Gobierno
provisorio, cuyo presidente, el magistrado Adly Mansour, enunció la
posibilidad de enmendar la ley de manifestaciones y de revisar las
duras sentencias aplicadas a 21 activistas femeninas de la Hermandad
Musulmana por un tribunal de la ciudad norteña de Alejandría.
Aunque las mujeres fueron acusadas de alterar el orden, atacar a
las autoridades y pertenecer a una organización terrorista, el fallo
judicial fue considerado excesivo, más aún por tratarse de mujeres a
las cuales, al igual que a los niños, el Islam considera no
beligerantes en cualesquiera circunstancias.
Las exhortaciones a aprobar el texto fundamental llevan implícita
una promesa de atenuar tanto la ley de manifestaciones como las
sentencias de las islamistas alejandrinas, una vez que el país
retorne a la constitucionalidad tras las elecciones presidenciales y
legislativas.
Un factor que favorece a las autoridades, que aún cuentan con
apoyo entre los partidos laicos y sectores de la población, es el
temor al retorno al poder de los islamistas, cuyo fracaso en llevar
una política ecuménica durante el año que se extendió el mandato de
Morsi sigue presente en las mentes de millones de egipcios, negados
a repetir el experimento.