No
por abordar el cáncer en sus páginas el libro Crónica de un mal
amigo, del médico y expresidente uruguayo Tabaré Vázquez,
resulta un tratado pesimista. Todo lo contrario: las herramientas
para combatir la enfermedad a la que tantas veces evitamos mirar de
frente están ahí, al alcance del lector, que hallará entre casos
reales descritos y valoraciones de carácter educativo una nueva
manera de asumir esa realidad que nos atañe a todos.
La llegada de este flagelo a la vida humana sin previo aviso y su
"empeño" en no abandonar a la persona —tal y como hacen los amigos—,
para un mal día mostrarse en toda su crudeza, explica el título de
este trabajo que pretende de-mostrar cuánta razón hay en la
prevención, tantas veces subvalorada, de la dolencia, por medio de
su conocimiento profundo.
Muchos méritos tiene el libro —rubricado en su edición cubana por
la Editorial Científico-Técnica— pues es de esos que una vez
abierto, no podemos dejar hasta llegar al punto final. Sin ser un
texto de Oncología recoge las definiciones esenciales de un mal que
en nuestro país desplazó a las enfermedades cardiovasculares para
convertirse en la primera causa de muerte.
Con un lenguaje accesible se explican conceptos como prevención
primaria, diagnóstico temprano, signos de alerta, tratamiento
radiante y quimioterapia, entre otros, que debemos conocer, si se
tiene en cuenta que en Cuba cada año se detectan unos 30 mil nuevos
casos que podrían, para el 2015, sumar 35 mil habitantes afectados
por una enfermedad evitable que puede ser curable.
A romper el mito negro que gira en torno al padecimiento nos
exhorta Tabaré Vázquez con este libro que deja en quienes lo leen —ojalá
sean muchos— una esperanza y un aliento diferente respecto a la
realidad que entraña, la cual no será menos agresiva por nombrarla
eufemísticamente —y para evitar el escalofrío— larga y penosa
enfermedad, sino que debe conocerse desde la niñez para declararle,
de manera permanente, una guerra abierta.
Junto a las observaciones del oncólogo experto está también el lu-chador
político, impulsado por su doble pasión a analizar el cáncer como un
problema social, incluso mayor que el biológico, para cuya solución
es preciso involucrar a los gobiernos, encargados de establecer en
sus estrategias de dirección prioridades para la salud pública.
El lector cubano al aventurarse en estas páginas, no podrá evadir
el or-gullo y la tranquilidad de vivir en un país como el nuestro,
en el que no se escatima, a pesar del recrudecimiento del bloqueo
económico impuesto hace medio siglo por Estados Unidos, en
inversiones para tratar la enfermedad; donde se combate por medio de
programas adecuados la aparición de tumores y se curan cada vez más
cánceres, sin que le cueste al paciente un solo centavo.