Hace ya alrededor de una década, motivos familiares me llevaron a
permanecer durante varios días en vínculo directo con la Sala de
Ortopedia y Traumatología del Hospital Antonio Luaces Iraola, de
Ciego de Ávila, famosa a instancia nacional por los servicios de
excelencia y la consagración de sus trabajadores.
Ajeno siempre a todo protagonismo, tales méritos en mucho se
debían al elevado prestigio profesional del jefe del servicio,
doctor Raunel Hernández Rodríguez, quien supo armonizar exigencia,
rigor y control con un trato exquisito hacia todas las personas que
acudían al lugar para recibir tratamiento a sus males.
En medio de carencias materiales de todo tipo, los pisos de
aquella sala brillaban, el orden prevalecía por doquier y la
tranquilidad de los pacientes estaba garantizada, gracias también al
actuar consecuente de las enfermeras y auxiliares de limpieza con
autoridad bien ganada para hacerse respetar.
No había allí excesos, caprichos ni pretensiones desmedidas: solo
el más auténtico empeño por crear un ambiente agradable para la
convivencia temporal de enfermos y acompañantes. Eso sí, sabían
llamar a capítulo oportunamente a quien transgrediera las normas de
disciplina establecidas.
No creo, en modo alguno, que el ejemplo antes descrito constituya
una excepción. Solo lo traigo a colación, a propósito de la voluntad
institucional por acompañar las inversiones que hoy se ejecutan en
ese sector con un cambio cualitativo en las maneras de actuar y
comportarse los ciudadanos dentro de sus instalaciones.
Desde que en enero de este año una Resolución ministerial pusiera
el dedo sobre la llaga e implementara nuevos horarios de visitas a
las instituciones hospitalarias, además de adoptar otras medidas
regulativas, es justo señalar que se nota un giro positivo a favor
del orden y la disciplina.
Sin embargo, lejos se está aún de poder afirmar que el asunto
esté resuelto totalmente. No en todos los lugares el problema se ha
tomado por los cuerpos de dirección con la seriedad y exigencia
requeridas, mientras en algunos prevalece una actitud impasible e
indolente, de dejar hacer, sin medir las consecuencias.
Lo cierto es que las reparaciones millonarias de los hospitales
poco resolverían, si en cada sala, consulta o departamento sus
trabajadores no cierran filas en pos del cuidado de las
instalaciones y del mobiliario, y enfrentan con decisión a aquellos
que irrespetan las más elementales normas de convivencia ciudadana.
En recientes declaraciones a medios de prensa en Camagüey, José
Ramón Machado Ventura, segundo secretario del Comité Central del
Partido, insistía en la necesidad de resolver los problemas
organizativos y de disciplina presentes en los centros hospitalarios
que entorpecen la prestación de un mejor servicio.
"Hay que tener un trato adecuado, decía, porque toda persona
quiere ver y estar al lado de su familiar, pero falta la exigencia
de los dirigentes de Salud Pública, quienes deben controlar y no
permitir las visitas masivas a toda hora que molestan a los
pacientes y, lejos de mejorar, perjudican la salud del ingresado".
Por supuesto, las medidas restrictivas por sí solas no surtirían
el efecto deseado, si la población no toma conciencia de las
implicaciones negativas que ello puede traer por las interferencias
al adecuado funcionamiento intrahospitalario y el quebrantamiento
del orden higiénico-epidemiológico.
Si cada cual asume la parte que le corresponde y actúa con
sensatez, a sabiendas de que es calidad de vida lo que quedará como
fruto de tamaño empeño, entonces, estoy seguro, el ejemplo de la
Sala de Ortopedia y Traumatología del hospital avileño dejaría aún
de sorprender a muchos.