El paciente merece también nuestro respeto

Miguel Febles Hernández

Hace ya alrededor de una década, motivos familiares me llevaron a permanecer durante varios días en vínculo directo con la Sala de Ortopedia y Traumatología del Hospital Antonio Luaces Iraola, de Ciego de Ávila, famosa a instancia nacional por los servicios de excelencia y la consagración de sus trabajadores.

Ajeno siempre a todo protagonismo, tales méritos en mucho se debían al elevado prestigio profesional del jefe del servicio, doctor Raunel Hernández Rodríguez, quien supo armonizar exigencia, rigor y control con un trato exquisito hacia todas las personas que acudían al lugar para recibir tratamiento a sus males.

En medio de carencias materiales de todo tipo, los pisos de aquella sala brillaban, el orden prevalecía por doquier y la tranquilidad de los pacientes estaba garantizada, gracias también al actuar consecuente de las enfermeras y auxiliares de limpieza con autoridad bien ganada para hacerse respetar.

No había allí excesos, caprichos ni pretensiones desmedidas: solo el más auténtico empeño por crear un ambiente agradable para la convivencia temporal de enfermos y acompañantes. Eso sí, sabían llamar a capítulo oportunamente a quien transgrediera las normas de disciplina establecidas.

No creo, en modo alguno, que el ejemplo antes descrito constituya una excepción. Solo lo traigo a colación, a propósito de la voluntad institucional por acompañar las inversiones que hoy se ejecutan en ese sector con un cambio cualitativo en las maneras de actuar y comportarse los ciudadanos dentro de sus instalaciones.

Desde que en enero de este año una Resolución ministerial pusiera el dedo sobre la llaga e implementara nuevos horarios de visitas a las instituciones hospitalarias, además de adoptar otras medidas regulativas, es justo señalar que se nota un giro positivo a favor del orden y la disciplina.

Sin embargo, lejos se está aún de poder afirmar que el asunto esté resuelto totalmente. No en todos los lugares el problema se ha tomado por los cuerpos de dirección con la seriedad y exigencia requeridas, mientras en algunos prevalece una actitud impasible e indolente, de dejar hacer, sin medir las consecuencias.

Lo cierto es que las reparaciones millonarias de los hospitales poco resolverían, si en cada sala, consulta o departamento sus trabajadores no cierran filas en pos del cuidado de las instalaciones y del mobiliario, y enfrentan con decisión a aquellos que irrespetan las más elementales normas de convivencia ciudadana.

En recientes declaraciones a medios de prensa en Camagüey, José Ramón Machado Ventura, segundo secretario del Comité Central del Partido, insistía en la necesidad de resolver los problemas organizativos y de disciplina presentes en los centros hospitalarios que entorpecen la prestación de un mejor servicio.

"Hay que tener un trato adecuado, decía, porque toda persona quiere ver y estar al lado de su familiar, pero falta la exigencia de los dirigentes de Salud Pública, quienes deben controlar y no permitir las visitas masivas a toda hora que molestan a los pacientes y, lejos de mejorar, perjudican la salud del ingresado".

Por supuesto, las medidas restrictivas por sí solas no surtirían el efecto deseado, si la población no toma conciencia de las implicaciones negativas que ello puede traer por las interferencias al adecuado funcionamiento intrahospitalario y el quebrantamiento del orden higiénico-epidemiológico.

Si cada cual asume la parte que le corresponde y actúa con sensatez, a sabiendas de que es calidad de vida lo que quedará como fruto de tamaño empeño, entonces, estoy seguro, el ejemplo de la Sala de Ortopedia y Traumatología del hospital avileño dejaría aún de sorprender a muchos.

 

| Portada  | Nacionales | Internacionales | Cultura | Deportes | Cuba en el mundo |
| Comentarios | Opinión Gráfica | Ciencia y Tecnología | Consulta Médica | Cartas| Especiales |

Subir

 

 

ecoestadistica.com