Ello, sin embargo, no significa que todos los conductores sean
indolentes o corruptos, o que siempre el pasajero sea la principal
víctima.
Pude comprobarlo recientemente, una vez más, al conversar en el
andén tunero durante unos minutos con Roy Alfonso Martínez y Osmany
Belete González, quienes cubren la ruta Holguín-La Habana.
Intrigado por la mezcla de preocupación con molestia que
reflejaba el rostro de ambos, decidí acercarme a ellos, mientras
aguardaban por algunos pasajeros que debían subir al ómnibus para
continuar viaje.
La causa de aquella visible contrariedad yacía dentro del estuche
de tela que habitualmente tiene cada asiento en su parte posterior:
algún indolente había vertido vómito allí el día antes. Cansados de
hurgar desde la víspera en todos los rincones y espacios interiores,
por fin se produjo el hallazgo o confirmación de un hecho tan
insólito como inaceptable.
"Siempre que ofrecemos la información inicial antes de salir
—comentó Roy— le indicamos a los pasajeros la necesidad de cooperar
con la limpieza y la preservación de este ómnibus, uno de los que ya
sobrepasó el millón de kilómetros recorridos y al que cuidamos como
a nuestros propios ojos. También insistimos en que se nos avise sin
pena ante cualquier urgencia o necesidad e insistimos en que nadie
ingiera bebidas alcohólicas ni alimentos en los asientos durante el
recorrido... Pero, así y todo, hay quienes incurren en negligencias
como esta".
No es la primera vez que escucho tal punto de vista. Con gran
preocupación, Jesús Rodríguez Cruz, director de la Unidad
Empresarial de Base Ómnibus Nacionales, en Las Tunas, refería
semanas atrás "la diametral diferencia que existe entre el estado en
que salen los carros hacia destinos como La Habana o Santiago de
Cuba, y la preocupante situación en que retornan, como consecuencia
del inadecuado comportamiento y la falta de sensibilidad por parte
de algunas personas que viajan a bordo".
"Muchas veces dejan restos de bocaditos en el piso, migajas de
pan, estuches plásticos, latas vacías, manchas de grasa o de
líquidos en los asientos y hasta hay quienes se limpian las manos
con las cortinas o con la tela destinada para apoyar la cabeza
durante el viaje", refiere Juan González Hernández, quien comparte
el volante con su colega Juan Armando Rodríguez.
¿Harán esos ciudadanos lo mismo en sus hogares? ¿Actuarían igual
si fuesen propietarios particulares o privados de esos medios de
transporte? ¿A quién creen que pertenece el parque de ómnibus con
que cuenta la empresa en cada una de las provincias? Nominalmente al
Estado, pero en la práctica son y deben ser de quienes se sirven y
benefician de su servicio: el pueblo.
Difícilmente alguien reconozca que incurre impunemente en
indisciplinas como las antes mencionadas. De hecho, todas las
personas a las que se les preguntó acerca del tema opinan similar a
Andrés Peña Rodríguez: "No cuesta ningún trabajo contribuir con la
limpieza del ómnibus, pedirle al chofer que pare si nos sentimos mal
o si tenemos determinada necesidad, así como mantener un
comportamiento correcto a lo largo del viaje... , porque de otro
modo no tendremos en qué movernos a la vuelta de un tiempo".
Un poco más de cuidado, de pertenencia y de responsabilidad no
vendrían nada mal para contar con más recursos y medios a favor de
todos, y enfrentar también a ciertos conductores que no cumplen su
deber y sobre todo a esos cuya sensibilidad parece habérseles
acomodado entre las insatisfechas paredes del bolsillo.