Desde que supe la historia, cada 27 de noviembre se juntan en mi
memoria la sangre de los estudiantes de Medicina fusilados por el
régimen colonial en 1871 y la de los cinco negros masacrados ese día
mientras intentaban rescatar a los jóvenes conducidos a la Punta.
Hemos cultivado una tradición conmemorativa en torno a aquel
acontecimiento. Nos duele la saña con que las autoridades
coloniales, exacerbadas por el odio del Cuerpo de Voluntarios,
troncharon las vidas de los estudiantes. Tanto los testimonios de
sus contemporáneos, con Fermín Valdés Domínguez al frente de la
cruzada vindicatoria y la encendida prosa martiana clamando justicia
para los "pinos nuevos", como acuciosas investigaciones posteriores
han de-mostrado el montaje de la farsa judicial que los condenó. La
verdadera culpa de los jóvenes fue sentirse y asumirse como cubanos.
Sin embargo a esa tradición le faltó por más de un siglo el
recuerdo de esos otros que entregaron sus vidas para que el crimen
no se consumara.
Varias razones se entrecruzan en la trama del olvido, desde el
anonimato de los héroes —tenían nombres, pero una forma de
despreciarlos y ningunearlos fue ocultar sus señas en la relación
del suceso— hasta prejuicios raciales secularmente enraizados y la
tendencia acomodaticia a seguir patrones establecidos.
Ciertamente las referencias documentales son escasas, pero no
deben ser ignoradas, como tampoco las contribuciones al
esclarecimiento de los hechos aportadas por los investigadores
Manuel Vizcaíno Cuéllar y Serafín Quiñones en artículos publicados
en La Gaceta de Cuba, de la UNEAC, en 1971 y 1998, respectivamente.
Me veo precisado a contar una experiencia personal. Recuerdo en
los años 70 que a propósito del artículo de Vizcaíno, titulado Un
movimiento solidario con los Ocho Estudiantes de Medicina,
consulté su contenido con un célebre historiador versado en los
sucesos del 27 de noviembre, y este me enseñó una copia de la carta
del capitán de Voluntarios Ramón López de Ayala en la que consigna
el ataque de "unos negros" a los custodios de los jóvenes
condenados, y otro documento más donde un tal J. M. Barceló, también
voluntario, decía que era hora de "cobrar la falta a los
encubridores de esos negros jíbaros que nos metieron tiros en la
caminata".
Pero me dijo que tales elementos no eran suficientes para probar
la conjura de los negros y menos cuando el principal sustento de
esas historias, a las que en un texto llamó "novelescas", solo
cuentan para los ñáñigos y, recuerdo con exactitud sus palabras,
"debes dudar de lo que no consta por escrito".
Indudablemente aquel historiador, de innegables méritos e
imprescindibles aportes, era víctima de prejuicios propios y ajenos,
tanto por lo que compete a ponderar la utilidad de las fuentes de la
memoria popular, como por hacerse eco —estoy seguro, porque lo
conocí bien, de manera no deliberada— de los atavismos con que a lo
largo de nuestra historia han lastrado parte de lo que proviene del
ámbito de las Sociedades Abakuá, cuyos integrantes han sido en no
pocas ocasiones criminalizados, en actos de flagrante racismo y
supina ignorancia, sin tener en cuenta la ética históricamente
prevaleciente entre los miembros de la hermandad. Todavía hay
quienes miran con ojeriza a los abakuás e incluso creen que es "cosa
de negros", cuando desde el siglo XIX ingresaron blancos a la
fraternidad y hasta tuvo lugar la fundación de una potencia
íntegramente conformada por hombres de piel clara.
En efecto, los hombres que trataron de rescatar a los jóvenes
pertenecían a una potencia abakuá. La memoria de los integrantes de
esas sociedades preservó y ha transmitido el mensaje de la acción
del 27 de noviembre como un gesto anticolonial y patriótico.
Existen fundamentos suficientes para que la conmemoración de la
efeméride rebase los compartimientos de la fragmentación. Ni la
tradicional peregrinación encabezada por los estudiantes —algo que
se ha venido haciendo ya por la FEU— debe obviar la memoria de los
mártires que intentaron salvar a los injustamente condenados a
muerte ni el convite que desde el 2006 se viene haciendo para
recordar a los héroes negros en la intersección de las calles Morro
y Colón, en La Habana Vieja, cerca de donde asesinaron a uno de
aquellos, puede ser enajenado de la agenda conmemorativa ni
convertirse en coto exclusivo de iniciados.
Vale la pena preguntarse por qué el Che Guevara, al hablar el 27
de noviembre de 1961, expresó: "Y no solamente se cobró en esos días
la sangre de los estudiantes fusilados. Como noticia intrascendente
que aún durante nuestros días queda bastante relegada, porque no
tenía importancia para nadie, figura en las actas el hallazgo de
cinco cadáveres de negros muertos a bayonetazos y tiros. Pero de que
había fuerza ya en el pueblo, de que ya no se podía matar
impunemente, da testimonio el que también hubiera algunos heridos
por parte de la canalla española de esa época".
Habría, ante todo, que enseñar en las escuelas la historia
completa del 27 de noviembre, como se enseña la conspiración de
Aponte, los horrores de la esclavitud, el espíritu resistente y
libertario del cimarronaje, el acto emancipador de Céspedes, y se
muestra cómo al Moncada, junto a Fidel, Abel y Raúl, acudieron
Mestre y Almeida, y cuando se habla de la épica internacionalista en
África a nadie se le ocurre separar a negros, blancos y mestizos a
la hora de evaluar la entrega generosa. Con ello se haría una
contribución a la mejor comprensión de nuestra Historia, a la
promoción de los valores que sostienen nuestro proyecto social y al
fortalecimiento de la unidad revolucionaria, esa que pretenden
quebrar quienes desde el oportunismo y la rabia, fuera y dentro de
Cuba, quisieran dividirnos.