En
una perenne lucha por "conseguir" ser una escritora se ha pasado la
vida Reina María Rodríguez, poeta y narradora cubana a la que estuvo
dedicado el más reciente espacio El autor y su obra, del Instituto
Cubano del Libro.
Empecinada en autorreconocerse como una escribidora —así con todo
el descrédito que podría inferirse del apelativo— y convencida,
aunque no sus lectores, de que sus creaciones parten del error, la
autora de más de 30 libros, galardonada en dos ocasiones con el
premio Casa de las Américas, no sale de su asombro al escuchar en la
voz de los panelistas que la acompañaron, la huella suya en el
espíritu de otros, que es, a fin de cuentas, una de las utilidades
de la literatura.
"Lo que dejamos en los demás es lo único que puede ser inmortal.
Las palabras que he escuchado aquí hoy me están demostrando algo que
yo no me creo, y es que en los otros estoy", dijo Reina María a la
vez que todavía escéptica le costaba creer cuánto ha calado su
poesía en la poeta y ensayista Jamila Medina —una de las panelistas—
de quien la separan más de dos generaciones.
Como metida en la propia piel de la autora, Medina, quien trabaja
en una nueva antología poética de Reina María, comentó su pasión por
la obra de la homenajeada a la que conoció, hace más de una década,
mediante el libro Te daré de comer como a los pájaros y desde
entonces "devoró" una buena parte de esa literatura donde están "los
flujos y reflujos de lo cotidiano".
Los poetas Alex Fleites y Ricardo Alberto Pérez también regalaron
a Reina María sus palabras. El primero, unido a la autora por una
amistad de más de 30 años —razón tal vez por la que no puede dejar
de verla como una muchacha— se remontó a las más lejanas
experiencias cuando juntos "escribíamos febrilmente en las
madrugadas, tratando de llenar con palabras aquellos huecos negros,
manquedades e insatisfacciones que nos lanzaba a la cara la agresiva
realidad".
Observó también la calidad de su trabajo literario, que deja en
cada nuevo libro "preguntas esenciales" y apunta con particular
insistencia a la infancia, el barrio, la pérdida y el dolor, "pues
es una poeta más lúcida que intuitiva, capaz de convertir de un pase
de efectiva poesía intrincados pensamientos en emoción".
"No conozco en nuestro ámbito una obra literaria más honda,
original, conmovedora, veraz, sincera y desgarrada que la suya",
afirmó con categoría Fleites, quien como una suerte de resguardo
acude —estando "a punto de perder los restos de la fe"— a las
tertulias que Reina María organiza.
Tulip de liebre, tulip de oveja, última de sus antologías
publicadas, y Páramos, fueron los títulos en los que se
detuvo Pérez en su intervención.
—dijo— es una "oportunidad insuperable
donde se puede apreciar y debatir el trasiego de esta autora por el
reino de la lectura".
Las prosas que conforman Páramos, consideradas por el
poeta "demostraciones de la perfección", tienen en el útero "el
personaje clave de toda esta escritura". Incluso más, "logra ser el
propio espíritu del texto, una especie de voz en off, que
flota en el trasfondo de los escenarios que van apareciendo", y
entre muchas otras advertencias, significó en la obra de Reina María
un desafío a la erosión del tiempo.
No quiso la autora leer las palabras previstas para el final.
Prendida con alfileres —"que es como siempre he pensado que
estoy"— tendrán ahora otro destino. El rubor de esta escritora, que
en vano intenta pasar inadvertida, la hace leer entonces el
penúltimo de sus poemas titulado El arca, tal vez con la
esperanza de hallar en él, entre tantos elogios, la salvación.