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Desde Haití La
Isla de la Tortuga: una tierra de olvido
Leandro Maceo Leyva,
enviado especial
Isla de la Tortuga, Haití.—
Situada al noroeste de Haití, con una superficie de 180 kilómetros
cuadrados y unos 27 mil habitantes que viven de la pesca, el
comercio y del turismo alimentado por las historias de piratería, la
Isla de la Tortuga debe su nombre al descubridor del Nuevo Mundo,
Cristóbal Colón, quien al avistar sus costas la bautizó así por el
dibujo que ofrecía su geografía.
Barco
velero camino a la Isla.
Rodeada de aguas cristalinas de color azul intenso, con una
temperatura tropical y una frondosa vegetación marcada por diversas
especies de palmeras, ese pequeño enclave montañoso parece haber
nacido para entrar en la leyenda —un paso que podría haberse
producido de manera definitiva.
Como en el resto del país, la mayoría de los habitantes son de
raza negra, los idiomas oficiales son el francés y el creole
y la población es mayoritariamente católica.
Conocida como la isla de los piratas, pues durante el siglo XVII
fue un bastión para los bucaneros y filibusteros que surcaban el mar
Caribe, el territorio acogió a personajes ilustres del mundo del
pillaje. Quizás, el más encumbrado fuera el británico conocido como
Barbanegra, quien se afincó en sus costas.
El
enfermero-intensivista Royler Valdivia durante el viaje.
Su reputación de albergue de los filibusteros hizo de la isla un
motivo de inspiración para escritores como Emilio Salgari, Robert
Louis Balfour Stevenson o Walter Scott, presentes en obras cumbres
de la literatura como El Corsario Negro, La Isla
del Tesoro y El Pirata, respectivamente.
La curiosidad hacia ese mundo de la piratería me llevó a indagar
sobre la Isla de la Tortuga, patria y refugio de aventureros. Quería
conocer de aquel pasado agitado y entender el porqué. Todos
coinciden en que una vez que la habitas, es imposible no sentir que
te sostienes sobre un suelo condenado a un extraño maleficio de
soledad, mientras una sospechosa calma preside sus 400 metros de
altura, hasta convertirla en una tierra de olvido.
¡Que hay médicos cubanos en la Isla de la Tortuga! exclamó con
asombro en una ocasión un amigo, al intercambiar sobre el alcance de
la Brigada Médica Cubana a lo largo y ancho de la geografía
haitiana. Ese también fue otro de mis móviles para visitar el
legendario enclave.
Interior
de la Isla.
El día que viajamos era tranquilo, pues los haitianos dormían, me
dice Royler Valdivia, un joven enfermero-intensivista, quien ha
pasado 18 meses allí y servía de guía en un viaje que comenzó en el
puerto de Port-de-Paix (cabecera departamental del noroeste de
Haití), sobre un barco velero que navega en pleno siglo XXI.
Según cuenta Royler, a veces el mar está "difícil" y los
haitianos se ponen a orar, como si "presintieran" algo malo. Aún
así, él hace el trayecto confiado, viaja en la orilla de la
embarcación como uno más de los cincuenta nativos que generalmente
lo acompañan en la travesía que repite dos veces al mes, al
principio y al final.
Todos lo conocen en el barco la Salles, un negocio que da
de comer a la familia, y a bordo del cual ha debido cooperar, en
ocasiones, con los ajetreos propios del desplazamiento.
Mientras navega, Royler no olvida su condición de especialista
cubano. Lleva consigo tabletas de gravinol y un pomo con agua, los
cuales comparte, fundamentalmente con los niños.
Habla de la "letanía" de los viajes, de los retornos que resultan
ser "más calmados", de los delfines que lo despiden de vez en vez, y
de la "bondad" de los haitianos que lo transportan. Los mismos que
esa tarde nos aproximaron seguros hasta la isla, aquellos que nos
dieron la mano para abordar una embarcación más pequeña para
alcanzar el muelle, y con quienes escalamos —sobre una motocicleta—
las erguidas inclinaciones del terreno.
Una vez en tierra firme, Royler deberá no solo enfrentar
cualquier urgencia médica que se presente, sino además, la ausencia
de electricidad y de cualquier vestigio del mundo moderno, mientras
contempla cada tarde la puesta del sol y las embarcaciones que
regresan, como expresión de que el día llega a su fin.
Pero él permanecerá a gusto dos años allí. Seguirá viajando
impulsado por el viento y quién sabe, tal vez un día, decida
escribir su propia leyenda. |