Evidentemente, Kasich no es el primero en hacer esta observación.
Pero el hecho de que venga de un republicano bien considerado
(aunque, a lo mejor, ya no tanto), precisamente de alguien que tenía
fama de ser un agitador de ideas conservadoras, es revelador. La
hostilidad republicana hacia los pobres y los desfavorecidos se ha
exacerbado hasta tal punto que en realidad el partido ya no defiende
otra cosa, y solo un observador obstinado en su ceguera puede ser
incapaz de verlo.
La gran pregunta es: "¿Por qué?". Pero antes vamos a hablar un
poco de qué está corroyendo a la derecha.
A veces aún veo a algunos expertos declarar que lo que mueve al
Tea Party es básicamente la preocupación por los déficits
presupuestarios. Fantasías. Lean el chorrero de Rick Santelli, de la
CNBC: no hay ni una sola mención a los déficits. En cambio, sí una
andanada contra la posibilidad de que el Gobierno ayude a los
"perdedores" a evitar la ejecución de sus hipotecas. O lean las
transcripciones de Rush Limbaugh o de otros invitados radiofónicos
de la derecha. No contienen mucho acerca de la responsabilidad
fiscal, pero sí acerca de cómo el Gobierno recompensa a los vagos
que no lo merecen.
Los líderes republicanos intentan moderar un tanto su lenguaje,
pero es cuestión más bien de tono que de contenido. No cabe duda de
que les sigue enardeciendo la idea de asegurarse de que los pobres y
los desafortunados reciben la menor ayuda posible, y de que —tal
como lo expresó el diputado Paul Ryan, presidente de la Comisión
Presupuestaria de la Cámara de Representantes— el colchón de
protección social se está convirtiendo en "una hamaca en la que se
acuna a gente físicamente sana para que vivan de la dependencia y la
complacencia". Sus propuestas presupuestarias incluyen recortes
salvajes de los programas de protección social como los cupones para
alimentos o el programa Medicaid.
Toda esta hostilidad contra los pobres ha culminado con la
negativa verdaderamente increíble de muchos Estados a participar en
la ampliación de Medicaid. Recuerden que el Gobierno federal pagaría
esta ampliación, y que el dinero que se gastase iría en beneficio de
los hospitales y de la economía local tanto como de los receptores
directos. Pero resulta que la mayoría de los Gobiernos de los
Estados bajo control republicano están dispuestos a pagar un alto
precio económico y fiscal para asegurarse de que la ayuda no llegue
a los pobres.
La cuestión es que las cosas no siempre han sido así.
Retrocedamos por un momento a 1936, cuando Alf Landon fue nombrado
candidato a presidente por los republicanos. En muchos sentidos, su
discurso de investidura anticipaba temas que los conservadores hacen
suyos hoy día. Se lamentaba de que la recuperación económica era
incompleta y de la persistencia del desempleo elevado, y atribuía la
debilidad crónica de la economía a una excesiva intervención del
Estado y a la incertidumbre que, según él, esta provocaba.
Pero también dijo: "De la Depresión se desprende no solo la
dificultad de la recuperación, sino también el problema igualmente
grave de la protección de los desempleados hasta que se alcance la
recuperación. Darles asistencia en todo momento es simplemente un
deber. Nosotros, los miembros de mi partido, nos comprometemos a no
descuidar nunca esta obligación".
¿Pueden imaginarse a un candidato republicano decir algo así hoy
día? Desde luego, no en un partido comprometido con la idea de que
los desempleados lo tienen muy fácil; de que el seguro de desempleo
y los vales de comida los tienen tan consentidos que no encuentran
ninguna motivación para salir y buscar trabajo.
Entonces, ¿cuál es el quid de la cuestión? En un reciente ensayo,
el sociólogo Daniel Little insinuaba que una de las razones es la
ideología del mercado: si el mercado siempre tiene razón, entonces
la gente que acaba en la pobreza es porque merece ser pobre. Y yo
añadiría que algunos dirigentes republicanos representan en sus
mentes fantasías libertarias adolescentes. "Es como si en este
momento estuviésemos viviendo en una novela de Ayn Rand", decía Paul
Ryan en 2009. Pero, como afirma Little, también está el estigma que
nunca se borra: la raza.
En un informe reciente citado en múltiples ocasiones, Democracy
Corps, una organización de tendencias demócratas dedicada a los
estudios de opinión, exponía las conclusiones de los grupos de
debate con miembros de diferentes facciones republicanas.
Descubrieron que las bases republicanas son "muy conscientes de su
condición de blancos en un país en el que esto es cada vez más
minoritario", y que consideraban que el sistema de protección social
ayuda a los otros, no a la gente como ellos, y vincula a la
población no blanca al Partido Demócrata. Y, efectivamente, la
ampliación del programa Medicare que muchos Estados están rechazando
habría favorecido de forma desproporcionada a los negros pobres.
Así que es verdad que se está librando una guerra contra los
pobres, coincidiendo con —y ahondando en— el padecimiento que
ocasiona una economía con problemas. Y esa guerra es ahora el asunto
central y definitorio de la política en Estados Unidos. (New York
Times Service 2013)
* Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio
Nobel del 2008.