Viejo asunto de alimentar el embeleso hacia "el famoso" y el
imperio de las marcas (vestuarios, autos, relojes, zapatos y
espejuelos) que en los días que corren, gracias a Internet, alcanza
la cúspide de una demencia comercial ávida en remarcar la
superioridad del objeto sobre el espíritu.
El culto a la celebridad se ha convertido en uno de los mareos
más inquietantes de la sociedad moderna y por ahí enrumba Sofía
Coppola en Ladrones de la fama (2013), una historia basada en
hechos verídicos que leyó en un reportaje de Vanity Fair donde se
daba cuenta de un grupo de jóvenes, pertenecientes a la clase media,
que dedicaban su tiempo a bailar en elegantes clubs, drogarse
"medianamente" y entrar a robar (no por necesidad, sino por
aburrimiento), en las mansiones de celebridades, principalmente del
cine, donde enloquecían ante el desmande de marcas utilizadas por
los famosos.
Pura adrenalina para unos muchachos inmersos en una vida sin
sentido.
Pero si bien la historia de la Coppola se presta para que el
espectador reflexione en un tema universal impregnado de una
ideología tan frívola como escapista, la directora narra desde un
distanciamiento emotivo que desperdicia sustancias de primer orden,
y convierte a sus jóvenes delincuentes en seres demasiado
inanimados.
Puede que sea un estilo, aunque comparado con otros filmes suyos
—Las vírgenes suicidas, Perdidos en Tokío—, en los
cuales los misterios de las interrelaciones humanas marcaban la
esencia de los conflictos, ahora pareciera como si Ladrones de la
fama se contentara con no rebasar el mundo de superficialidades
en que se inserta, sin demasiado aliento creativo.
Cabe alegar que así son esos muchachos obsesionados con la
riqueza y la fama de los otros, pero tanto la riqueza del tema como
el saldo del filme nos traen la imagen de un buen pájaro en mano
dejado ir con excesiva facilidad, creyendo quizá Sofía Coppola (tan
buena directora como es) que solo con su crónica de los hechos
bastaba para tratar un asunto —las celebridades y sus bagatelas— que
en el siglo XXI se sigue ex-tendiendo como una epidemia.