Las mejores propuestas para alcanzar un acuerdo sobre cualquier
tema del quehacer cotidiano se despeñan por el barranco de la
incongruencia, si las partes inmersas en el análisis no se escuchan
mutuamente.
Ese intercambio de opiniones cobra mayor fuerza hoy en nuestro
entorno, cuando nuevos conceptos sobre la economía y diversas
aristas de la vida del cubano precisan de una interpretación certera
para su aplicación en la sociedad.
El amplio diapasón para estudiar —abierto desde el triunfo de la
Revolución— ha legado un caudal de inteligencia que no cesa de
brotar de nuestros centros docentes; es esa juventud que entra a sus
puestos de trabajo mejor preparada en comparación con quienes dieron
esos primeros pasos décadas atrás.
Los conocimientos laborales acumulados por años cuentan y sirven
de guía. Sin embargo, por el hecho de que no posean experiencia,
nadie tiene derecho a desestimar el ímpetu e interés de esas
hornadas de muchachos que vienen a compartir sus sueños con un
colectivo obrero, al cual estarán comprometidos a tributarle su
esfuerzo en aras de ser reconocidos.
La dinámica de Cuba, donde en los lustros venideros (ya lo
estamos observando) la población veterana, o personas de la tercera
edad, se incrementará considerablemente, conduce a esa interacción
entre generaciones que redunde en superiores resultados productivos.
Sumar a los jóvenes, más que una responsabilidad, entraña un
reto. Es-cucharlos, interpretarlos, confrontar métodos y maneras de
hacer las cosas basados en el respeto mutuo, son la clave para
desterrar las respuestas impositivas poco o nada convincentes, que
acribillan los sentidos y las ansias reno-va-doras.
El país recibe cada año el fruto de egresados universitarios y de
otros niveles, talentosos, con deseos de aprender, a quienes es
preciso apoyar en sus nuevas responsabilidades transmitiéndoles las
enseñanzas de los más avezados y, como aspecto esencial de esa
interacción, se deben de estimar sus inquietudes cargadas de aire
fresco.
Asumir ese diálogo en una industria, escuela u otra entidad del
país pretendiendo adoptar poses doctorales ante los novatos, no
duden que provoque un guirigay donde las voces alcancen altísimos
decibeles sin avanzar a ninguna parte. Entonces sentiremos que ese
futuro relevo pierde interés por lo que hace, al percatarse de que
sus opiniones no son tomadas en cuenta.
Este es un proceso de aprendizaje para todos, donde quizás a
quienes atesoran la experiencia les cueste un poco más ponerse en el
sitio de los benjamines y, en lugar de ofrecer resistencia a sus
sugerencias, han de entablar un intercambio de opiniones proveedor
de ideas más elaboradas, que satisfagan mejor el objetivo de elevar
la producción y la productividad. El triunfo compartido enaltece.
Tampoco debe verse a los muchachos que hoy comienzan su vida de
trabajadores como una amenaza a la estabilidad de los reconocidos
por años.
Quien haya cumplido bien, y en plena veteranía sigue aportando
con amor y responsabilidad, no ha de sentirse amenazado. Lejos de
esconder las mañas para desempeñar con destreza un oficio, de seguro
experimentará una sincera alegría al comprobar que las nuevas
generaciones dominan esas artes que les enseñó en prueba de
confianza.
Si nos escuchamos los unos a los otros, no habrá obstáculo que
escamotee el éxito.