Hace
un par de semanas atrás me advertían sobre la existencia de un curso
para enseñar buenos modales, desgraciadamente tan ausentes en
nuestros días. Debo confesar que me sorprendió la idea, porque la
iniciativa de alguna manera acciona en un problema que, desde hace
mucho tiempo, se ha incrustado como práctica en el comportamiento
social.
Pero ¿por qué aprender de adultos lo que desde la más temprana
educación deberíamos tener incorporados? Ya señalaba nuestro General
de Ejército Raúl Castro el acrecentado deterioro —a lo largo de más
de 20 años de periodo especial— de valores morales y cívicos, como
la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y
la sensibilidad ante los problemas de los demás.
Y cuando escribo dos décadas me doy cuenta de que casi nací justo
cuando se estaban perdiendo esos valores en una parte de la
población. Más de uno pudiera pensar que somos precisamente los
jóvenes los únicos ejemplos a citar en la mala educación.
Sin embargo, sabemos que la educación comienza en la cuna y se
perpetúa en la escuela. Si desde pequeños nuestros padres, abuelos y
tíos no nos enseñan las normas correctas de educación en la casa; si
en la calle o en el barrio hacemos lo que nos venga en ganas y nadie
llama la atención o nos exige el trato adecuado; si en la escuela
los maestros gritan, si se hacen los de la vista gorda cuando se usa
de forma incorrecta el uniforme, si no se introducen los códigos
formales de comportamiento, tenemos como resultado la ausencia de
todos los valores que ahora necesitamos rescatar.
Pienso que más que buscar un sujeto de culpabilidad, deberíamos
enfrascarnos en un predicado de acción. No podemos pretender que
nuestros niños sean educados si no llegamos a ser ejemplos para
ellos.
¿Cuántos hemos entrado a una oficina y al dar los buenos días
hemos recibido como respuesta ese incómodo y perturbador silencio?
¿Cuántos cedemos el asiento de la guagua a quienes más lo necesitan?
¿Cuántos pedimos el último en una cola o permiso en un tumulto?
¿Cuántos socorremos a algún discapacitado al cruzar la calle o a
algún anciano a cargar un bolso? Pequeñas acciones tan necesarias y
reconfortantes que con el día a día hemos dejado de hacer comunes.
Si de perder se trata tenemos en detrimento hasta el vocabulario.
Dejamos de ser originales en los piropos para ser vulgares, de
utilizar expresiones tan diarias como las gracias, por favor o el
hasta luego, para decir "a ver ahí", "me piro", "voy en bora".
En qué momento pasamos de señora a tía, de abuelo a puro, de
usted a tú, de poco cuerdo a quema¢ o, ¡¡¡y para qué ejemplificar!!!
No es cuestión de volver al pasado —que estas líneas nada tienen
que ver con aquello de que tiempo pasado fue mejor— pero sí de
rescatar entre todos las tradiciones verbales, la educación correcta
y los modales cívicos que nos hicieron moradores de una pequeña
nación educada y culta.