El imperio japonés, que ya había sufrido entonces el impacto
mortal de las bombas nucleares norteamericanas en Hiroshima y
Nagasaki, firmaba la declaración de Potsdam que establecía los
términos de su rendición definitiva ante los representantes de la
antigua Unión Soviética, Reino Unido y Estados Unidos. Poco tiempo
después, la nación asiática renunciaba "para siempre" a la guerra
como derecho soberano.
La nueva Constitución japonesa, aprobada en 1947 y vigente hasta
la actualidad, prohibía al Estado realizar actos bélicos e
involucrarse en disputas internacionales mediante el uso de la
fuerza.
La traducción oficial al español dice: ARTÍCULO 9.
Aspirando sinceramente a una paz internacional basada en la justicia
y el orden, el pueblo japonés renuncia para siempre a la guerra como
derecho soberano de la nación y a la amenaza o al uso de la fuerza
como medio de solución en disputas internacionales. Con el objeto de
llevar a cabo el deseo expresado en el párrafo precedente, no se
mantendrán en lo sucesivo fuerzas de tierra, mar o aire como tampoco
otro potencial bélico. El derecho de beligerancia del Estado no será
reconocido.
Desde entonces, las Fuerzas de Autodefensa de Japón (JSDF, por
sus siglas en inglés) no han podido participar en misiones militares
de Naciones Unidas, ni formar par-te de bloques belicistas al estilo
de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Japón se define
a sí mismo como un Estado pacífico.
Durante décadas esta cláusula legal ha sido defendida por
gobernantes del país del Sol Naciente; sin embargo, otros han
sugerido la necesidad de su reforma total o parcial alegando que el
contexto internacional ha variado mucho desde 1945 a la actualidad.
En el segundo grupo se encuentra el actual primer mi-nistro, Shinzo
Abe, quien en más de una ocasión se ha pronunciado porque se cambie
el estatus que no le permite a una de las principales potencias
tecnológicas del mundo colaborar abiertamente con otros países en
materia de defensa, ni participar en el lucrativo negocio de la
guerra.
Según sondeos recientes, un 55 % de los japoneses no ve con
simpatía esta intención, pero el otro tanto restante está convencido
de que la Carta Magna dictada por el jefe de las fuerzas de
ocupación norteamericanas, el general Douglas Mac-Arthur, en la
época de la posguerra, más tarde o más temprano debe ser modificada.
El debate a lo interno del país es un hervidero.
La victoria en los comicios legislativos del Partido Liberal
Democrático puso sobreaviso a aquellos que no concuerdan con Abe.
Japón es uno de los países con mayor presencia militar de Estados
Unidos en toda la región del Pacífico.
Al respecto, el politólogo cubano Carlos Alzugaray Treto,
asociado al Centro de Investigaciones de la Política Internacional,
comentó a Granma que una eventual vuelta al militarismo
afectaría la imagen japonesa en Asia y en otras partes del mundo.
"No creo que las heridas causadas por la ocupación japonesa en
algunos países de la región, especialmente en China, Corea,
Indonesia, Australia, el sudeste asiático, estén todavía
restañadas".
Sin embargo, agrega, "las fuerzas pacifistas en Japón todavía
siguen teniendo mucha influencia".
Para Estados Unidos, la Constitución de 1947 nunca ha sido un
impedimento para hacer de Japón un socio confiable, más ahora en su
política de pivote hacia Asia (o contención a China).
"La renuncia jurídica al pacifismo japonés sería uno de los
factores claves susceptibles de afectar la situación en la región,
que conserva reminiscencias del dominio imperial japonés. Estados
Unidos no se ha pronunciado al respecto, por lo tanto, no le
molesta", opina el académico ruso Alexander Gorbenko.
China, por su parte, mira con recelo las intenciones de Abe y el
ala derecha del Gobierno. Un editorial del Diario del Pueblo, órgano
oficial del gobernante Partido Comunista, recuerda los términos del
acuerdo de Postdam: "(... ) deben ser eliminadas para siempre la
autoridad e influencia de aquellos que han engañado y confundido al
pueblo de Japón para emprender la conquista del mundo, porque
nosotros insistimos en que un nuevo orden de paz, seguridad y
justicia será imposible hasta que el militarismo irresponsable sea
eliminado del mundo".
"Japón debe descartar su ilusión de recuperar la hegemonía
regional, basado en una correcta evaluación de la situación en el
mundo moderno",