En efecto, Lila Downs es un misterio. Pero es uno de esos
misterios vivos y palpitantes que debemos descubrir aunque sea una
vez en la vida. Y, al menos, para los cubanos, llegó este viernes el
momento de despejar la incógnita. Claro, solo para los que estén
dispuestos a abrir las puertas a la percepción, como clamaba Jim
Morrison, y enfrentarse a una hermosa mujer que parece subir al
escenario en estado de trance. Especialmente cuando cambia con sutil
violencia sus vestiduras y uno parece estar frente a una artista
empeñada en ofrecer sus penas al mar o las montañas, en hablar con
la madre natura, con los pájaros que se posan en los árboles, con la
vida que brota libre en los montes y con los seres más humildes que
van por ahí cargando sus morrales rotos por el tiempo y —a pesar de
todo y de todos— mantienen el milagro de la esperanza.
Mestizaje es la palabra que más repite la mexicana en los
escenarios. Quizás porque sea la que define con mayor celeridad la
sangre que circula por sus venas. Hija de una cantante popular
mixteca y de un profesor de cine y pintor estadounidense de
ascendencia escocesa, ha salido a defender sus raíces con una obra
que sobrepasa por goleada cualquier descripción en palabras; de ahí
que, para tomar verdadera conciencia del significado de su música,
es imprescindible emprender ese fantástico viaje multicultural por
las tradiciones mexicanas que emana del arabesco sonoro de sus
canciones y de la magia de sus tremendos espectáculos en vivo.
Durante sus performances, en los que mezcla el inglés y el
español (además, sabe hablar hasta tres lenguas indígenas) desfilan
rancheras, sones, boleros, corridos, huapangos, rap, cumbias, un
mestizaje rítmico que acompaña sus reclamos por dignificar ante el
mundo la historia de América Latina, la herencia de sus leyendas,
los aportes de sus primeros habitantes y su espíritu más hondo y
mestizo; además de mostrar sus rasgos más combativos cuando denuncia
con ironía la poca credibilidad de las instituciones políticas, la
corrupción de los par-ti-dos, las problemáticas migratorias entre
Estados Unidos y México, entre otros asuntos que desde siempre han
marcado su propia agenda.
Lila Downs, nacida en Oaxaca en 1968, fue calificada como una
reina de la World Music tras su debut discográfico en 1997 con el CD
La sandunga. No importa, a la mexicana no le quitan el sueño
los calificativos de la industria cultural que la ha tratado de
promover como una de sus niñas mimadas. Para ella se trata de armar
una obra que le permita rendir culto a sus orígenes y mostrar la
verdad de los seres ocultos bajo el manto de milenaria oscuridad
tejido desde los grandes centros de poder, en este caso serían los
pobladores de los campos mexicanos, los agricultores, las mujeres
indígenas, las minorías étnicas que se enfrentan a la vida diaria
con ímpetu de gladiadores.
Hace algún tiempo Chavela Vargas (1919-2012) la nombró como su
sucesora. No por gusto, la célebre cantante costarricense, de
nacionalidad mexicana, tan poco dada a soltar elogios de esta
índole, la coronó con semejante título honorífico. De hecho su
magnífica voz, con unos agudos que sorprenden hasta al más avezado
en la materia, convierte a sus conciertos en un verdadero ritual que
nos pone de cabeza, un ritual que de perderse sería casi como un
pecado de lesa cultura.
Eso, sin mencionar la atmósfera que logra con la pequeña montaña
de utensilios que la acompañan en sus viajes. Así, entre canción y
canción puede tomar —aparte del sorbo de alguna bebida tradicional
de su país, no faltaba más—, un agitador de semillas; varios de esos
vestidos autóctonos que parecen salidos de la etapa más psicodélica
de Pink Floyd; serpientes de plumas; y todo lo que tribute a las
esencias más recónditas de sus canciones, entre las que hay temas
con alma de clásicos como Naila, Dignificada, La
cumbia del mole, Soy pescador, Paloma negra,
por solo citar algunas, además de albergar en su repertorio un
tremendo disco como es Border: La línea.
En fin, la obra de Lila establece un puente entre las luchas
políticas de Emiliano Zapata, el febril espíritu de Frida Kahlo, los
dolores y desarraigos de los espaldas mojadas, y la enorme humildad
y sensibilidad de los habitantes del México profundo.
Precisamente esta gran intérprete, compositora, productora y
actriz mexicana, graduada de Antropología por la Universidad de
Minnesota e influida notablemente por la argentina Mercedes Sosa,
ganó un Oscar por la banda sonora de la película Frida,
interpretada por Salma Hayek, ocasión en la que se convirtió en la
primera mexicana en actuar en la ceremonia de los premios de la
academia de cine estadounidense.
Acostumbrados a ver en las pantallas locales el desfile de las
estrellas del entretenimiento promovidas por las grandes industrias
culturales, a una buena cantidad de cubanos, posiblemente, el nombre
de Lila Downs no les diga mucho. Pero cuando se habla de lo que
verdaderamente vale y brilla en el horizonte de la música
internacional, la oaxaqueña ocupa un sitial de honor, ya que su obra
es un infinito reservorio de las culturas de América Latina. Y, por
si fuera poco, asciende al escenario como si estuviera en una
permanente revolución musical, algo que se podrá apreciar este
viernes en el Teatro Nacional cuando Lila Downs, junto a su banda La
misteriosa, confiese sus pecados y milagros al público cubano.