Pecados y Milagros de Lila Downs

Invitada a Cuba por los organizadores del Segundo Encuentro de Voces Populares, la legendaria cantante mexicana llegará este viernes a las 9:00 p.m. a la Sala Covarrubias del Teatro Nacional para presentar su más reciente disco Pecados y Milagros, ganador este año de un premio Grammy

Michel Hernández
michelher@granma.cip.cu

Puede parecer que Lila Downs no exista. Que sea solo una alucinación. Que haya brotado como el agua cálida de un río, de algún ritual de un indio yaqui o de las figuraciones místicas del chamán Don Juan Matus, al que le dio voz (y quizás hasta vida según cuenta la leyenda) el antropólogo Carlos Castaneda, un ícono cultural de la generación del 60.

foto: fernando acevesLila Downs.

En efecto, Lila Downs es un misterio. Pero es uno de esos misterios vivos y palpitantes que debemos descubrir aunque sea una vez en la vida. Y, al menos, para los cubanos, llegó este viernes el momento de despejar la incógnita. Claro, solo para los que estén dispuestos a abrir las puertas a la percepción, como clamaba Jim Morrison, y enfrentarse a una hermosa mujer que parece subir al escenario en estado de trance. Especialmente cuando cambia con sutil violencia sus vestiduras y uno parece estar frente a una artista empeñada en ofrecer sus penas al mar o las montañas, en hablar con la madre natura, con los pájaros que se posan en los árboles, con la vida que brota libre en los montes y con los seres más humildes que van por ahí cargando sus morrales rotos por el tiempo y —a pesar de todo y de todos— mantienen el milagro de la esperanza.

Mestizaje es la palabra que más repite la mexicana en los escenarios. Quizás porque sea la que define con mayor celeridad la sangre que circula por sus venas. Hija de una cantante popular mixteca y de un profesor de cine y pintor estadounidense de ascendencia escocesa, ha salido a defender sus raíces con una obra que sobrepasa por goleada cualquier descripción en palabras; de ahí que, para tomar verdadera conciencia del significado de su música, es imprescindible emprender ese fantástico viaje multicultural por las tradiciones mexicanas que emana del arabesco sonoro de sus canciones y de la magia de sus tremendos espectáculos en vivo.

Durante sus performances, en los que mezcla el inglés y el español (además, sabe hablar hasta tres lenguas indígenas) desfilan rancheras, sones, boleros, corridos, huapangos, rap, cumbias, un mestizaje rítmico que acompaña sus reclamos por dignificar ante el mundo la historia de América Latina, la herencia de sus leyendas, los aportes de sus primeros habitantes y su espíritu más hondo y mestizo; además de mostrar sus rasgos más combativos cuando denuncia con ironía la poca credibilidad de las instituciones políticas, la corrupción de los par-ti-dos, las problemáticas migratorias entre Estados Unidos y México, entre otros asuntos que desde siempre han marcado su propia agenda.

Lila Downs, nacida en Oaxaca en 1968, fue calificada como una reina de la World Music tras su debut discográfico en 1997 con el CD La sandunga. No importa, a la mexicana no le quitan el sueño los calificativos de la industria cultural que la ha tratado de promover como una de sus niñas mimadas. Para ella se trata de armar una obra que le permita rendir culto a sus orígenes y mostrar la verdad de los seres ocultos bajo el manto de milenaria oscuridad tejido desde los grandes centros de poder, en este caso serían los pobladores de los campos mexicanos, los agricultores, las mujeres indígenas, las minorías étnicas que se enfrentan a la vida diaria con ímpetu de gladiadores.

Hace algún tiempo Chavela Vargas (1919-2012) la nombró como su sucesora. No por gusto, la célebre cantante costarricense, de nacionalidad mexicana, tan poco dada a soltar elogios de esta índole, la coronó con semejante título honorífico. De hecho su magnífica voz, con unos agudos que sorprenden hasta al más avezado en la materia, convierte a sus conciertos en un verdadero ritual que nos pone de cabeza, un ritual que de perderse sería casi como un pecado de lesa cultura.

Eso, sin mencionar la atmósfera que logra con la pequeña montaña de utensilios que la acompañan en sus viajes. Así, entre canción y canción puede tomar —aparte del sorbo de alguna bebida tradicional de su país, no faltaba más—, un agitador de semillas; varios de esos vestidos autóctonos que parecen salidos de la etapa más psicodélica de Pink Floyd; serpientes de plumas; y todo lo que tribute a las esencias más recónditas de sus canciones, entre las que hay temas con alma de clásicos como Naila, Dignificada, La cumbia del mole, Soy pescador, Paloma negra, por solo citar algunas, además de albergar en su repertorio un tremendo disco como es Border: La línea.

En fin, la obra de Lila establece un puente entre las luchas políticas de Emiliano Zapata, el febril espíritu de Frida Kahlo, los dolores y desarraigos de los espaldas mojadas, y la enorme humildad y sensibilidad de los habitantes del México profundo.

Precisamente esta gran intérprete, compositora, productora y actriz mexicana, graduada de Antropología por la Universidad de Minnesota e influida notablemente por la argentina Mercedes Sosa, ganó un Oscar por la banda sonora de la película Frida, interpretada por Salma Hayek, ocasión en la que se convirtió en la primera mexicana en actuar en la ceremonia de los premios de la academia de cine estadounidense.

Acostumbrados a ver en las pantallas locales el desfile de las estrellas del entretenimiento promovidas por las grandes industrias culturales, a una buena cantidad de cubanos, posiblemente, el nombre de Lila Downs no les diga mucho. Pero cuando se habla de lo que verdaderamente vale y brilla en el horizonte de la música internacional, la oaxaqueña ocupa un sitial de honor, ya que su obra es un infinito reservorio de las culturas de América Latina. Y, por si fuera poco, asciende al escenario como si estuviera en una permanente revolución musical, algo que se podrá apreciar este viernes en el Teatro Nacional cuando Lila Downs, junto a su banda La misteriosa, confiese sus pecados y milagros al público cubano.

 

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