Más allá del debate mundial en torno al uso de alimentos
modificados genéticamente, el eje de los reclamos contra la
trasnacional Monsanto está centrado en la actualidad en sus
prácticas monopólicas e ilegales, que han ocasionado graves daños al
medio ambiente y la salud de las personas.

Monsanto es una de las empresas biotecnológicas líderes en
proveer productos para la agricultura. Fundada en 1901 y con sede en
Estados Unidos, controla gran parte del mercado mundial de semillas
y cuenta con productos muy conocidos como el herbicida Roundup y el
maíz genéticamente modificado MON 810.
A lo largo de los años Monsanto ha acumulado un historial de
irregularidades que lo han convertido en una pesadilla. De acuerdo
con la filial de Greenpeace en Méxi-co, la empresa produjo y
comercializó el agente naranja, usado durante la guerra en Vietnam;
el DDT y los PCB o askareles, químicos causantes de graves daños a
la salud humana y al ambiente. Sobre esta empresa pesan, además,
condenas por sobornar a autoridades para intentar introducir sus
productos en diferentes mercados.
El investigador Jeffrey Smith explicó a Russia Today que los
productos genéticamente modificados de Monsanto poseen altos niveles
del herbicida Roundup que contiene glifosato, así como la toxina Bt
usada contra los insectos, lo que provoca alteraciones en la salud.
"La toxina Bt la produce la bacteria cuyos genes introduce
Monsanto a sus semillas. La toxina mata a los insectos provocándoles
daños en su sistema digestivo. La empresa aseguraba que esto no iba
a tener efectos en las personas; pero un estudio del 2012 de-muestra
que la toxina es igualmente efectiva para destruir las células del
organismo humano", agregó Smith.
Las garras de Monsanto han alcanzado a América Latina y el
Caribe. Países como México, Brasil y Argentina, han sufrido los
embates de la trasnacional. Por ejemplo, en la provincia argentina
de Santa Fe, corazón de la producción de soja de la nación
sudamericana, se prohibió rociar sustancias agro-químicas a menos de
500 metros de las zonas pobladas. Sin embargo, los cultivos de soja
de Monsanto se siembran y fumigan a 30 metros de las viviendas. Como
resultado, los habitantes están expuestos a sustancias tóxicas que
han incidido en el aumento de enfermedades como el cáncer.
En México fue conocido el caso del tribunal que suspendió la
emisión de permisos a transnacionales como Monsanto, para la siembra
de maíz transgénico. Varias organizaciones sociales consideraron que
con esa medida no solo se evitan los daños ambientales o al ser
humano, sino también se rompe con el monopolio de las trasnacionales
de la biotecnología en la agricultura.
Las semillas que vende esta compañía son infértiles cuando se
intentan cosechar por segunda vez, lo cual obliga a tener que
comprar de nuevo el producto. De esa manera se aseguran que los
productores sean dependientes de sus servicios.
Además, se han dado casos en los que Monsanto impone contratos
restrictivos a los campesinos antes de venderles las semillas
modificadas genéticamente. Estos acuerdos incluyen la compra de
herbicidas facturados por la propia empresa, no ofrecen garantía del
aumento de la cosecha y le da a la trasnacional el derecho a
confiscar una parte de la cosecha.
Ello crea un círculo vicioso que ata de manos a los campesinos y
le permite a Monsanto monopolizar el mercado. Así sucedió en el
estado brasileño de Mato Grosso, don-de la Unión Rural Sinop,
sindicato que re-presenta los intereses de los agricultores, demandó
a la empresa, que se aprovecha de su posición favorable en el
mercado como único proveedor de Intacta RR2 PRO (soja transgénica)
para obligar a los agricultores a cumplir sus cláusulas.
Aunque muchas son las voces que se han alzado contra el proceder
de Monsanto, la compañía le sigue apostando a cualquier tipo de
mecanismo para mantener su negocio, haciendo caso omiso a los daños
irreversibles que va dejando a su paso.