Los
padres tratan de proporcionarle al hijo cuanta imagen y aparatito el
niño desee.
Y muy pronto, el niño da muestras de dominar la tecnología como
si fuera un aventajado.
—Hay que ver lo rápido que es en los videojuegos –le comenta
orgulloso el padre a otros padres.
—Y como se entretiene frente a la computadora, ni se le oye
—agrega la madre.
Extasiado ante el caudal de entretenimiento, el niño deja de
molestar en la casa y los padres bendicen a los magos inventores de
la distracción infantil más avanzada.
Hasta que un día se dan cuenta de que los fines de semanas el
niño salta de la cama al aparatito, y delante del aparatito
desayuna, almuerza y come.
—¿Cuántas horas fueron esta vez? —le pregunta preocupado el padre
a la madre.
—Quince entre sábado y domingo, hay que hacer algo.
Frente al niño, el padre le habla muy seriamente de la necesidad
de buscar un equilibrio entre el pasatiempo que lo devora y sus
responsabilidades de estudiante.
—Ya ni un libro abres —le reprocha, y acongojado pasea la vista
sobre el librero infantil tan amorosamente surtido y desde hace rato
pasto del abandono.
A todo lo que le explica, el niño dice que sí, pero por la manera
en que lo mira, el padre sabe que el pensamiento de su hijo anda
vagando. Y lo confirma cuando al dar-le la espalda, el muchacho,
ahora sí concentrado, vuelve a prender su aparatito.
Entonces padre y madre deciden comenzar un penoso, y nada fácil
—por los conflictos que acarreará— proceso de desintoxicación.