Intoxicación

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT
rolando.pb@granma.cip.cu

Los padres tratan de proporcionarle al hijo cuanta imagen y aparatito el niño desee.

Y muy pronto, el niño da muestras de dominar la tecnología como si fuera un aventajado.

—Hay que ver lo rápido que es en los videojuegos –le comenta orgulloso el padre a otros padres.

—Y como se entretiene frente a la computadora, ni se le oye —agrega la madre.

Extasiado ante el caudal de entretenimiento, el niño deja de molestar en la casa y los padres bendicen a los magos inventores de la distracción infantil más avanzada.

Hasta que un día se dan cuenta de que los fines de semanas el niño salta de la cama al aparatito, y delante del aparatito desayuna, almuerza y come.

—¿Cuántas horas fueron esta vez? —le pregunta preocupado el padre a la madre.

—Quince entre sábado y domingo, hay que hacer algo.

Frente al niño, el padre le habla muy seriamente de la necesidad de buscar un equilibrio entre el pasatiempo que lo devora y sus responsabilidades de estudiante.

—Ya ni un libro abres —le reprocha, y acongojado pasea la vista sobre el librero infantil tan amorosamente surtido y desde hace rato pasto del abandono.

A todo lo que le explica, el niño dice que sí, pero por la manera en que lo mira, el padre sabe que el pensamiento de su hijo anda vagando. Y lo confirma cuando al dar-le la espalda, el muchacho, ahora sí concentrado, vuelve a prender su aparatito.

Entonces padre y madre deciden comenzar un penoso, y nada fácil —por los conflictos que acarreará— proceso de desintoxicación.

 

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