El
buen cine también sirve para confundir el transcurrir de los años.
Tan fuerte y bien realizada resultó el Hara-kiri de Masaki
Kobayashi (1962) que parece que fue ayer que veíamos al grande
Tatsuya Nakadai —la mirada más angustiada del cine japonés— espada
en mano. La cinta obtuvo el Premio especial del jurado en el
Festival de Cannes de 1963 y en Cuba, además de significar una
revelación dentro de la avalancha de filmes de samuráis que entonces
nos invadieron, dejó una impronta cultural mediante el vocablo hara-kiri
que todavía hoy, a medio siglo, algunos siguen utilizando.
A partir del filme de Kobayashi uno podía hacerse un hara-kiri
con la suegra, con la mujer, o en una reunión de crítica y
autocrítica. Hara-kiri no como práctica japonesa de suicidio ritual
por destripamiento a causa de un honor perdido, sino como acto
contrito ante lo mal hecho (aunque podía haber hara-kiri fingidos, o
insinceros).
Hoy, cuando se pasa revista a los grandes filmes de samuráis,
junto a la obra de Kurosawa y otros pocos buenos, resalta la
película de Kobayashi, realizada a partir de una novela de Yasuhiko
Takiguchi. De ahí que cuando el director Takeshi Miike anunció que
haría un remake por los cincuenta años del trascendental filme, no
fueron pocos los que empezaron a afilar espadas y a prepararle el
escenario para que luego del fracaso fílmico se hiciera él mismo un
hara-kiri.
Miike es un director prolífero, capaz de hacer tres y cuatro
películas en un año y demostrar que tiene tanto talento como
incontinencia sangrienta en sus imágenes. Director tremendista, el
mito del samurái le ha servido para forjar una carrera llena de
seguidores, pero en esta ocasión se iba a lanzar contra un clásico
que, en su trama de venganza, encierra un serio enjuiciamiento al
militarismo absurdo y a supuestos códigos de honor sustentados
muchas veces como manipulación de una casta.
El resultado de este Hara-kiri, la muerte del samurai es
estimulante por cuanto Miike da muestra de la contención necesaria
para narrar una historia densa y de profundo dramatismo, aunque a
media mitad del metraje, al narrar la enfermedad madre-hijo, recurre
a una excesiva (para no decir abusiva) utilización del melodrama, no
importa que el recurso sea afín a la cinematografía japonesa.
Cuenta la misma historia Miike, pero se las arregla para innovar
a partir de una compleja estructura que tiene en los flash-backs
un sostén dramático de primer orden. Cierto que el filme
anterior también lo hacía, pero Miike se luce en el ritmo denso, en
la combinación de sus encuadres serenos y (algo esencial tratándose
de lo que ha sido su cine espectacular) utiliza la violencia como
magnífica catarsis purificadora, a la manera de los trágicos
griegos.
Lo que no quita para que rebose de rojo sangre (también Kobayashi
lo hizo, ambos justificados) la escena inicial que muestra un hara-kiri,
ahora acentuada porque se filmó en 3D y ya se sabe que los
productores exigen.
Buen remake entonces, pero con final discutible y decididamente
por debajo del clásico de Kobayashi, podrán decir aquellos que
vieron el original, y no precisamente por juzgar desde la nostalgia.
En cuanto a si el término hara-kiri volverá a prender
popularmente en una nueva generación, es de dudar, atendiendo a que
en el cine, como suele suceder en los últimos años, había muy pocos
espectadores.