Camino entonces hasta la señalización oficial y espero que llegue
algún carro de las rutas P8 o P6. Gisela Aguilar y Yaimé Kindelán
llevan un rato allí. Viven en la Isla de la Juventud y vinieron a La
Habana por problemas médicos. Les urge abordar el P8.
Dan las 12:15 y a lo lejos se divisa el vehículo número 673 de
dicha ruta. En efecto, tal y como me habían advertido, el chofer se
detiene en el estanquillo y varias personas emprenden una carrera
para alcanzarlo. Otras, sin embargo, quedan rezagadas debido a
impedimentos físicos o porque ya están exhaustas de participar en la
maratón. Gisela y Yaimé siguen aguardando.
Y pasan así el P8 no. 512 (12:20) y el no. 645 (12:30) y ninguno
de los dos hacen un alto en el lugar establecido, sino muchos metros
antes, en el mercado del departamento de tiendas Brimart. Gisela y
Yaimé buscan un punto medio que les permita correr lo menos posible,
en dependencia del lugar en que se detengan los ómnibus.
Algunas cuadras más adelante, pero del otro lado de la calle, la
historia se repite. En esta ocasión, no existe una señal que indique
detenerse pero Dinora Sánchez aclara: "Sí, sí, la parada siempre ha
sido aquí, lo que como a veces abren en el semáforo de Santa
Catalina y no aquí en Milagros, la gente se va para allá".
Cargada de paquetes, Zoila Fe Migollos espera que pase un P8,
pues debe llegar a la Coubre antes de las 2:30 p.m., hora en que
probablemente salga una guagua para su provincia, Villa Clara. Desde
hace algún tiempo se atiende en la capital la retinosis pigmentaria
que padece. "Siempre que vengo es lo mismo. Lo choferes hacen lo que
les da la gana. ¿Sabes cómo se arregla eso? Que les quiten la
cartera o les pongan una multa, a ver si no les va a doler".
Zoila se decide a tomar una máquina de diez pesos, no sin antes
lamentarlo: "El salario no da para esto, pero no puedo arriesgarme a
llegar tarde". En la próxima media hora, solo pasan dos P6 (no. 647
a la 1:09 p.m. y no. 672 a la 1:26 p.m.) y tampoco se detienen en la
"supuesta parada".
Una y otra vez ocurren situaciones similares en diferentes
lugares de la ciudad, sobre todo en las horas de mayor demanda del
transporte público. Al parecer, a los ojos de ciertos choferes, las
paradas resultan invisibles cuando no anda cerca un inspector o las
cámaras de la televisión.
Razón por la cual cientos de clientes corren de un lado a otro,
intentando llegar temprano a su puesto laboral. Al final, casi
ninguno de ellos averigua con exactitud dónde está la parada.