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El explosivo Premio Nobel de la Paz

Sergio Alejandro Gómez

La elección del Premio Nobel de la Paz, con cada vez más intereses geopolíticos de por medio, se ha convertido en un ejercicio explosivo que poco redime al inventor de la dinamita.

Este año fue otorgado a la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), a cargo de la destrucción de este tipo de arsenal en Siria.

El fallo ha dejado una vez más posiciones encontradas. Aunque el presidente del Comité, Thorbjoern Jagland, reconoció el trabajo de la OPAQ durante más de 15 años, pocos ponen en duda que su actual papel en el conflicto sirio fue el detonante de la decisión final.

Lo cierto es que fueron otros los actores que evitaron que se desatara una guerra, entre ellos el presidente ruso Vladimir Putin, quien también aparecía entre los nominados al galardón.

La OPAQ solo entró en el escenario después del acuerdo alcanzado entre Damasco y Moscú para poner bajo supervisión internacional el arsenal químico de Siria.

Lo anterior es válido si los jueces intentaban destacar la grave situación que se vive en la nación levantina, donde todavía no ha desaparecido la amenaza de una guerra con repercusiones regionales insospechadas. En la lista de aspirantes se encontraban otras personalidades e instituciones más espinosas, pero igualmente dignas del reconocimiento internacional.

Entre ellas, la paquistaní Malala You-safzai, una adolescente de 16 años tiroteada el año pasado por los talibanes por defender la educación femenina en su país; el extécnico de la CIA Edward Snowden, quien reveló el alcance de la red de espionaje mundial de Estados Unidos; el soldado norteamericano que reveló los documentos secretos al portal WikiLeaks, Bradley Manning, así como el fundador del sitio web, Julian Assange.

Aunque la lista es secreta, se filtró que los candidatos de este año sobrepasaban los 250, e incluían a figuras relevantes como el Papa Francisco y el presidente uruguayo José Mujica.

La decisión final se suma a las recientes polémicas suscitadas por el otorgamiento del Nobel de la Paz del 2009 al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien se ha encargado de demostrar en cinco años de mandato el craso error cometido por el Comité. No menos criticado fue el galardón del 2012 a la Unión Europea, en medio de la peor crisis estructural de su historia, y con cada vez más millones de personas afectadas por los recortes sociales y la destrucción del Estado de bienestar.

Resulta evidente que el premio está cada vez más politizado y alejado de su esencia. Según el testamento del inventor sueco Alfred Nobel —quien dio vida a la serie de galardones para compenzar su innovación en el campo de los explosivos— este reconocimiento en particular debía ser entregado "a la persona (o institución) que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz".

 

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