La
elección del Premio Nobel de la Paz, con cada vez más intereses
geopolíticos de por medio, se ha convertido en un ejercicio
explosivo que poco redime al inventor de la dinamita.
Este año fue otorgado a la Organización para la Prohibición de
Armas Químicas (OPAQ), a cargo de la destrucción de este tipo de
arsenal en Siria.
El fallo ha dejado una vez más posiciones encontradas. Aunque el
presidente del Comité, Thorbjoern Jagland, reconoció el trabajo de
la OPAQ durante más de 15 años, pocos ponen en duda que su actual
papel en el conflicto sirio fue el detonante de la decisión final.
Lo cierto es que fueron otros los actores que evitaron que se
desatara una guerra, entre ellos el presidente ruso Vladimir Putin,
quien también aparecía entre los nominados al galardón.
La OPAQ solo entró en el escenario después del acuerdo alcanzado
entre Damasco y Moscú para poner bajo supervisión internacional el
arsenal químico de Siria.
Lo anterior es válido si los jueces intentaban destacar la grave
situación que se vive en la nación levantina, donde todavía no ha
desaparecido la amenaza de una guerra con repercusiones regionales
insospechadas. En la lista de aspirantes se encontraban otras
personalidades e instituciones más espinosas, pero igualmente dignas
del reconocimiento internacional.
Entre ellas, la paquistaní Malala You-safzai, una adolescente de
16 años tiroteada el año pasado por los talibanes por defender la
educación femenina en su país; el extécnico de la CIA Edward Snowden,
quien reveló el alcance de la red de espionaje mundial de Estados
Unidos; el soldado norteamericano que reveló los documentos secretos
al portal WikiLeaks, Bradley Manning, así como el fundador del sitio
web, Julian Assange.
Aunque la lista es secreta, se filtró que los candidatos de este
año sobrepasaban los 250, e incluían a figuras relevantes como el
Papa Francisco y el presidente uruguayo José Mujica.
La decisión final se suma a las recientes polémicas suscitadas
por el otorgamiento del Nobel de la Paz del 2009 al presidente de
Estados Unidos, Barack Obama, quien se ha encargado de demostrar en
cinco años de mandato el craso error cometido por el Comité. No
menos criticado fue el galardón del 2012 a la Unión Europea, en
medio de la peor crisis estructural de su historia, y con cada vez
más millones de personas afectadas por los recortes sociales y la
destrucción del Estado de bienestar.
Resulta evidente que el premio está cada vez más politizado y
alejado de su esencia. Según el testamento del inventor sueco Alfred
Nobel —quien dio vida a la serie de galardones para compenzar su
innovación en el campo de los explosivos— este reconocimiento en
particular debía ser entregado "a la persona (o institución) que
haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las
naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la
celebración y promoción de procesos de paz".