El
suppley como técnica favorita y una madurez creciente a la
par de los cinco sentidos cada vez que pisa un colchón al máximo
nivel. Estudia, analiza, fintea y ataca justo donde más le duele a
su rival. Hoy muy pocos dudan que Liván López (24 de enero de 1982)
se ha convertido en un "depredador" de rivales en el entorno supremo
de la lucha libre.
La prueba más reciente dada por el pinareño fue su plata en el
Mundial de Budapest. Seis combates, cinco éxitos, dos definiciones
in extremis, la final frente al armenio Devid Safaryan,
titular europeo de Tbilisi en la presente temporada, subcampeón de
los Juegos Mundiales Univer-sitarios de Kazán y anclado en el
segundo escaño del ranking universal. Palmarés envidiable y
contra todo eso batalló Liván, al punto de culminar el pleito con
abrazo a dos. ¿El veredicto? Safaryan, avalado por la acción
ofensiva de mayor envergadura.
¿Qué pasó en la final?
Perdí, no me gusta justificar nada, pero el subconsciente me
traicionó. Iba ganando ese combate por 2-0, pero sucede que con las
modificaciones de la reglamentación los combates se definen de tres
maneras: primero se toma en cuenta la acción de mayor envergadura,
luego las amonestaciones (con tres resultas descalificado), y el que
marca el último punto. Así, por ese instinto inculcado a los
luchadores respecto al pase atrás —anteriormente valía una unidad y
no dos—, cedí un poco y a pocos segundos del final se me escapó el
oro.
¿Fue ese el pleito más tenso?
No, el de semifinales frente al mongol Ganzorigiin Mandakhnaran,
también terminó igualado, a seis, pero la victoria fue mía gracias a
tres técnicas de dos puntos, por dos de él adicionadas una vez que
salí de la zona de pasividad y un pase atrás en acción continuada.
En un momento me sentí perdido. En el segundo parcial intensificamos
el ritmo de pelea, marqué y en esa acción contrarrestó con el pase
atrás. Pero el conteo me favoreció.
¿Problemas con el peso?
Ninguno. Hay una realidad, a medida que pasan los años cuesta más
trabajo hacer el peso exacto, salí de La Habana pesando 68
kilogramos y con la ayuda de mi entrenador Julio Mendieta y del
médico, no hubo contratiempo.
¿Respecto al 2011 sientes que has madurado?
En todos los aspectos, en la delimitación del tiempo y del
espacio sobre el colchón, a la hora de detectar el punto débil de
mis rivales, tácticamente, en la ejecución de movimientos de ataque
y defensa y algo esencial, en la comunicación con la esquina. Hoy me
siento un luchador parejo.
Esa fue la sentencia a nuestra conversación, un nuevo armisticio
entre desbalances y preguntas. Sobre la mesa, como pruebas
irrefutables de su calidad, su bronce universal de Estambul 2011,
olímpico de Londres 2012 y la plata de Budapest, el horizonte lleno
de ambiciones. El tiempo y el colchón dirán.