No
es extraño escuchar, como justificación para algún delito menor, que
la corrupción y la deshonestidad derivan de necesidades económicas
insatisfechas de determinados segmentos de la población.
Tal argumento no se sostiene a la luz del comportamiento del
opulento 1 % de la población estadounidense que es dueño del 40 % de
la riqueza nacional de los Estados Unidos.
Aunque la estructura financiera de la nación estadounidense —como
la de todos los países capitalistas—está diseñada para favorecer a
las capas privilegiadas de la población dueñas del capital, cada una
de las corporaciones y cada supermillonario por separado dedican
ingentes recursos a estudiar las formas y maneras de sacar
beneficios de todo vericueto legal, cada ángulo y cualquier omisión
legislativa que les pueda propiciar privilegios adicionales. Ello
incluye el estudio de métodos aplicables para el soborno de
políticos y otros medios ilegales o pseudo-legales encaminados al
incremento de sus beneficios a costa de los recursos que dejen de
ingresar al fisco para ser dedicados a objetivos de beneficio
social.
En los países capitalistas más desarrollados, los dueños de las
mayores fortunas y las grandes corporaciones sufragan equipos de
talentosos expertos, con todos los recursos más modernos de la
tecnología y la ciencia, dedicados exclusivamente a trucar los
sistemas impositivos destinados a recaudar los fondos que financian
la salubridad, la educación y los servicios sociales del grueso de
la población.
En cambio, los superricos crean y operan fundaciones "sin fines
de lucro" supuestamente consagradas al financiamiento de proyectos
filantrópicos, ambientales, culturales o caritativos, (muchas veces
para paliar miserias que ellos mismos han provocado) que en mayor o
menor grado encubren propósitos evasivos de impuestos.
Es impresionante la cantidad de trucos y deshonestidades en que
incurre este acaudalado segmento de la sociedad norteamericana para
expandir sus fortunas solo mediante la evasión de impuestos.
El periodista Dennis Sander, en un trabajo titulado The
Corporate Tax Dodgers (Los evasores corporativos de impuestos)
que publica la revista impresa y digital Freedom Socialist
en su número de agosto-septiembre del 2013, define como dos
caras de la misma moneda las acciones de evitar y las destinadas a
evadir impuestos que practican estos grandes contribuyentes.
Evitar los impuestos se considera legal cuando la acción se
ajusta a mecanismos mediante los cuales las pérdidas y los
beneficios financieros pueden ser relocalizados o reclasificados a
fin de no pagar impuestos, en tanto que la evasión sí se califica
como delito.
"Pero si observamos los hechos por encima de las etiquetas,
veremos que prácticamente no se diferencian".
Se estima que el 50 % del comercio mundial pasa por los llamados
paraísos fiscales que son países, o zonas dentro de países, libres
de impuestos o con impuestos muy reducidos. Suiza, Bahamas, Islas
Caimán, Singapur, Hong Kong y Holanda se citan como los más
conocidos, pero hay más de 80 de ellos en el mundo y mueven entre 21
y 32 mil millones de dólares cada año. La cifra no es exacta porque
los capitales de la elite mundial que por ellos transita requieren
de gran discreción, cuando no de absoluto secreto.
Sanders cita el caso de la corporación Apple que el pasado año
trasladó 100 mil millones de dólares a una subsidiaria en Irlanda
para evadir impuestos sobre utilidades. O el del multimillonario
presidente de Mi-crosoft, Bill Gates, cuya gigantesca Fundación
Gates le ahorró, solo el pasado año, 18 mil millones de dólares
mediante operaciones de "ayuda" filantrópica a África.
Hace notar el periodista-investigador Dennis Sanders que hay una
gran variedad de formas que se utilizan para estimar las pérdidas de
ingresos al fisco que causan los paraísos fiscales. "Por ejemplo,
solo en el año 2011, las finanzas de los estados que forman parte de
los Estados Unidos perdieron en su conjunto $39 mil millones
(dólares) y el Gobierno Federal dejó de ingresar $150 mil millones,
según estimados conservadores basados en tasas de ganancia bajas".
De hecho, se promueve una "competencia fiscal" entre países,
ciudades e incluso regiones de un mismo país por ver quién ofrece
mayores beneficios fiscales y otras ventajas al capital peregrino.
Ello se suma a los esfuerzos del Fondo Monetario Internacional por
hacer que los países subdesarrollados liberalicen sus sistemas
tributarios para hacerse más competitivos y atraer o mantener nuevos
negocios.
A esto, agréguense otras deshonestidades en la contabilidad tan
reprochables como las citadas, imputables a los insaciables dueños
del capital, y compruébese que no son los pueblos —ni los más
menesterosos— los que promueven la corrupción y los delitos
económicos.