Un
informe conjunto presentado recientemente por tres influyentes
centros de investigación y análisis estadounidenses, especializados
en estudios sobre el Hemisferio Occidental —Centro para Políticas
Internacionales (CIP), Grupo de Trabajo para Asuntos
Latinoamericanos (LAWGEF), y la Oficina en Washington para Asuntos
Latinoamericanos (WOLA)— reveló que el gobierno norteamericano ha
favorecido el empleo de Fuerzas de Operaciones Especiales en sus
políticas de seguridad hacia la región.
Según el informe, titulado Hora de escuchar: tendencias en
asistencia de seguridad de Estados Unidos hacia América Latina y el
Caribe, estas Fuerzas Especiales serán cada vez más
empleadas en América Latina para tareas de capacitación, de
recaudación de inteligencia y otras misiones militares, bajo el
rubro del viejo esquema de la lucha antinarcóticos. Tales misiones
cumplen funciones que van más allá de la mera provisión de
entrenamiento y permiten que las unidades se familiaricen con el
terreno, la cultura y los oficiales claves en países donde algún día
podrían operar. Precisa que también permiten que el personal
estadounidense reúna información confidencial sobre sus países
anfitriones.
Agrega el estudio que en gran medida, lo que viene ocurriendo no
se refleja en grandes presupuestos, sino que viene encubierto por un
velo de misterio, deslucidos informes ante el Congreso y el público,
y una migración del manejo de programas del Departamento de Estado
hacia el De-partamento de Defensa. La capacidad de Estados Unidos
para salir en defensa de los derechos humanos es socavada por sus
propios antecedentes, plagados de defectos en materia de derechos
humanos: el incumplimiento con cerrar la base de Guantánamo, los
vastos programas de vigilancia, y una política de utilización de
aviones no tripulados que justifica las ejecuciones extrajudiciales.
Coinciden estos tres centros de estudio, que la naturaleza de la
participación de Estados Unidos en la región está cambiando. En
lugar de construir bases, emplear la Cuarta Flota o lanzar paquetes
de ayuda de "gran envergadura" como el Plan Colombia o la Iniciativa
Mérida, el involucramiento de las fuerzas armadas estadounidenses se
está haciendo más ágil y flexible, pero aún menos transparente.
Como se aprecia, las noticias son poco alentadoras para los
pueblos latinoamericanos y caribeños. Este reajuste responde a la
actual estrategia estadounidense de "intervención encubierta" de
baja visibilidad pública, que le permite poca presencia de tropas
terrestres y mayor empleo de aviones no tripulados, ataques
cibernéticos y fuerzas de Operaciones Especiales con capacidad de
movimiento rápido y ligero.
Es evidente un cambio de táctica para enmascarar su agenda
militarista, ensayada anteriormente con la política del "Buen
Vecino" de la administración de Franklin Delano Roosevelt
(1933-1945), que le permitió mantener un control, visiblemente menos
injerencista, sobre los ejércitos latinoamericanos, pero que en la
práctica priorizó las acciones encubiertas de desestabilización en
una época de depresión económica y guerras, nada más parecido a la
actualidad. De ahí que la Gran Estrategia imperial se mantiene
intacta.