El hecho es que Reznor (Pennsyl-vania, 1965), uno de los cerebros
más lúcidos, agudos y respetados de la escena internacional, con una
multifacética obra que cubre los flancos de la producción, la
dirección de video y la distribución musical, acaba de publicar el
esperado octavo álbum de su alineación, tras un periodo en que como
una especie de monje se retiró a meditar y a poner las cosas en
orden en su tempestuosa mente creativa; además de fundar junto a su
esposa Mariqueen Maandig, el grupo How to destroy angels y hacer un
hueco para trabajar en las bandas sonoras de los filmes La red
social —con la que ganó un Oscar en el 2011— y
Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres. De
todo esto, salió Hesitation mark, un material de una
introspección menos hiriente que sus anteriores trabajos, aunque no
deja de ser uno de esos álbumes que solo debemos escuchar si tenemos
la rara dicha de andar por ahí con unos nervios de acero.
Con más de 30 millones de discos vendidos y dos Grammys, NIN
alcanzó el estatus de banda de culto con la publicación de cumbres
discográficas como Pretty Hate Machine, The Downward
Spiral y The Fragile. Este triunvirato ha puesto el
listón muy alto en el horizonte de la banda y pesa en sus espaldas
como una roca cada vez que pone en marcha un nuevo material
discográfico.
Pero en este álbum parece ser otro Reznor el que mira al mundo.
Al menos uno que ha tratado de descubrir que, a pesar de todo, en la
vida también hay zonas luminosas, algo que deja ver en sus nuevos
temas a través de algunos tímidos atisbos. "No creo que sea un disco
positivo y alegre. Aparentemente no es tan violento y depresivo como
discos anteriores. Es un tipo de ira contenida, en vez de darte un
puñetazo en la cara. Busco la tensión más que la pura agresión",
declaró el propio músico.
En el fonograma, el cantante y líder de la banda se atreve con
nuevas fórmulas y conceptos sonoros. Es la obra de un músico que a
sus 48 años lo vio todo, convivió con todo y tras sobrevivir a las
tormentas regresó para resucitar a un grupo cardinal en los últimos
diez años; con la que aireó al mundo una nueva forma de entender el
rock desde las entrañas más profundas de los sonidos in-dustriales;
arrojando al rostro de la escena musical temas viscerales como
March of The Pigs, y The Hand That Feeds un tema contra
la guerra de Iraq que les costó la censura en la cadena MTV tras
denunciar al expresidente estadounidense George W. Bush.
El álbum enseña un costado más electrónico que los anteriores
trabajos de la alineación; y sus canciones brindan al oyente la
elección de subirse a un viaje por carretera que lo mismo te puede
llevar a vivir momentos de un insoportable terror que visitar uno de
esos parajes otoñales que tanto bien hacen al alma tras una serie de
momentos de incertidumbres y miedos. Lo que sí no hay que temer es
enfrentarse a títulos como Find my way, Back Haunted o
Copy of A, que se mueven en la misma línea de los primeros NIN y
recuperan un sonido bastante familiar para los fieles de la banda.
La ruptura con el pasado llega con Everything y
Satellite, dos temas que definen de golpe otra etapa en la ruta
creativa de la alineación que como el ave Fénix ha resurgido de las
mismísimas cenizas del rock and roll. Y viene con todo para seguir
construyendo esa película de horror que proyectan sus canciones y
que por suerte, para los hijos de la oscuridad, tiene segunda parte.