Un artista bravo de verdad

Roberto Miguel Torres Barbán

A los Sosabravo se les ha querido achicar el apellido, y decirles Sosa, pero él prefiere dos sílabas más para su firma y desde hace seis décadas estampa ese escudo en cada pieza que hace. Con el mismo ímpetu y una obra reconocida llegó Manuel Alfredo Sosabravo a sus 60 años de vida artística, con una historia contada "y otra por contar", en la búsqueda —como ha dicho a Granma— de ese eufemismo abstracto y personal que los humanos llamamos felicidad.

Sobre los primeros años en Sagua la Grande, el arribo a La Habana en 1941 y sus avatares creativos en la actualidad, dialogó con este diario.

"Es con la expo de Lam, en el primer lustro de la década del 50, en el Parque Central, que siento la necesidad de apartarme del empirismo, y como por entonces trabajaba en el Hotel Telégrafo ingresé a la Escuela Elemental de Artes Plásticas Aplicadas, anexa a la Academia San Alejandro". Ese fue el único entrenamiento académico de quien más tarde fuese profesor de la Escuela de Instructores de Arte, y de la Nacional de Arte en asignaturas de grabado y dibujo.

Al hablar de agradecimientos en los lejanos inicios, influencias y aprendizaje, no vacila en mencionar tres nombres: Ángel Acosta León, Antonia Eiriz y Marta Arjona, "a quienes agradezco los azarosos inicios en el mundo de las artes plásticas"; así como también a Lesbia Vent, "con quien aprendí mucho del grabado".

"He pasado por el dibujo, la litografía, la xilografía, al grabado, la pintura, el muralismo y la escultura", dijo. "Poco a poco fui transitando por las diferentes técnicas y formatos, nunca he podido parar de producir desde mi primera exposición personal en la Sala Atelier, en 1958; luego con el triunfo de la Revolución llegaron las verdaderas oportunidades cuando participé en el Salón Anual del Museo de Bellas Artes y un año más tarde inicié camino en una técnica especial, cuando obtuve el Premio de Adquisición en el Salón Nacional de Grabado.

"Luego comencé a hacer mis primeras litografías en el Taller Experimental de Gráfica; mientras a la cerámica llegué en el taller de artesanía de Cubanacán. Por esa fe-cha volví al dibujo inicial, cuando obtuve el Premio de Adquisición en el Salón Nacional, de la Biblioteca Nacional José Martí. Al muralismo arribo tiempo después con el trabajo cerámico Carro de la Revolución, en el hotel Habana Libre, y otros como Floresta, en Topes de Collantes y Nave, en la Aca-demia Naval Granma".

Reconocido con la Distinción por la Cultura Nacional, la Me-dalla Alejo Carpentier y el Premio Nacional de Artes Plásticas 1997, además del Honoris Causa del Instituto Superior de Arte, resalta entre las principales figuras de la plástica cubana en la segunda mitad del siglo XX y uno de sus más activos creadores.

Sobre sus trabajos actuales cuenta que desde hace más de una década labora con el taller Ars Murano en Venecia, "donde concreto uno de mis más recientes tormentos, el moldeado del vidrio de esa región. Ahora también trabajo ese material cristalino de colores intensos y lo fundo con el bronce para lograr piezas inimaginables, incluso para mí".

Sobre la pintura precisó que hoy continúan presentes los colores intensos, diseños abigarrados y espacios barrocos con signos, letras, fechas, que le han distinguido desde hace algún tiempo. Elementos que califica como su vocabulario de artista y confirman su influencia pop, como las warholianas tiras cómicas.

Mucho más dado a las pinturas alegres e intensas en una misma pieza, ahora afirma usar recortes de telas o collages, "porque cuando ya sobrepaso las seis décadas de trabajo en las artes visuales apuesto por el disfrute con el trabajo, con lo que me hace feliz, nunca he temido a intentar, a crear, a irrumpir, será por eso que alguna vez escuché sobre mi apellido: este Sosa, es bravo de verdad".

 

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