A
los Sosabravo se les ha querido achicar el apellido, y decirles
Sosa, pero él prefiere dos sílabas más para su firma y desde hace
seis décadas estampa ese escudo en cada pieza que hace. Con el mismo
ímpetu y una obra reconocida llegó Manuel Alfredo Sosabravo a sus 60
años de vida artística, con una historia contada "y otra por
contar", en la búsqueda —como ha dicho a Granma— de ese
eufemismo abstracto y personal que los humanos llamamos felicidad.
Sobre los primeros años en Sagua la Grande, el arribo a La Habana
en 1941 y sus avatares creativos en la actualidad, dialogó con este
diario.
"Es con la expo de Lam, en el primer lustro de la década del 50,
en el Parque Central, que siento la necesidad de apartarme del
empirismo, y como por entonces trabajaba en el Hotel Telégrafo
ingresé a la Escuela Elemental de Artes Plásticas Aplicadas, anexa a
la Academia San Alejandro". Ese fue el único entrenamiento académico
de quien más tarde fuese profesor de la Escuela de Instructores de
Arte, y de la Nacional de Arte en asignaturas de grabado y dibujo.
Al hablar de agradecimientos en los lejanos inicios, influencias
y aprendizaje, no vacila en mencionar tres nombres: Ángel Acosta
León, Antonia Eiriz y Marta Arjona, "a quienes agradezco los
azarosos inicios en el mundo de las artes plásticas"; así como
también a Lesbia Vent, "con quien aprendí mucho del grabado".
"He pasado por el dibujo, la litografía, la xilografía, al
grabado, la pintura, el muralismo y la escultura", dijo. "Poco a
poco fui transitando por las diferentes técnicas y formatos, nunca
he podido parar de producir desde mi primera exposición personal en
la Sala Atelier, en 1958; luego con el triunfo de la Revolución
llegaron las verdaderas oportunidades cuando participé en el Salón
Anual del Museo de Bellas Artes y un año más tarde inicié camino en
una técnica especial, cuando obtuve el Premio de Adquisición en el
Salón Nacional de Grabado.
"Luego comencé a hacer mis primeras litografías en el Taller
Experimental de Gráfica; mientras a la cerámica llegué en el taller
de artesanía de Cubanacán. Por esa fe-cha volví al dibujo inicial,
cuando obtuve el Premio de Adquisición en el Salón Nacional, de la
Biblioteca Nacional José Martí. Al muralismo arribo tiempo después
con el trabajo cerámico Carro de la Revolución, en el
hotel Habana Libre, y otros como Floresta, en Topes de
Collantes y Nave, en la Aca-demia Naval Granma".
Reconocido con la Distinción por la Cultura Nacional, la Me-dalla
Alejo Carpentier y el Premio Nacional de Artes Plásticas 1997,
además del Honoris Causa del Instituto Superior de Arte, resalta
entre las principales figuras de la plástica cubana en la segunda
mitad del siglo XX y uno de sus más activos creadores.
Sobre sus trabajos actuales cuenta que desde hace más de una
década labora con el taller Ars Murano en Venecia, "donde
concreto uno de mis más recientes tormentos, el moldeado del vidrio
de esa región. Ahora también trabajo ese material cristalino de
colores intensos y lo fundo con el bronce para lograr piezas
inimaginables, incluso para mí".
Sobre la pintura precisó que hoy continúan presentes los colores
intensos, diseños abigarrados y espacios barrocos con signos,
letras, fechas, que le han distinguido desde hace algún tiempo.
Elementos que califica como su vocabulario de artista y confirman su
influencia pop, como las warholianas tiras cómicas.
Mucho más dado a las pinturas alegres e intensas en una misma
pieza, ahora afirma usar recortes de telas o collages,
"porque cuando ya sobrepaso las seis décadas de trabajo en las artes
visuales apuesto por el disfrute con el trabajo, con lo que me hace
feliz, nunca he temido a intentar, a crear, a irrumpir, será por eso
que alguna vez escuché sobre mi apellido: este Sosa, es bravo de
verdad".