La carrera es de largo aliento. Sin lugar para el cansancio, con
un antídoto a la mano de probada eficacia: exigencia, control y
perseverancia para impedir que se desvirtúen las tareas.
No será menester que alguien venga a redescubrirnos en nuestro
acostumbrado actuar de finalistas-maratonistas (por ejemplo,
terminar obras a la carrera lamentando su calidad), un mal
perpetuado en el diario quehacer, como mismo está cómodamente
sentada la hipófisis en la silla turca de nuestros cráneos.
Nos han convocado a remover el pensamiento y la acción, no
repitiendo cual frase vacía lo que ya sabemos del impostergable
"cambio de mentalidad", sino aplicando criterios, conceptos y
métodos ágiles para interactuar con la realidad, de manera que
favorezcan a la población y contribuyan al tácito cumplimiento de
cada objetivo contenido en los Lineamientos.
Aún así —la mente no evoluciona tan rápido como otros procesos de
la vida cotidiana—, y tenemos entre nuestra especie a quienes
insisten en mantener cierto estrabismo burocrático, pues no miran de
frente para entrarle a sus responsabilidades, prefieren desviar la
vista hacia un costado pretendiendo desembarcar la carga de sus
incumplimientos en el vecino más cercano.
Si no es así, cómo explicar entonces los casos de funcionarios y
entidades que únicamente reaccionan si le dan un "corrientazo". La
queja puede venir de una persona que lleva tiempo tratando de
resolver un trámite; u originada por el cansancio provocado ante la
indolencia de cara a una obra deteriorada; o de un "usuario" (vaya
la palabrita) maltratado en público durante una gestión a la que le
ha dedicado una buena cantidad de horas. En fin¼
Ante cualquiera de esos ejemplos (y otros más), en no pocas
ocasiones, el encargado de atender el asunto se da de bruces contra
el suelo cuando la televisión, la radio o la prensa escrita
describen la inconformidad de la población ante determinada
adversidad. Es decir, se está enterando precisamente por algunos de
los medios, que al convertir el tema en una denuncia pública, exige
de hecho una solución.
¡Y vamos allá! Aun así el funcionario o el organismo querellado
se hace el de la vista gorda y la respuesta no llega nunca. Es como
si aquello que todo el mundo vio, escuchó o leyó, no hubiera
existido jamás. También se producen respuestas que generan un
malestar aun mayor que el causado por el problema, y no solo porque
no haya solución, sino por la falta de sensibilidad y de comprensión
de quienes tienen la responsabilidad de responder.
Ante todas estas incongruencias que obligan a darles el "corrientazo"
a aquellos que duermen sobre sus supuestos laureles y dan la espalda
a los justos reclamos de la comunidad, el antídoto existe: exigir,
controlar, perseverar, aunque para ello sea preciso calzar el firme
criterio de cumplir discrepando en una reunión, en un intercambio de
ideas, o en una discusión, porque no constituimos un todo homogéneo
al opinar. Eso sí, expresémonos a tiempo y en el lugar apropiado,
sin temor a represalias por no concordar con alguien.
Son muchos los problemas existentes en el país, pero si todos
cumpliéramos la parte de la responsabilidad que nos toca ante
nuestro trabajo y la sociedad, de seguro disminuirá la cuota de
toques urgentes para resolver una situación acuciante.