Comienza bien el día, hasta que se encuentran en el camino
algunas personas creídas con el derecho de ejercer sus funciones
haciendo daño a los demás. "Maltratar a los clientes se ha
convertido en algo natural", reclama un lector en carta publicada el
pasado 13 de septiembre en este diario.
Dice un principio kantiano (Immnanuel Kant): no hagas a los demás
lo que no quieras que te hagan. Sin embargo, estas personas tal
parece que las clases recibidas sobre la atención al público en sus
años de aprendices tenían como asunto: ¿Cómo hacer al cliente
infeliz?, en lugar de: ¿Cómo satisfacerlo?
La principal interrogante surge cuando cientos de personas, al
recibir un trato agriado o una inadecuada respuesta, bajan la cabeza
y no ejercen su derecho inalienable de reclamar una buena atención.
Entonces recuerdo las lecciones de Historia, con las cuales
aprendí de la tradición ética cubana formada en los años de la
colonia, que sintetizó en sus estudios el investigador Medardo
Vitier. Los fundadores de la pedagogía: El padre Varela, José de la
Luz y Caballero, José Antonio Saco, seguidos por Céspedes, Agramonte,
Maceo, Martí, el Che y Fidel, conformaron un pensamiento ético de
liberación en nuestro país y formaron el amplio espectro de valores
asidos al pueblo, entre los que destaca, por sobre todos, la
dignidad.
El respeto del individuo por sí mismo en todas las dimensiones:
físicas, psíquicas y sociales, lo que piensa y conoce de él, su
historia, sus antepasados, hasta su consideración por el prójimo,
constituyen los principios básicos de este valor. La dignita
(como la entendía el hombre romano), conduce a llevar un
comportamiento consecuente con la ética tanto en la actividad social
como en la vida familiar. Al ser dignos, se es capaz de reconocer
los errores, aprender de ellos y trabajar por erradicarlos.
Fue esa convicción la que llevó a los cubanos a defender en todos
los ámbitos sus ideas y su cultura. Lo que hizo que el 10 de octubre
de 1868 comenzara la lucha por liberar al pueblo del colonialismo, y
provocó las batallas posteriores hasta la definitiva independencia.
Hacer uso de nuestra libertad y no dejar que supriman nuestros
derechos, es una muestra legítima de la aprehensión de este
sentimiento. La existencia de personas que se suman a la pasividad
ante los actos de absurdo que desbordan la vida del cubano es un mal
síntoma para el funcionamiento de la sociedad.
Es cierto que la dignidad, así como el conjunto de valores
humanos, no se adquiere per se, sino a través de la educación
del individuo. Reclamar de todas las formas posibles, —aun cuando
crea que no será escuchado—, su derecho al buen trato y a la
respuesta indicada, lejos de lastimarlo, ayudará a la comprensión
general de la necesidad de ofrecer una excelente atención. Si todos
se suman a ese reclamo, es posible que la sociedad tenga ante sí al
hombre que demanda, y con quien pueda contar de manera activa y
creadora.
Empecemos todos a tomar partido, a reclamar nuestros derechos y a
ser dignos. Pero eso sí, empecemos por nosotros mismos, a respetar a
los demás.