La muerte al comienzo de esta semana de Trinidad Rolando Portocarrero,
víctima de una tumoración maligna, privó a la escena cubana de una
de sus actrices más apasionadas y creativas, de esas que dejan
huellas perdurables en la memoria de los espectadores.
Durante más de cuatro décadas encarnó decenas de diversos
papeles, pero sin lugar a duda sus mayores contribuciones se
registraron en la interpretación de personajes del teatro cubano y
de varios de sus más renombrados y consistentes dramaturgos.
De manera particular estuvo asociada a estrenos que marcaron
momentos culminantes en la trayectoria de Gerardo Fulleda León, como
Ruandi, Chago de Guisa, Provinciana y
Remolino de aguas, aunque también otros notables autores
pensaron en ella para dar vida a textos memorables, tal es el caso
de Eugenio Hernández Espinosa y su Emelina Cundiamor.
Su pasión por la tradición escénica insular la llevó a entregarse
a plenitud en La hija de Nacho, de Rolando Ferrer, y
Réquiem por Ya-rini, de Carlos Felipe.
Quedará también como una prueba mayor de su versatilidad la
comedia musical Lady Salsa, que le granjeó el reconocimiento
de públicos de otros países.