El 12 de septiembre de 1998, cinco cubanos —Gerardo Hernández,
Antonio Guerrero, Ramón Labañino, Fernando González y René González—
fueron arrestados en Miami (Florida), y se les acusó de haber
cometido 26 delitos ante los ojos de las leyes federales
norteamericanas.
Los Cinco llegaron a los Estados Unidos desde La Habana con la
misión de infiltrar las organizaciones mercenarias armadas surgidas
de la comunidad cubana en el exilio, toleradas, e inclusive,
protegidas en la Florida por los sucesivos gobiernos
norteamericanos, y descubrir así, sus potenciales actividades
terroristas contra Cuba.
Durante el arresto, Los Cinco no opusieron ninguna resistencia.
Su misión no consistía en obtener secretos militares
norteamericanos, sino en vigilar a los terroristas e informar a Cuba
sobre sus planes de agresión. Fueron enviados inmediatamente a
celdas disciplinarias reservadas al castigo de los prisioneros más
peligrosos, donde permanecieron por 17 meses, hasta que comenzó el
proceso. Al término del mismo, siete meses más tarde, en diciembre
del 2001 (tres meses después del traumatismo del 11 de septiembre),
fueron condenados a penas máximas de prisión: Gerardo Hernández a
doble cadena perpetua, Antonio Guerrero y Ramón Labañino a cadena
perpetua. Los otros dos, Fernando González y René González a 19 y 15
años, respectivamente. Veinticuatro de sus cargos de acusación, de
carácter técnico y relativamente menores, se refieren al uso de
documentación falsa y al incumplimiento de la obligación de
declararse agentes extranjeros. Ninguno de estos cargos comprende el
uso de armas, actos de violencia o la destrucción de bienes.
El proceso se extendió por más de siete meses. Más de 70 testigos
comparecieron, incluso tres generales y un almirante retirado, un
consejero de la presidencia, todos presentados por la defensa.
Las minutas representan 119 volúmenes de transcripciones, los
testimonios recogidos antes del proceso y el expediente de
instrucción otros 15 volúmenes. Más de 800 documentos probatorios se
produjeron, algunos excedían las 40 cuartillas. Los 12 miembros del
jurado, conducidos por su presidente, quien manifestó abiertamente
su hostilidad contra Fidel Castro, declararon a Los Cinco culpables
de los 26 cargos de acusación, sin hacer una sola pregunta o pedir
una nueva lectura de los testimonios, hecho inusitado en el caso de
un juicio tan largo y complejo como éste.
Los dos cargos principales se basan en un método de acusación que
se emplea con frecuencia en casos de naturaleza política: la
"conspiración" (acuerdo ilegal establecido entre dos o más personas
para cometer un delito). No hace falta que se consuma el delito. Lo
único que debe hacer la acusación es demostrar, sobre la base de una
prueba circunstancial, que un acuerdo "debe haber existido". Rara
vez aparecen pruebas reales y directas de un acuerdo ilegal, excepto
cuando uno de los participantes las presenta por sí mismo o decide
confesar. En un caso de este tipo, el jurado parte del principio que
hubo un acuerdo, sin evidencias del delito, teniendo en cuenta
consideraciones políticas, la pertenencia a una minoría o la
nacionalidad del acusado.
En su exposición inicial, la Fiscal admitió que Los Cinco no
poseían la más mínima página de informaciones, clasificadas top
secret por el gobierno, mientras que, en cambio, este había
logrado obtener más de 20 mil páginas de correspondencia entre ellos
y Cuba —la revisión de dicha correspondencia se le confió a uno de
los más altos oficiales a cargo de los asuntos de la inteligencia en
el Pentágono. Cuando se le interrogó al respecto, reconoció que no
recordaba haber hallado la más mínima información que hiciera
alusión a la defensa nacional de Estados Unidos. Según la ley, debe
probarse esta presencia para que pueda existir el delito de
espionaje.
Aún más, el único elemento sobre el cual se basa la acusación,
fue el hecho de que uno de Los Cinco, Antonio Guerrero, trabajaba en
un taller de fundición de la base naval de entrenamiento de Boca
Chica, al sur de la Florida. Abierta por completo al público, esta
base contaba, incluso, con un área donde los visitantes podían
fotografiar los aviones en la pista. Mientras trabajó allí, Guerrero
no solicitó en ningún momento un pase de seguridad. No estaba
autorizado a entrar en las zonas de acceso limitado y no intentó
hacerlo jamás. En los dos años que antecedieron a su arresto, y
durante los cuales el FBI lo vigilaba, ningún agente detectó el
menor signo de comportamiento incorrecto por su parte.
Exaltos oficiales del ejército y de los servicios de seguridad
norteamericanos declararon que Cuba no constituía una amenaza
militar para Estados Unidos, que no había ninguna información
militar que obtener en Boca Chica y que, " el interés de Cuba por el
tipo de informaciones expuestas en el juicio era conocer si, en
realidad, nosotros intentábamos preparar una acción armada contra
ellos".
La segunda acusación de conspiración vino a añadirse siete meses
después de la primera. Esta vez contra uno de Los Cinco, Gerardo
Hernández, por haber conspirado con otros funcionarios cubanos, que
no estaban acusados, a fin de derribar dos avionetas pilotadas por
exiliados cubanos de la organización Hermanos al Rescate, en el
momento en que penetraban en el espacio aéreo cubano provenientes de
Miami, a pesar de las advertencias de las autoridades. Los Migs
cubanos las interceptaron y provocaron la muerte de las cuatro
personas a bordo.
La acusación reconoció que no existía ni sombra de una prueba
referente a un supuesto acuerdo entre Hernández y los oficiales
cubanos sobre si derribarían o no las avionetas, y la manera en que
lo harían. En consecuencia, la obligación legal de probar "más allá
de cualquier duda razonable" que un tal acuerdo haya tenido lugar,
no se cumplió. El gobierno admitió ante la Corte que se encontraba
frente a un "obstáculo infranqueable". Propuso, inclusive, modificar
su propia acusación, lo cual no aceptó el tribunal de apelación. A
pesar de todo, el jurado declaró culpable a Hernández de ese delito
inventado.
Los Cinco no fueron juzgados por violar la ley norteamericana,
sino porque su trabajo centró la atención en aquellos que,
precisamente, lo hacían. Al infiltrarse en las redes criminales
existentes, de manera abierta, en la Florida, desnudaron la
hipocresía de la oposición al terrorismo, de la cual los Estados
Unidos tanto se jacta.