Hay
que creer en Marta Valdés cuando dice que Miriam Ramos encarna el
"empeño incansable por descifrar misterios y hacerlos canto" y que
este oficio en ella es "una segunda naturaleza". Ha sido así y lo es
más todavía hoy, medio siglo después de iniciar su carrera
artística, plena y hermosa como la disfrutamos en el concierto que
protagonizó el último fin de semana en la sala-teatro del centenario
Museo Nacional de Bellas Artes.
Nuevamente Miriam nos reveló que cantar no va con artificios ni
alardes, como tampoco con modas pasajeras ni concesiones. Asume en
su repertorio valores establecidos y esos, con predominio de la
canción cubana, fueron compartidos por el público en este concierto,
aunque como botón de muestra de su extensión hacia otras latitudes
se afilió a la fineza de la bossa nova a lo Tom Jobim, refrescó el
estándar As time goes by, de alcance universal tras su
inclusión en el filme Casablanca; y convirtió en un emotivo
minidrama la Terezinha, de Chico Buarque de Hollanda.
Cuando Miriam revisita los clásicos de la Isla, siempre logra
comunicar aristas insospechadas. Así sucedió tanto con Aquellos
ojos verdes, la pieza de Nilo Menéndez que anticipó en las
primeras décadas del siglo pasado la internacionalización de
nuestras músicas; como con una de las gemas de la tradición
trovadoresca, Las perlas de tu boca, de Eliseo Grenet, y la
apuesta lírica de Corazón, de Sánchez de Fuentes.
Su empatía con Bola de Nieve se afianza con ese otro único modo
de decir Ay amor y No quiero que me quieras; relación
que también cobra intensidad con la memoria del Beny, al abordar
Mi amor fugaz y el bolerazo de Pedro Flores, Obsesión.
Para rematar, una guajira son inextinguible, El fiel enamorado,
de Paquito Portela.
Si la selección y apropiación del repertorio resultan impecables,
también lo es el fichaje de quienes compromete la cantante en sus
aventuras. La primera parte del concierto transitó con Harold López
Nussa, quien desbordó los tópicos del pianismo acompañante para
redefinir los tiempos y las armonías de acuerdo con la óptica que
Miriam imprimiría a cada tema, incluyendo en dos momentos el matiz
preciso de la percusión menor a cargo de su hermano Ruy Adrián.
Luego trajo a escena a La Academia, banda liderada por Ruy López
Nussa y Roberto García, con arreglos originales ajustados a la
tónica del concierto.
Al final quedó en el público la magia de la canción y la real
estatura de una artista que seduce y convence.