Construida hacia 1826 por decisión expresa de su primer
propietario don Pedro José Iznaga y Borrell, sobrino del Marqués de
Guáimaro, y reconocida por sus valores arquitectónicos, la mansión
sobresale por su elevado puntal de 14 metros de altura hasta la
cumbrera, rematada en torre mirador, y su posicionamiento
estratégico a un costado de la pintoresca Plaza Mayor, ubicación que
le confiere un valor agregado para los miles de turistas que cada
año visitan la ciudad de Trinidad.
Tras varios intentos fallidos de restauración, fuerzas de la
Empresa Constructora de Obras de Arquitectura (ECOA-50), del MICONS,
ejecutan en la casona necesarios trabajos de demolición,
consolidación de estructuras en peligro de colapso y recuperación de
valiosos elementos originales con vistas a su posterior inserción en
el nuevo hotel.
Especialistas consultados aseguran que las condiciones actuales
del inmueble, marcado por el abandono de los últimos tiempos, la
pérdida de los pisos y las restantes transformaciones sufridas en la
estructura, hacen de por sí muy compleja la inversión, valorada en
unos 13 millones de pesos y pactada para 22 meses de trabajo.
Según el proyecto, el hotel contará con 42 habitaciones, 12 de
ellas en la antigua casona y las 30 restantes en un edificio
adyacente que armonizará con el Palacio, considerado por la
estudiosa Alicia García Santana como imprescindible para comprender
"los cambios operados en la casa cubana tradicional durante el siglo
XIX".
De acuerdo con la experta, el Palacio Iznaga constituye uno de
los primeros en utilizar el alero en gola, que se extendería luego a
toda la región central durante la primera mitad de esa centuria; el
hierro para la protección de ventanas y balcones, así como las
persianas en abanico para proteger la galería-comedor de las altas
temperaturas del trópico.
A tono con lo proyectado, el inmueble original, cuyas estructuras
se respetarán al máximo, permitirá la lectura coherente del periodo
histórico del que es representativo; mientras el edificio adosado se
inspirará en los códigos de la casa colonial, pero sin calcos
miméticos, de manera que la identidad trinitaria se advierta,
incluso, en la inserción contemporánea.