Una de las primeras lecciones recibidas en su niñez sucedió por
una travesura, al parecer, sin causas ni efectos. Se trataba de un
juego que consistía en tocar a la puerta del vecino y correr a todo
dar, para no ser alcanzado por la vista de este, quien dejaba a
medias sus quehaceres para atender la puerta y se daba de bruces con
la realidad de haber caído en la trampa de revoltosos infantes, sin
intención maliciosa aparente.
Pero todo cambió el día en que quiso hacer partícipe de la
jugarreta a su madre, quien no entendió los alegatos ofrecidos y le
hizo esperar en la puerta hasta pedir disculpas. Ese día afloró la
vergüenza a su rostro.
La familia, la más antigua de las instituciones humanas, es la
encargada de formar valores en los niños y jóvenes, labor asignada
en su totalidad por muchos años a la escuela. Es común que algunos
padres les quiten la razón a los educadores cuando su hijo comete
alguna indisciplina, justificando lo inexcusable, o la reprimenda
incorrecta sobre la base de gritos y golpes, los cuales lejos de
enseñar humillan y no ofrecen espacio a la reflexión.
Las lecciones aprendidas en la infancia raras veces se olvidan.
En esta etapa es fundamental la percepción de climas de solidaridad,
comprensión y respeto en el hogar. Los padres pueden resultar un
referente avanzado, o por el contrario, el ejemplo a seguir en
acciones transgresoras de la tranquilidad social.
Si bien la interpretación del papel de la familia se transforma
de acuerdo a las necesidades de los pueblos, esta célula de la
sociedad debe ser la encargada de velar por la formación de los
individuos. Los propósitos educativos, aunque positivos, si no
encuentran la mejor forma de consumarse, pueden acabar por revertir
una enseñanza.
La responsabilidad de los padres en la crianza de los hijos es
indelegable. El papel de la comunidad y la escuela coadyuva la
enseñanza que toca a ellos comenzar. Asumir ese encargo significa
saberse comprometido con las consecuencias de sus actos, como si
fueran los suyos propios, sabiendo de antemano que ellos se educan
para la vida en comunidad.
Evadir los resultados de las acciones, cuando solo se es una
criatura inocente, pude parecer un motivo para la risa. Sin embargo,
crecer implica tomar conciencia de las conductas a seguir, analizar
más allá de la conveniencia propia, aprender a vivir en sociedad.
Ser responsables es brindar el asiento en la guagua, pedir
disculpas, ayudar al prójimo¼ Por tanto, ser responsables es también
caballerosidad y honradez. Cuando antes de actuar se valoran los
efectos hacia el plano social de cada proceder, se es responsable.
Para que esa conducta no se convierta en obligación sino en placer
individual, es necesario instruirla desde la cuna.
Las reglas básicas de la convivencia son bien educadas cuando la
tríada familia, escuela y comunidad, grandes sistemas
socializadores, cumple su función orientadora y educativa, siendo la
familia la primera en cultivar actitudes, prácticas y valores.