Todo
parece indicar que ahora el ataque armado es contra Siria, pero los
antecedentes son imposibles de obviar. En la Yugoslavia de 1999
Washington falsificó imágenes, fabricó hechos horrorosos que
atribuyó a las autoridades serbias y luego tuvo que admitir que eran
falsos. Durante varios días, y sin que el Consejo de Seguridad de la
ONU lo aprobara, el Pentágono junto a la OTAN "cocinaron" el plan
para lanzar los ataques contra el país balcánico.
Resultado: 78 días y noches de ataques contra Belgrado y otras
ciudades y aldeas serbias. Miles de muertos y heridos. Guarderías
infantiles, con niños dentro de ellas, fueron voladas en pedazos por
los misiles crucero Tomahawk.
Días después el mundo supo que la llamada "limpieza étnica" que
Washington usó como argumento para esas acciones, era una completa
mentira y que en Kosovo lo que existían, más que todo, eran
enfrentamientos entre albano-kosovares que querían anexar el
territorio a Albania y los serbio-kosovares que defendían el derecho
a vivir, como lo habían hecho desde hace miles de años, en esa, su
tierra, bajo la protección serbia.
Pero ya era tarde. Los muertos se contaban por miles. El uranio
empobrecido sembrado por los bombardeos mató y mutiló a miles, y
dejó la huella de la muerte en otros cientos que aún hoy padecen de
leucemia y otras enfermedades oncológicas.
Vi en la exYugoslavia con mis propios ojos, cómo habían quedado
las guarderías, iglesias, edificios, las emisoras de televisión, y
hasta la embajada china, entre los "objetivos" bombardeados por los
aviones norteamericanos.
La ONU, ignorada por Estados Unidos y las potencias occidentales,
ni siquiera una propuesta de sanción hizo aprobar por las bárbaras
acciones y el irrespeto hacia su autoridad internacional totalmente
desconocida.
En el año 2003, un presidente fascista en la silla de la Casa
Blanca norteamericana, "fabricó" la existencia de armas prohibidas
en Iraq y vínculos de la organización terrorista Al Qaeda con el
gobierno de Sadam Hussein.
Con semejante discurso, y aún frescas las huellas de la
humillación que causaran a Washington los ataques a las Torres
Gemelas y el Pentágono, George W. Bush no tenía que hacer mucho
esfuerzo para alistar hombres y medios y lanzarse por aire, mar y
tierra contra Iraq, país cuyo gobierno poco hizo para defender su
soberanía.
Al mismo gobierno iraquí al que Washington le brindó toda
información de Inteligencia para que lanzara ataques químicos contra
Irán en una guerra atroz que solo favoreció a Estados Unidos, ahora
se le tildaba de poseer armas de exterminio masivo y de albergar en
su territorio a terroristas de Al Qaeda.
A la semana de los ataques, ya la Casa Blanca reconocía, y el
mundo, con pudor e incredulidad se enteraba de que el argumento de
la agresión no era cierto y que en Iraq ni había ese tipo de armas
ni se conocían a los hombres de Al Qaeda.
El Consejo de Seguridad de la ONU, al "enterarse" de la verdad o
admitir la falacia fabricada por Washington, no pudo más que
lamentar el error y pronunciarse con frases vagas para que no se
albergara ninguna esperanza de crítica a los anfitriones de su sede.
Con Afganistán pasó otro tanto: buscaban a un Bin Laden que solo
pudieron capturar y asesinar durante una oscura acción —aún hoy sin
aclararse— en territorio de Paquistán.
El mulá Omar, presidente talibán despojado por las fuerzas de
ocupación norteamericanas y de la OTAN, aun cojeando pudo perderse
en territorio afgano y todavía hoy no se sabe de él. Más de 160 mil
soldados norteamericanos y otros miles europeos, nada pudieron
lograr en aquellas tierras, que no sea el acelerado deterioro
gubernamental y los cientos de miles de víctimas civiles en uno de
los países más empobrecidos de la geografía mundial.
Libia sufrió también la guerra mediática de las mentiras para
justificar un ataque militar que masacró a pobladores, incluyendo al
Presidente de esa nación. Hoy Libia es totalmente inestable y se
conoce que fuerzas de Al Qaeda actúan en una buena parte de su
territorio "liberado" por los yanquis.
Siria, el país árabe centro de los ataques —mediáticos y
militares— es el objetivo actual. Para ello, Barack Obama, el
marchito mandatario de turno, usa los elementos que emplearon otros
presidentes en Yugoslavia, Iraq y Afganistán y ha acudido a las
experiencias de cómo se inventaron aquellas guerras, para lanzarse a
esta nueva aventura.
Para justificar los ataques a Siria, vuelve la invención de las
armas químicas y para actuar a espaldas de la ONU, los gobiernos de
Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, han declarado que pueden
hacerlo bajo el pretexto de una "crisis humanitaria".
En estas circunstancias inciertas se ha despertado el mundo hoy,
en espera del accionar del gatillo letal contra una Siria dispuesta
a resistir y defenderse, a la que Washington tiene en el colimador
esperando la orden del todopoderoso Obama.