El
vaticinio formulado desde esta columna al darse a conocer la
programación televisual del verano se cumplió: Escalona, teleserie
colombiana realizada en 1991 y vista ahora aquí 22 años después,
acaparó la atención de un sector de la audiencia que concibe el
entretenimiento vinculado a la apertura ante realidades inéditas, a
la ampliación de conocimientos y al crecimiento espiritual.
No se trata de que Escalona haya sido el mejor de los
productos posibles —evidentes ciertas concesiones a la sensiblería y
la falta de aliento visual en secuencias que por la fuerza del guion
lo requerían—,sino de la posibilidad de apreciar una alternativa en
el modo de contar una historia, apresar un contexto y transmitir
valores culturales.
La producción, dirigida por el hoy experimentado cineasta Sergio
Cabrera y con guion de Daniel Samper, no solo rindió homenaje a los
aportes del compositor Rafael Escalona (1927-2009), a la música
vallenata, sino a la cultura popular del Caribe colombiano, es
decir, sus tradiciones, comidas, bebidas, costumbres, ambientes y
leyendas.
Hacia el final de la teleserie, una de estas últimas sirvió como
nudo argumental para la solución del conflicto entre el joven
Escalona (Carlos Vives) y el enigmático Anastasio Espuelas (Rodrigo
Obregón), quienes se enredan en una controversia ganada por el
primero. Me refiero a la leyenda de Francisco el Hombre.
Gabriel García Márquez la cuenta en una de las páginas de Cien
años de soledad:
Francisco el Hombre, así llamado porque derrotó al diablo en un
duelo de improvisación de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoció
nadie, desapareció de Macondo durante la peste del insomnio y una
noche reapareció sin ningún anuncio en la tienda de Catarino. (¼ )
Aureliano fue esa noche a la tienda de Catarino. Encontró a
Francisco el Hombre, como un camaleón monolítico, sentado en medio
de un círculo de curiosos. Cantaba las noticias con su vieja voz
descordada, acompañándose con el mismo acordeón arcaico que le
regaló Sir Walter Raleigh en la Guayana, mientras llevaba el compás
con sus grandes pies caminadores agrietados por el salitre.
En la teleserie, Anastasio y su acordeonero encarnan al demonio
según los códigos de las fábulas populares de la región, en
personajes que revelan el sustrato mítico de la tradición oral.
Recuérdese que toda la trama gira en torno a la llegada de Anastasio
de no se sabe dónde, con sus espuelas inseparables y sus artes de
nigromante, y el comienzo de una cadena de sucesos luctuosos, desde
el suicidio de Lucas Boves hasta la muerte de los duelistas Pipe
Socarrás y Alfonso Doce.
Asistimos en el último capítulo a una contienda de puyas entre
acordeoneros, los cuales en esta variante de la música vallenata, se
retan para ver quién improvisa con más ingenio y habilidad.
Según la leyenda de Francisco el Hombre, al derrotar con su canto
a Lucifer en medio de la noche de los caminos, este se retiró
mientras su acordeón era consumido por las llamas. ¿Realismo mágico?
Sí, como la ascensión de Remedios la Bella y la cola de cerdo de los
descendientes de una relación incestuosa en Cien años de soledad.
Para redondear la historia, quizás sea oportuno que al
reiniciarse el espacio de cine De Nuestra América, el colega
Frank Padrón proyecte el filme colombiano El acordeón del diablo,
que ofrece otra versión del mito popular.
Por contraste, Escalona planteó un reto a la Televisión
Cubana, cuyos programadores ubicaron desatinadamente la teleserie en
un segmento destinado a niños mayorcitos y adolescentes.
El amigo Ciro Benemelis, fundador de Cubadisco y profundo
conocedor de la cultura musical de nuestro país, se preguntaba si en
nuestra pantalla no era posible ver algún día, más temprano que
tarde, una serie de ficción en la que la vida y obra de también
legendarios trovadores y soneros se contara con buen gusto y pasión.
Recordé el plausible intento de Al compás del son, de Rolando
Chiong, por dotar a la trama telenovelera de una banda sonora
grávida de nuestros valores patrimoniales.
Cuántos genuinos avatares y sabrosa música podrían expresarse
mediante la pantalla doméstica si alguna vez se decidiera convertir
en protagonistas de una obra de ficción a Sindo Garay, correo de los
mambises que cruzó a nado la bahía santiaguera para llevar mensajes;
a Miguel Matamoros, que se ganó la vida como chofer; a Ignacio
Piñeiro y la buena de los barrios habaneros; a Manuel Corona y su
amor por Longina, la nana de Mella; a Chano Pozo y su luminoso y
trágico destino; o al mismísimo Beny Moré.