Francisco el Hombre y un reto para la TV Cubana

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu

El vaticinio formulado desde esta columna al darse a conocer la programación televisual del verano se cumplió: Escalona, teleserie colombiana realizada en 1991 y vista ahora aquí 22 años después, acaparó la atención de un sector de la audiencia que concibe el entretenimiento vinculado a la apertura ante realidades inéditas, a la ampliación de conocimientos y al crecimiento espiritual.

No se trata de que Escalona haya sido el mejor de los productos posibles —evidentes ciertas concesiones a la sensiblería y la falta de aliento visual en secuencias que por la fuerza del guion lo requerían—,sino de la posibilidad de apreciar una alternativa en el modo de contar una historia, apresar un contexto y transmitir valores culturales.

La producción, dirigida por el hoy experimentado cineasta Sergio Cabrera y con guion de Daniel Samper, no solo rindió homenaje a los aportes del compositor Rafael Escalona (1927-2009), a la música vallenata, sino a la cultura popular del Caribe colombiano, es decir, sus tradiciones, comidas, bebidas, costumbres, ambientes y leyendas.

Hacia el final de la teleserie, una de estas últimas sirvió como nudo argumental para la solución del conflicto entre el joven Escalona (Carlos Vives) y el enigmático Anastasio Espuelas (Rodrigo Obregón), quienes se enredan en una controversia ganada por el primero. Me refiero a la leyenda de Francisco el Hombre.

Gabriel García Márquez la cuenta en una de las páginas de Cien años de soledad:

Francisco el Hombre, así llamado porque derrotó al diablo en un duelo de improvisación de cantos, y cuyo verdadero nombre no conoció nadie, desapareció de Macondo durante la peste del insomnio y una noche reapareció sin ningún anuncio en la tienda de Catarino. (¼ ) Aureliano fue esa noche a la tienda de Catarino. Encontró a Francisco el Hombre, como un camaleón monolítico, sentado en medio de un círculo de curiosos. Cantaba las noticias con su vieja voz descordada, acompañándose con el mismo acordeón arcaico que le regaló Sir Walter Raleigh en la Guayana, mientras llevaba el compás con sus grandes pies caminadores agrietados por el salitre.

En la teleserie, Anastasio y su acordeonero encarnan al demonio según los códigos de las fábulas populares de la región, en personajes que revelan el sustrato mítico de la tradición oral. Recuérdese que toda la trama gira en torno a la llegada de Anastasio de no se sabe dónde, con sus espuelas inseparables y sus artes de nigromante, y el comienzo de una cadena de sucesos luctuosos, desde el suicidio de Lucas Boves hasta la muerte de los duelistas Pipe Socarrás y Alfonso Doce.

Asistimos en el último capítulo a una contienda de puyas entre acordeoneros, los cuales en esta variante de la música vallenata, se retan para ver quién improvisa con más ingenio y habilidad.

Según la leyenda de Francisco el Hombre, al derrotar con su canto a Lucifer en medio de la noche de los caminos, este se retiró mientras su acordeón era consumido por las llamas. ¿Realismo mágico? Sí, como la ascensión de Remedios la Bella y la cola de cerdo de los descendientes de una relación incestuosa en Cien años de soledad.

Para redondear la historia, quizás sea oportuno que al reiniciarse el espacio de cine De Nuestra América, el colega Frank Padrón proyecte el filme colombiano El acordeón del diablo, que ofrece otra versión del mito popular.

Por contraste, Escalona planteó un reto a la Televisión Cubana, cuyos programadores ubicaron desatinadamente la teleserie en un segmento destinado a niños mayorcitos y adolescentes.

El amigo Ciro Benemelis, fundador de Cubadisco y profundo conocedor de la cultura musical de nuestro país, se preguntaba si en nuestra pantalla no era posible ver algún día, más temprano que tarde, una serie de ficción en la que la vida y obra de también legendarios trovadores y soneros se contara con buen gusto y pasión. Recordé el plausible intento de Al compás del son, de Rolando Chiong, por dotar a la trama telenovelera de una banda sonora grávida de nuestros valores patrimoniales.

Cuántos genuinos avatares y sabrosa música podrían expresarse mediante la pantalla doméstica si alguna vez se decidiera convertir en protagonistas de una obra de ficción a Sindo Garay, correo de los mambises que cruzó a nado la bahía santiaguera para llevar mensajes; a Miguel Matamoros, que se ganó la vida como chofer; a Ignacio Piñeiro y la buena de los barrios habaneros; a Manuel Corona y su amor por Longina, la nana de Mella; a Chano Pozo y su luminoso y trágico destino; o al mismísimo Beny Moré.

 

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