"Jaime
Sarusky ha compartido su vocación entre el periodismo y la
narrativa. Con el andar del tiempo, se ha producido en su obra una
provechosa contaminación entre ambos géneros. Su ejemplo contribuye
a romper la falsa separación entre la alta y la baja literatura,
entre el ejercicio de un quehacer funcional, requerido de rápida
factura, sometido a los reclamos de la inmediatez, tanto como a las
exigencias de una amplia potencialidad comunicativa, y la obra
paciente del orfebre de las letras".
Así lo definió Graziella Pogolotti. Y así es justamente el Jaime
Sarusky que se queda con nosotros para siempre, el que la muerte no
pudo arrebatarnos este 29 de agosto, a pesar de la triste noticia de
su fallecimiento.
A partir de ahora su obra será la prolífera concreción de su
existencia: la novela, el ensayo, el periodismo, que le valieron la
Distinción por la Cultura Nacional, los premios Nacional de
Literatura; el Alejo Carpentier por su novela Un hombre
providencial; el José Antonio Fernández de Castro por su
ejercicio de más de 45 años del periodismo cultural; el Pablo de la
Torriente Brau por su ensayo Un hombre trágico; sendas
menciones en Casa de las Américas por sus novelas La búsqueda
y Rebelión en la octava casa; las medallas Raúl Gómez García
y Félix Elmuza, entre muchas otras credenciales.
Pero "nada de sentirse un príncipe ni un rey o que estoy coronado
o soy una maravilla, soy un humilde ciudadano de esta Isla", me dijo
con su proverbial modestia en el 2011, cuando lo entrevisté para
estas páginas con motivo de ser una de las personalidades a las que
se dedicó la Feria del Libro de ese año.
Nacido en La Habana en 1931, rebasa la dimensión temporal su
vasta trayectoria, que se inicia desde que aparecen sus primeros
cuentos y artículos en el periódico El Sol de Marianao, en la década
del cincuenta del pasado siglo, y luego comienza su labor
periodística profesional como redactor y jefe de rotrograbado del
periódico Revolución. Los trabajadores de Granma, y en
especial los de nuestro departamento, nos enorgullecemos de haberlo
tenido como el primer jefe de la redacción cultural. Luego se
desempeñó en Bohemia, Revolución y Cultura, y muchas otras páginas
de diversos medios cubanos y extranjeros que se engalanaron con sus
crónicas, reportajes, entrevistas, testimonios, el dato o la
declaración noticiosa recogidos con la fidelidad de una grabadora.
Múltiples han sido sus quehaceres como hombre de la cultura tras
el triunfo de la Revolución, desde que en 1962 participó en la
reunión de la OEA, en Punta del Este, Uruguay, donde Cuba fue —a
mucha honra— expulsada de esa organización proimperial. Fue profesor
de Literatura e Historia en la enseñanza media superior, funcionario
del Ministerio de Cultura, jurado en certámenes de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba y Casa de las Américas, así como en
encuentros nacionales o provinciales de los talleres literarios.
Diversas plazas académicas del mundo se han nutrido con sus
conferencias sobre literatura cubana y otros temas de cuyos
conocimientos se armó por su paciente, incansable y profunda labor
de investigador.
"Sí, es verdad que soy un rastreador, porque con tal de perseguir
una posible historia voy hasta donde tenga que ir; me interesa
llegar hasta el fondo del ser humano, hasta donde yo pueda, para
aprender yo. Y esto me ha sido muy útil para la literatura y también
para el periodismo", me confesó en el encuentro de marras.
Y al final me dijo algo que entonces resultó la despedida de
aquella entrevista pero hoy es un gesto de saludo: "Mientras haya
gente interesante, y mientras valga la pena, seguiré escribiendo y
haciendo crónicas". Leyéndolo, estaremos junto a Jaime para siempre.