Se
llamó José Artemio Castañeda Hechevarría y dijo adiós la semana
pasada, aquí en La Habana a los 84 años de edad, sin que muchos nos
diéramos cuenta. El programa matutino dominical de Radio Progreso
—persistente monumento a la memoria de la música cubana de todos los
tiempos— transmitió fragmentos de su última entrevista y de una
conversación que sostuviera años atrás con el periodista Jorge
Petinaud. Había nacido en Santiago, se hizo músico a fuerza de
vocación y talento natural, y militó en varias formaciones, entre
ellas Maravillas de Beltrán.
Pero no he dicho que Castañeda dejó de ser Castañeda para
convertirse en Maracaibo, así a secas, o con el apellido Oriental,
por obra y gracia de Beny Moré. ¿Quién no conoce ese montuno de
estremecedora vigencia que resume las virtudes soneras del Bárbaro
del Ritmo?
Todo comenzó cuando Fernando Álvarez, antes que se distinguiera
como uno de nuestros más extraordinarios boleristas, secundaba a
Beny, junto a Enrique Benítez (El Conde Negro), en la orquesta de
Beny. En la fraternidad de una barra, Castañeda le tarareó un
changüisito a Fernando para que se lo llevara a Beny. A este le
gustó y quedó en grabarlo.
Pero el día de la grabación —29 de abril de 1958, para un disco
de 45 revoluciones por minuto de la RCA Víctor que compartió con el
bolero Preferí perderte, de Ángel Lores, de acuerdo al
documentado registro del musicólogo Pepe Reyes Fortún— los papeles
que había escrito Generoso Jiménez no aparecieron y Beny dijo que de
todas maneras el número iba, y reinventó de memoria el número, lo
armonizó con sus indicaciones precisas —el piano va aquí, el
contrabajo allá, y los metales más acá, con el Negro Vivar
luciéndose y él a inspirar, a explayarse en la improvisación:
Para que tú lo bailes, mi son Maracaibo, para que tú lo goces¼
— y todo funcionó de maravillas. Nació ese día Maracaibo
oriental y Castañeda comenzó a vivir una leyenda con sabor de
eternidad.