A
raíz de la publicación en 1946 de La música en Cuba, María
Teresa Linares, quien con el tiempo devendría una de las maestras de
la musicología en la Isla, escribió: "Todo el complejísimo clima
musical cubano está iluminado en el libro de Alejo Carpentier
(...)". El compositor y profesor José Ardévol, quien a la sazón
lideraba el Grupo de Renovación Musical, de enorme significación en
la vida cultural de aquella década, remitió unas líneas al autor en
las que decía: "Este libro señala una fecha en nuestra historia
musical; en el orden histórico, la musicología cubana se podrá tomar
en cuenta a partir de tu obra".
Tales juicios hallaron nuevas confirmaciones en la segunda mitad
de la pasada centuria en voces autorizadas. Al respecto, el
ensayista, crítico y músico Leonardo Acosta, en tesis de sumo valor,
rastreó cuánto le debía la obra narrativa de Carpentier a su
quehacer musicológico. Jesús Gómez Cairo, actual director del Museo
Nacional de la Música y acucioso investigador del legado
carpenteriano en ese campo, afirmó: "La música en Cuba aporta
el primer criterio de periodización para nuestra historia musical,
donde se conjugan el enfoque histórico con definiciones de índole
estética, en un contexto culturológico de más amplio espectro (...
)".
Ya entrado el siglo XXI, la vigencia de estas valoraciones pueden
ser contrastadas por el lector —no ya el especialista— de nuestra
época, al entrar en contacto con la reciente edición de La música
en Cuba, la cual por sus características adquiere una
connotación especial. De común acuerdo la editorial del Museo
Nacional de la Música y la Fundación Alejo Carpentier, en un
proyecto curado por Radamés Giro y prologado por la doctora
Graziella Pogolotti, han puesto a circular el fundacional ensayo
enriquecido con la publicación en el mismo tomo de una colección de
artículos, reseñas y notas de Carpentier que en los ochenta fueron
agrupadas bajo el título Temas de la lira y el bongó,
y un apéndice que contiene otros textos del autor y varias opiniones
sobre su labor musicológica.
Más allá de los hallazgos puntuales, que son numerosos y muchos
de ellos verdaderas primicias en su época, la permanente lección de
La música en Cuba radica en el trazado de una línea
ascensional de continuidad en el registro de los puntos de giro que
marcaron la fijación de una identidad; espiral preñada de
contradicciones, avances, retrocesos y nuevos avances por dotar a la
expresión sonora de una entidad propia, y de estilos y obras que
reflejaran la forja y la consolidación de una cultura y sus enlaces
y correspondencias con otras culturas.
Carpentier se concentra en el desarrollo de la llamada música de
concierto, aunque sin dejar de observar la interrelación de esta con
la creación popular y el sustrato folclórico. La música en Cuba
es, sobre todo, la historia contada a partir de los
compositores, desde los primeros tiempos de la colonia —y aun antes,
pues desmiente, con sólidos argumentos, la supuesta transcripción de
un areíto— hasta los autores, muy jóvenes entonces, que emergieron
en la década de los cuarenta.
La importancia de incluir a continuación en un mismo volumen la
amplísima colección de crónicas, reseñas y artículos de Temas de
la lira y el bongó consiste en la posibilidad de completar la
visión carpenteriana sobre las realidades sonoras de su tiempo. Si
bien es cierto que una parte de los trabajos fueron redactados antes
de la publicación del ensayo, otra parte vio la luz con
posterioridad como parte de un ejercicio que desarrolló hasta sus
últimos días.
Entre los intereses de Carpentier resaltan su admiración por los
pregones habaneros, la internacionalización del son y la rumba, las
influencias del jazz y, —sí señor— el filin. Se verifica en estos
materiales el juicio de su editora, Silvana Garriga, al decir que el
escritor "no podía abordar la música cubana sin asimilarla como lo
que es; imbricada madeja de la cual resulta imposible separar una
vieja tonada campesina de la Berceuse de Caturla o una conga
callejera de la Danza característica de Leo Brouwer".
A partir de estos presupuestos se nos presenta como una tarea
pendiente e impostergable de la musicología cubana, acabar de
concebir una historia de la música en Cuba que integre en un
continuum los diversos niveles de la creación sonora, definiendo
sus paralelismos, confluencias y vasos comunicantes.
Esta disciplina cuenta con innegables aportes monográficos y
valiosos enfoques teóricos. Ahí están las fichas de los diccionarios
redactados por Helio Orovio y Radamés Giro, los trabajos de
Argeliers León y María Teresa Linares, las investigaciones de Olavo
Alen, la agudeza ensayística de Leonardo Acosta y el monumental
legado de Danilo Orozco que una vez curado y ordenado podrá
valorarse en toda su magnitud. No deben obviarse las contribuciones
de autores que fuera de la Isla han realizado obras trascendentales,
como Natalio Galán y Cristóbal Díaz Ayala.
El programa de desarrollo de la esfera musicológica, jerarquizado
por el Instituto Cubano de la Música y que implica entre sus
entidades al Centro de Desarrollo e Investigación de la Música
Cubana (CIDMUC) y el Museo Nacional de la Música, apunta al
cumplimiento de esta necesaria aspiración.