Sin embargo, la versión de la única víctima que sobrevivió para
contarlo reveló que fueron los militares quienes los rociaron con
gasolina y les prendieron fuego.
A 27 años de los hechos, Carmen Gloria Quintana habló con Mike
Lanchin del programa Witness de la BBC. Este es su testimonio.
El 2 de julio había sido declarado paro nacional y Pinochet había
amenazado con sacar a las Fuerzas Armadas a reprimir a todos los que
salieran.
Yo me levanté temprano, con mi hermana Emilia, la mayor. Era un
día nublado, invierno típico, 7:30 de la mañana, y salimos a caminar
por la población desde la que se suponía iríamos en marcha hacia la
Universidad de Santiago.
Nos juntamos con algunos vecinos, con Rodrigo Rojas y dos jóvenes
más que yo no conocía prácticamente.
Estos jóvenes se preparaban para hacer una barricada con
neumáticos para interrumpir el tránsito de una avenida bien
importante y nos piden ayuda. Como nuestro ánimo era de protestar,
les dijimos que bueno.
Cuando íbamos caminando se nos acerca una camioneta de militares,
todos con maquillaje y vestidos de camuflaje.
Tuvimos miedo, dejamos botados los neumáticos y salimos
arrancando, todos en distintas direcciones.
Nos salieron persiguiendo a nosotros con Rodrigo, que corrimos
hacia la misma dirección.
A Rodrigo lo sometieron y lo patearon en el suelo.
A mí me tomaron, me revisaron por todas partes, me pusieron
contra la pared. Me preguntaron qué andaba haciendo, les dije que
iba a estudiar a la universidad. Me revisan los documentos, me los
quitan.
Me echaban garabatos (insultaban), me pegaban en la espalda con
la punta de la metralleta y yo lloraba porque tenía mucho miedo.
Se comunican por sus aparatos con su gente, viene un grupo de
militares de la esquina. Estaban los neumáticos y traen un bidón de
bencina. "En esto andaban", nos dicen.
El militar que mandaba más, el teniente Pedro Fernández Dittus,
toma el bidón.
Yo estaba de pie contra la pared. Me empieza a echar bencina
desde la cabeza y a Rodrigo lo rocía como a una planta, porque él
estaba tendido en el suelo sangrando.
En esos momentos yo no pensé que la idea era quemarnos. Se me
pasó por la mente que era como una burla, que nos iban a soltar y me
iba a poder bañar.
Repentinamente ellos nos tiran un aparato incendiario que explota
y yo me convierto en una antorcha humana. Y Rodrigo también.
Yo me desesperé y traté de apagarme con las manos, empecé a
revolcarme en el suelo a ver si las llamas se apagaban y no pasaba
nada.
Entonces siento que alguien me tira una frazada encima, me
envuelve y me pone en la parte de atrás de un camión.
Después de eso yo pierdo la conciencia.
Quemados caminando por ayuda.
Despierto cuando nos están tirando en una zanja en el campo donde
corre el agua, pero estaba seca.
Me tiran a mí y después a otro cuerpo. Yo tenía miedo, así que me
hago la dormida, no reacciono. Y nos dejan ahí botados.
Rodrigo me empieza a mover para que despierte. Nos levantamos y
lo miro: tenía toda su cara negra, le faltaba la mitad del pelo. Me
empiezo a mirar y veo toda mi ropa oscura y mis manos negras. Y le
digo a él: "Mira cómo nos dejaron estos desgraciados". Y él se queda
callado.
Nos dejaron en un camino campestre, muy hacia adentro, de polvo y
tierra. Tuvimos que caminar a la calle.
Salimos a una carretera y ahí nos dimos cuenta de que estábamos
cerca del aeropuerto. Empezamos a tratar de hacer parar los autos,
pero yo creo que los autos se asustaban al ver nuestra imagen de
zombies.
Al rato después llega una patrulla de policía y Rodrigo me dice
que no digamos nada, porque nos pueden hacer desaparecer.
La Policía nos pregunta qué nos pasó y nosotros no decimos nada,
nos quedamos en silencio.
Había justo una construcción donde estaban unos obreros. La
policía llama a la ambulancia que no llega nunca. Los obreros nos
hacen como una camilla de ladrillos y ahí yo me acuesto.
Yo tenía tanta rabia que le digo a la Policía: "Tíreme un balazo
por favor, para no seguir sufriendo".
Estuvimos como 30 minutos, creo. No lo sé realmente.
Ante mis palabras, la Policía reaccionó. Pararon un vehículo
civil y nos llevaron a un consultorio cercano.
Ahí la enfermera les dice a los carabineros que se vayan y me
dejen sola con ella. Ella, muy amable, me pregunta qué me hicieron y
yo le digo la verdad. Me dice si quiere que hable con alguien. Yo le
digo: "Sí, con mis papás". Y ahí ella le avisa a mi familia.
Después de que hablan con mi familia, nos transportan a la Posta
Central, que es el hospital más grande de Urgencias en Chile y ahí
yo pierdo la conciencia.
No sé qué más ocurre conmigo. Sé que estuve en coma, que me
hicieron muchas operaciones de trasplante de piel, donaciones de
sangre...
Fue un periodo muy oscuro para mí, porque es como que hubiera
estado muerta todo ese tiempo. Después reconstituí la historia por
lo que mis padres y mis amigos me han contado.
En el hospital: hermana de novia y atentado a Pinochet.
Empecé de a poco a darme cuenta. Todo mi cuerpo estaba vendado
entero, porque me hacían injertos de piel. Era muy doloroso, porque
cada vez que me cambiaban las sábanas, se me pegaban.
También estaba con un respirador artificial, no podía respirar
por mí misma.
Rodrigo Rojas no logró sobrevivir. Tenía un 70 % de la superficie
de su cuerpo quemado y falleció cuatro días después.
Yo tenía el 65 % de mi cuerpo quemado, también con quemaduras de
segundo y tercer grado.
Pasaron dos meses y medio (en el hospital, antes de viajar a
Canadá donde se le ofreció un tratamiento de recuperación).
Me acuerdo de algunas enfermeras que eran bastante cariñosas.
Hubo días de paro en que algunas no podían llegar y otras, aunque no
les correspondía, se quedaban haciendo doble turno para cuidarme.
También recuerdo que me impactó mucho ver a mi mamá la primera
vez, porque había perdido como 15 kilos.
Mi mamá me dio cariño y me dijo que era una chica valiente. Ella
tiene harto sentimiento de culpa, porque cuando me vio la primera
vez quemada pensó que era mejor que me muriera para que no sufriera.
Mi hermana Emilia, la que salió ese día conmigo, fue a verme
vestida de novia con su marido.
También recuerdo que el doctor Jorge Villegas, que era el
cirujano plástico que llevaba mi caso, me contó que habían hecho un
atentado contra Pinochet en septiembre. Y eso me alegró mucho.
Se preocuparon mucho porque pensaron que podían tomar represalias
y me podían asesinar ese día. Entonces toda mi familia se quedó en
el hospital ese día.
Vocera de los sin voz.
Cuando llegué a Canadá fue la primera vez que empecé a ver mi
cuerpo, cómo estaba. Fue bastante impactante.
Yo resistí al principio mirarme. Iba al baño, había un espejo y
no me quería mirar.
Al principio estaba completamente inmóvil. No podía caminar ni
usar las manos. Tuve que crear nuevamente músculos en mis piernas
para volver a caminar.
Los primeros años me hicieron 40 operaciones aproximadamente.
Las manos y el cuello me quedaron muy quemadas y me tuvieron que
operar varias veces para poder recuperar la movilidad.
Tenía que estar en kinesioterapia todos los días. No podía
agarrar lápices, cucharas, pinzas. Eso lo recuperé, pero la
motricidad fina aún me cuesta. Soy torpe con las manos y no puedo
hacer cosas muy delicadas.
La boca me quedó bastante atrofiada y me tuvieron que hacer
varias operaciones para poder abrirla.
Volví a Chile el año 1988; yo creo que ahí me operé unas dos
veces más, pero ya tenía fobia al olor de la anestesia. Dije que ya
era suficiente, ya no quería nada más.
Empecé a contar lo que me había sucedido y viajé a muchos países
denunciando la situación de violación de los derechos humanos que
vivíamos en Chile.
Viajé a EE.UU., Alemania, Francia, las dos Alemanias, Bélgica,
Suiza, Suecia, Australia y a algunos países de Latinoamérica. Me
convertí en una especie de vocera de la situación de derechos
humanos en Chile.
La fuerza me la dio la rabia, saber que tanta gente había muerto
y no tenía voz para denunciar lo sucedido. Yo me sentí una portavoz
de toda esa gente. (Tomado de BBC Mundo)