La huella que ha dejado la obra de Juan Cristóbal Nápoles
Fajardo, El Cucalambé, en la tradición decimista cubana ha sido
largamente legitimada por el imaginario popular, de manera especial
en el sector campesino, que desde el siglo XIX transmite de
generación en generación su original práctica de los diez versos
octosílabos. El Cucalambé no solo le cantó al Hórmigo, río que
atraviesa el mismísimo corazón tunero, sino también a los parajes de
El Cornito, finca a cinco kilómetros de la ciudad, desde donde se
inspirara para crear la mayor parte de su obra.
Hasta ese lugar regresan —por esta fecha— amantes de la décima
escrita u oral y de la propia obra de Nápoles Fajardo. La Jornada al
Cucalambé o sencillamente la Fiesta Cucalambeana es una oportunidad
para que quienes habitan los campos cubanos demuestren cómo la
tradición campesina puede ser una habitual práctica en la
modernidad.
Repentistas, tonadistas, treseros, laudistas, improvisadores,
decimistas orales y escritores, artesanos y artistas, así como
varias agrupaciones practicantes de bailes típicos, se confunden
entre los cientos de visitantes que diariamente acoge El Cornito.
Todos con sombreros de yarey, algunos incluso con botines y
espuelas, unos con las pañoletas del bando rojo, otros con las del
azul, pero todos con el distintivo campesino.
Así es la Cucalambeana, un gran guateque que garantiza su legado
en la cultura, por eso lo realmente importante en El Cornito es
estar en él, ser protagonista de lo que allí ocurre y así
convencerse de que las tradiciones campesinas están vivas, no porque
pertenecen a una herencia del pasado, sino porque realmente
constituyen una práctica del presente.
Por ello la seguridad con que se dialoga en el Coloquio de la
Décima y el Verso Improvisado, donde se viaja de la oralidad a la
escritura y de Cuba a toda Iberoamérica. Una seguridad teórica que
se confirma en la práctica de múltiples talleres infantiles para la
formación de repentistas y tonadistas.
Cada primero de julio concluye lo que los tuneros orgullosos
nombran como "la fiesta suprema del campesinado cubano". La fecha no
es fruto de un día al azar, sino que coincide con el nacimiento de
El Cucalambé, ese mismo día de 1829. Un festejo de nacimiento y no
de muerte porque aún se desconoce el día de fallecimiento de Juan
Cristóbal Nápoles Fajardo, solo que desapareció misteriosamente un
día cualquiera de 1861. Por tal motivo, la Cucalambeana se permite
envolver por ese halo de misticismo para convertirse en lo que
realmente es: una verdadera jornada de nacimiento y tradición.