Nos acaban de informar que todos los que usamos teléfonos y
cualquiera de los principales servicios de comunicación cibernética
—o sea, casi todo correo electrónico, chat, videochat, video llamada
por Internet, documento— está potencialmente expuesto a ser espiado
por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, particularmente
si las comunicaciones son internacionales.
Nos acaban de informar que los encargados de supervisar estos
programas en nombre del pueblo no estaban enterados de gran parte de
este masivo aparato de vigilancia. Nos acaban de informar los
gobernantes que nadie se tiene que preocupar, porque se puede
confiar en que ellos hacen lo correcto.
Nos acaban de informar que los derechos a la privacidad y a la
libre expresión garantizados por la Constitución y las leyes
federales tienen que ser parcialmente anulados para poder
defenderlos de los enemigos, aquellos que odian las libertades y los
derechos que se tienen aquí.
Y eso que apenas nos estamos enterando de todo esto y nadie sabe
qué más hay, ya que el gobierno tiene que guardar secreto en defensa
de la libertad, dicen. Hasta las reglas de cómo se hace todo esto
dentro de la legalidad y con pleno respeto a los derechos de los
ciudadanos —lo cual aseguran el gobierno de Barack Obama y la cúpula
legislativa de ambos partidos— son secretas.
El valiente comentarista Glenn Greenwald, de The Guardian, quien
con otros colegas ha divulgado las filtraciones de Edward Snowden,
el excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) que
reveló los masivos programas secretos de vigilancia —algo que Daniel
Ellsberg, quien filtró los célebres Papeles del Pentágono hace 40
años, consideró la filtración más importante en la historia
estadounidense—, advirtió este fin de semana que hay mucho más y que
el material publicado hasta ahora solo es la punta del iceberg.
Las justificaciones de todo esto son las mismas desde el 11 de
septiembre del 2001, aunque lo más notable ahora es que un
presidente demócrata y un amplio número de legisladores demócratas
que antes fueron críticos feroces de esta intrusión a la privacidad,
cuando George W. Bush era presidente, ahora la defienden con la
misma retórica de proteger al país del terrorismo.
El legendario periodista I.F. Stone aconsejaba a todo periodista
que cubría política: si quieres saber sobre gobiernos, todo lo que
tienes que saber son tres palabras: los gobiernos mienten.
Aquí, en este caso, los gobiernos, al ser revelados en sus
engaños, justifican el no decir la verdad como algo necesario para
defender la libertad, la transparencia y la democracia, ante la
amenaza del siempre presente enemigo. La semana pasada, por ejemplo,
el director de Inteligencia Nacional, James Clapper, admitió que en
una respuesta evasiva a una pregunta directa de un senador sobre si
se espiaban las comunicaciones de millones de estadounidenses, por
la delicadeza del tema, ofreció la respuesta menos verídica posible.
La opinión pública no está muy sorprendida, y las encuestas
muestran reacciones mixtas; algunas revelan que la mayoría están
dispuestos a ceder sus libertades a cambio de la seguridad pública y
nacional, aunque otros dudan que esto sea necesario. Una encuesta de
la revista Time en estos días mostró que el 54 % de los
estadounidenses opinan que Edward Snowden hizo algo bueno, contra el
30 % que opina lo opuesto. Para confundir las cosas, en la misma
encuesta, 53 % dice que debería ser procesado legalmente por la
filtración, mientras 28 % dice que no (aunque 43 % contra 41 % de
los jóvenes entre 18 a 34 años consideran que no debería ser
penalizado). Hay un empate estadístico sobre los que aprueban los
programas de vigilancia y los que no.
La más afectada es la credibilidad de la clase política. Pero ya
poco queda de ella. En un sondeo de Gallup, la semana pasada, el
Congreso estableció un récord histórico con el índice de
confiabilidad más bajo: solo 10 % de los estadounidenses confían en
sus diputados y senadores, y hoy es la institución estadounidense
menos popular en la historia del país. Es inferior al nivel de
confianza del gran empresariado (22 %), bancos (26 %), periódicos y
noticieros de televisión (23 %) y sindicatos (20 %), entre otros.
Los que tienen más alto índice de confiabilidad son los militares,
con el 76 %.
El debate que todo esto ha desatado sin duda es saludable, al
demostrarse la falta de transparencia y de rendición de cuentas de
un gobierno secreto cada vez más grande y poderoso. Ellsberg
escribió en The Guardian la semana pasada: "Decir que hay
supervisión judicial es tan absurdo como hablar de la supuesta
supervisión de los comités de inteligencia en el Congreso. No por
primera vez —como con los temas de tortura, secuestro, detención,
asesinato por drones y escuadrones de muerte— han demostrado que
están completamente cooptados por las agencias a las que
supuestamente vigilan".
Ex altos funcionarios y agentes veteranos de inteligencia han
dicho lo mismo en días recientes. En tanto, algunos comentaristas
destacan la continuidad de las políticas de Bush en estos rubros,
que fueron tan denunciadas.
Ante todo esto, el debate continúa tanto en Estados Unidos como
en otros países. Gobiernos europeos y agrupaciones civiles y
políticas asiáticas han pedido aclaraciones al gobierno
estadounidense sobre el alcance y la legalidad de su proclamado
derecho de escuchar y espiar a cualquiera en el planeta. Sin
embargo, por ahora no hay mucha reacción en México o el resto de
América Latina, donde todos tendrían que suponer que sus
comunicaciones privadas cibernéticas son sujetas a la vigilancia
secreta de Washington. ¿Tiene Estados Unidos ese derecho? ¿Tiene
permiso, o incluso cooperación de otros gobiernos? ¿Los ciudadanos
están enterados?
Si esto no es suficiente como para provocar un cambio y recordar
que el demos es el que finalmente tiene que vigilar a su gobierno
para que este pueda llamarse democrático, todo lo revelado quedara
solo como la letra de un blues orwelliano. (Tomado de La Jornada)