Su
mano, hecha a la medida del saludo cordial, del disparo certero, de
la tierna caricia, de la ciencia que cura, ha tomado también cientos
de veces el lápiz para dejar sobre el papel constancia escrita de
ideas, principios, consejos, convicciones, relatos, evocaciones,
mensajes, correspondencia...
Pero esta vez el motivo es tan sensible, nace tan hondo y alto a
la vez, que durante la eternidad de un instante la mano permanece
inmóvil, la mirada fija, casi imperceptible la respiración,
imperturbable el silencio, apenas alterado por la cadencia interna
de un latido que pide siglos de porvenir.
¿Cómo expresar y perpetuar en un puñado de líneas el paternal
idilio que, sin una palabra a cambio, puede desbordar el beso a ras
de la dormida frente, el diminuto rostro acomodado en el regazo?
¿Cómo dejar cristalinamente intacto a la pupila de todo tiempo
futuro lo más bello que un padre puede decir y aconsejar en caso de
que el destino no vuelva a conceder mañana la oportunidad de
hacerlo?
Privilegiado el oxígeno que retorna henchido al espacio,
convertido tal vez en suave suspiro mientras, segura en sí misma, la
mano comienza a testar en caligráfico susurro la más tierna y
optimista confesión:
A mis hijos.
Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto:
Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté
entre Uds.
Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán
nada.
Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha
sido leal a sus convicciones.
Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder
dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que
la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no
vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más
hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier
parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.
Hasta siempre, hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y
un gran abrazo de
Papá