Un Padre forjado en el amor y el dolor

Dilbert Reyes Rodríguez y Aldo Daniel Naranjo

Los héroes se forjan en sus triunfos y desgarramientos. En todos, la fuerza del espíritu determina lo épico, y en los mejores, ni el daño a lo más humanamente sensible perturba el horizonte de sus ideales, aunque por la firmeza se les vaya la vida.

De esta madera fue hecho Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria. ¿Cuánto dolor hubo en el capítulo del hijo fusilado, que hace 143 años lo encumbró con el epíteto glorioso?

La raíz estuvo en su ejemplaridad de padre natural, cariñoso, preocupado en la crianza y educación de sus muchachos.

Por eso es un error, tan grande como injusto, pensar que Amado Oscar era expresión de una relación filial fría y lejana; según se empeñó en mostrar la prensa colonial a fin de deshonrar, en la figura del hijo, al Presidente de la República en Armas.

El segundo de los vástagos del matrimonio con María del Carmen Céspedes, nacido el 9 de julio de 1847, fue quizás uno de los hijos más mimados del patricio.

Lo demuestra el temprano envío a La Habana, a completar la segunda enseñanza en el Instituto del gran pensador Antonio Bachiller y Morales, la nominación de tutores insignes, el ingreso a la carrera de Derecho en la universidad capitalina.

Lo que ciertamente es una incógnita es por qué Oscar estaba en La Habana —acababa de matricular el tercer año— cuando el grito del 10 de Octubre de 1868. Según la historiadora Hortensia Pichardo, en Temas históricos del oriente cubano, este hecho "indica que su padre no lo había puesto al tanto de lo que se tramaba en Oriente".

Al parecer, Céspedes deseaba que terminara su formación, pero obviamente pasó por alto los valores sembrados en el muchacho, quien al conocer del estallido quiso unirse al caudillo, enrolado en alguna expedición de apoyo que arribara desde el exterior.

Así marchó Oscar a Estados Unidos, desde donde llegó a Cuba por el norte de Las Tunas.

De su encuentro íntimo con el padre en Guáimaro, no hay referencias personales. Puede imaginarse un momento tremendo, pero a pesar de la afinidad familiar no fue incorporado a la escolta ni al séquito de la presidencia. Se cuenta que él mismo pidió agregarse como soldado en una compañía de fusileros.

Tampoco se sabe de la participación de Oscar en combate, pues poco después de su llegada inició la gran ofensiva española sobre el Camagüey, en una de cuyas escaramuzas fue hecho prisionero, en mayo de 1870, junto a otros compañeros y la esposa —con quien disfrutaba el reciente casamiento. Condenado a muerte en Puerto Príncipe, fue fusilado el día 29.

Aquí es donde viene la trampa tendida a Céspedes, a quien la carta del capitán general Caballero de Rodas pretendió hacer creer que el hijo vivía y podía negociarle, con su vida, el abandono de la lucha.

La correspondencia con la indigna proposición, guardada en el Archivo Nacional de Cuba y mostrada por Hortensia Pichardo, indica que fue escrita el primero de junio, dos días después del fusilamiento; lo cual revela una cínica estrategia para capturar al Presidente.

La respuesta de Céspedes, escrita el día 2, rubrica el sentimiento inmolado por la causa común. En las célebres palabras, el padre concluye, textualmente: "Duro se me hace pensar que un militar digno y pundonoroso como V.E. pueda permitir semejante venganza (fusilar al hijo) si no acato su voluntad, pero si así lo hiciere, Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueren por nuestras libertades patrias".

A la par de la grandeza que invistió a Céspedes en los círculos revolucionarios tras el suceso, lo ocurrido también propició otra ola de descréditos contra el caudillo, falseando sobre la actitud del hijo; pero lo que es muy poco conocido es la reacción de Amado Oscar ante la propuesta indecorosa que primero se le hizo a él.

Según relata el libro Los confinados de Fernando Poo e impresiones de un viaje a Guinea, de Francisco Javier Balmaseda, —compañero de Oscar durante la clandestinidad en La Habana—, cuando se le propuso a este escribir una carta personal al padre para que abandonara la lucha a cambio de su vida, él respondió: ¡Primero perezca toda mi familia, y yo con ella, que hacer traición a mi Patria!

Evidentemente, Amado Oscar no fue excepción en el criterio familiar de entregarlo todo por la Patria, sino digna prolongación de la estirpe del padre, cuya herida ante la pérdida, al decir de la Pichardo, ocultó en su temple de mármol: "Rara vez dejó escapar una señal de que todavía sangraba y que el recuerdo del hijo sacrificado era perenne: al primero nacido de su matrimonio con Ana de Quesada (el propio 1870) le puso por nombre Oscar".

El capítulo épico consagró a Céspedes como Padre de la Patria, y así se le llamó por primera vez unos días después del suceso, el 4 de junio de 1870, en el Diario Cubano, que dirigía en Nueva York el ilustre Rafael María Merchán:

"(¼ ) si el gobierno español trató de aprovechar esta ocasión para hacerle proposiciones degradantes, nuestro Presidente recordaría que todos los cubanos vemos en él, desde hace año y medio, ¡el primer padre de la Patria!

Ha perdido el afecto de un hijo por la carne, pero le queda el de todos los que lo somos por la generación política del 10 de Octubre; ¡le queda el aprecio ilimitado de todo un pueblo!".

Desde entonces, cada domingo de junio en que se celebra el Día de los Padres, los cubanos también rinden tributo al patricio que ahogó el sufrimiento personal por defender la nación de la ignominia extranjera, y acomodó a sus pobladores en el regazo de la libertad.

En esta Isla la veneración se multiplica, desde el abrazo al padre de cada uno, hasta el culto profundo al Padre de un pueblo entero.

 

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