Una vez más el béisbol nos reúne, nos llama, porque no solo es
pasión, sino también identidad y nacionalidad. Llegamos a la final
por el título de Cuba, con Villa Clara y Matanzas, desde esta noche,
en el parque yumurino Victoria de Girón, desbordándonos en estados
de ánimos, como lo hicieron también los cienfuegueros y espirituanos
que, aun cuando no alcanzaron el singular momento, pelearon hasta el
final.

La sede de los dos primeros juegos de la final.
En la Atenas de Cuba y en Santa Clara las emociones corren como
río bravo que llegan a los estadios, repletos de una afición que va
a respaldar a sus peloteros, a ver un buen juego de pelota. En otras
palabras, a ser el destinatario del esfuerzo, la entrega, la
dedicación, de quienes, vestidos de héroes, los representan.
Así de inmensa es la responsabilidad de peloteros, cuerpos de
dirección, árbitros y directivos de nuestro pasatiempo nacional. Son
ellos los actores de la gran fiesta, que tiene a todo el país
hablando de bolas y strikes.
Y cuando se trata de tan hondo sentimiento popular y del mayor
nivel de nuestra pelota, el compromiso de esos protagonistas se
incrementa. Exige de los peloteros no solo la aptitud del atleta,
sino también su actitud ante un pueblo que espera la buena jugada,
el jonrón, no la chabacanería, la ofensa o el irrespeto por el
rival. El deporte es una confrontación, sí, pero no antagónica, sino
pacífica.
Por supuesto que lo anterior no está reñido con la rivalidad, al
contrario, la hace más viril, porque solo respetando al adversario
puede aquilatarse la magnitud del reto y en consecuencia alcanzar la
victoria. Como la pelota es expresión de cubanía, evoquemos al más
genuino de los cubanos cuando expresó: Se tiene el talento para
honrarse con él, no para deshonrar a los demás.
Esta final demanda de los árbitros preparación, ajuste al
reglamento interno, a la regla del béisbol y a la ética; solo así
podrán ejercer la autoridad que de ellos se espera. Sobre sus
hombros cae el curso del juego, como sobre los de los directores de
equipos recae ya no solo el triunfo o la derrota, sino la máxima
responsabilidad del acontecimiento social que es la final por el
título cubano de béisbol. Entiéndase la conducta de sus atletas, la
suya, y la relación de todos con árbitros, oponentes y aficionados.
Los que están en el terreno son ídolos, líderes. Son vitoreados
por sus hazañas, pero también lo que hacen en el escenario
competitivo encuentra repercusión en las gradas y en la sociedad. Si
un elegante fildeo o un batazo decisivo desata las emociones, una
mala acción o una expresión antideportiva halla caldo de cultivo
para manifestaciones de ira que derivan siempre en indisciplinas
sociales, las cuales por la cantidad de público y sentimientos
encontrados se multiplican.
No se trata de que el graderío deje de ser el décimo jugador de
cada conjunto. Su apoyo al de casa tiene que hacerse sentir, porque
en muchas ocasiones el estadio gana juegos de pelota, pero las
ofensas al contrario que se han dejado escuchar en nuestros parques
hay que censurarlas y desterrarlas de las tribunas, con otra máxima
martiana: Quien ha sabido preservar su decoro sabe lo que vale el
ajeno, y lo respeta.
En las series semifinales vivimos pasajes que, sin ir a los
libros de récords o a las estadísticas, expresan los atributos de
nuestros deportistas, entrenadores y árbitros. Recordemos al
cienfueguero Noelvis Entenza, tres veces superado por el
villaclareño Freddy Asiel Álvarez, quien en sus primeras palabras a
la prensa expresó: "Él es el mejor lanzador de Cuba"; o al coach de
tercera de Villa Clara, Lázaro López, ser el primero en felicitar al
adversario al pasarle el brazo por arriba al pitcher sureño para
decirle: "Estuviste inconmensurable".
O a Iday Abréu, mentor de la Perla del Sur, con el mérito de
mantener a los cienfuegueros entre los cuatro primeros elencos de
Cuba, disculpándose ante el pueblo por el exabrupto con una decisión
arbitral. Hablamos, y con razón, de la labor de Víctor Mesa,
haciendo resurgir a Matanzas. Preguntémonos: ¿qué era Cienfuegos
hasta que el exlanzador tomara las riendas de su novena? Por eso su
público se quedó allí y tras el último out los premió a él y
a su escuadra con la medalla del aplauso, del cariño, del que se
siente bien representado.
A César Valdés regresando con los arreos, pasando no por encima
de la enfermedad de su padre, sino entendiendo que debía salir a
buscar el sello del juego que solo los árbitros, cuando lo hacen
bien, pueden dar. Qué decir del joven refuerzo camagüeyano de Sancti
Spíritus, Norge Luis Ruiz, un muchacho que no se achicó ante la
furia roja matancera; o de la confianza y el aliento del debutante
mentor Yovani Aragón a sus jugadores, incluso en el momento más
difícil.
Todos recordamos a José Miguel Fernández; como si fuera hoy, sin
callarse un minuto en la segunda base del III Clásico Mundial de
Béisbol, era quien insuflaba el ímpetu, sencillamente era la voz de
Cuba en cada duelo. Así es con su Matanzas el joven de Colón quien,
al fallar un lance fácil en un noveno capítulo, sabía que podía
comprometer las aspiraciones de finalistas de sus compañeros. No
pudo más y cuando cayó el out 27, pese al triunfo, rompió a
llorar. Hasta él llegó el abrazo de su equipo.
El cubano está lleno de esos valores y el béisbol los saca, los
hace grande. Esa es la convocatoria que desde esta noche ha de
primar en cada turno al bate, en cada lanzamiento, para hacer grande
y bella la fiesta de Matanzas, de Villa Clara y de toda Cuba.