Usted,
que quizás fuma desde su temprana juventud, ¿cuántas veces ha
prometido batallar contra esa adicción e incorporarse a la práctica
regular de ejercicios físicos? Tal vez defienda aquello de que
encender un cigarro relaja el cuerpo y espanta el estrés, porque,
por sus múltiples ocupaciones, "no tiene tiempo" para correr aunque
sea unos minutos al día.
Un cafecito al despertar y unas bocanadas asomado a la ventana,
ya es costumbre. Sería traicionarse a sí mismo abandonar ese ritual
que desde años lo acompaña cual motor de arranque para iniciar las
tareas cotidianas. Posiblemente al mediodía —escondido en un rincón
de la oficina o en el baño del taller— tampoco controle los deseos
de prender uno para humear el ambiente, total¼
"con eso no le hago daño a nadie", pues un cigarrito se quema al
instante, en tanto los compañeros de trabajo le parecerán unos
extremistas porque no quieren absorber sus exhalaciones.
Para dejar de vivir atado a ese vicio no se precisa de una fecha
exacta en el calendario, aunque usted podría comenzar hoy 31 de
mayo, Día Mundial sin Fumar. Para voltear la pelea a favor de la
salud (del cuerpo y del bolsillo), lo importante es anclar en la
mente el propósito de esquivar el deseo de llevarse a la boca la
próxima breva y enderezar por el camino de evitar los tantos males
asociados a esta adicción, cuyas estadísticas fatales son conocidas
y no repetiré, mejor prefiero ilustrarlas así:
Quince años llevaba un periodista, asmático, compartiendo labores
con sus compañeros en una redacción cerrada donde, si alguien le
daba un click a la fosforera, al rato la atmósfera se tornaba densa,
como si estuvieran en medio de la bruma, esa vista sobre el mar en
el invierno.
El más perjudicado entre los perjudicados, sintió que cada vez se
le incrementaba la falta de aire cuando pretendía subir una escalera
o realizar algún otro esfuerzo físico. Alarmado, asistió al servicio
de Cardiología, presumiendo que había ingresado en el club de los
pacientes del corazón.
Después de exhaustivos exámenes, el doctor le informó que no
halló problemas; sin embargo, le recomendó visitar una consulta para
el tratamiento de los asmáticos, donde encontró la respuesta. Cuál
no sería su sorpresa cuando el galeno que lo atendió, tras una
prueba funcional respiratoria y otros exámenes, le dijo: "Amigo,
usted es un fumador empedernido". Aquello le sonó desmesurado, pues
él nunca en su vida fue consumidor, pero sí un fumador pasivo
respirando durante años los desperdicios exhalados por otros.
Experiencias como la anterior, existen por millares. Cualquiera
de nuestros lectores tendría las suyas. Pero, hoy, aunque en
diversos lugares públicos se fijan áreas específicas para entregarse
al cigarro, siempre surgen los violadores de tan imprescindible
norma de convivencia. Lo mismo dicen "¡dame candela!" dentro de un
ómnibus, en un local cerrado, que en un viaje transoceánico, al
punto de que las aerolíneas, antes de alzar el vuelo, advierten de
la posibilidad de multar a los infractores si se esconden en los
baños de la nave para saciar el vicio.
¿Por qué obligar a una persona a respirar ese humo? Acaso es
menester contaminar el aire fuera de esos sitios autorizados o
"corredores de la muerte", sarcasmo en boca de algunos de los
concurrentes a ellos para darle rienda suelta a ese impulso pocas
veces refrenable.
El tabaquismo, los padecimientos cardiovasculares, el cáncer, la
obesidad y el sedentarismo son términos muy escuchados en el mundo.
Consejos para llevar una vida más sana —alejada de las amenazas que
estén a la mano evitar— no han faltado.
Casi siempre pensamos que ninguno de esos males tocará a nuestras
puertas, e incurrimos en una peligrosa subestimación del rival,
riesgo de excesiva confianza similar a la experimentada por aquel
boxeador que sube al entarimado menospreciando al contrario, y sufre
un nocao fulminante.