Fue una tarde singular, en primer lugar porque la Kitri y el
Basilio encontraron a unos intérpretes idóneos: una Viengsay Valdés
inmensa, y a un no menos seguro y en excelente forma, José Lozada.
Juntos, "arman" ya una cohesionada pareja que entregó instantes
memorables. Desde la propia entrada se adueñaron del auditorio.
Ímpetu y virtuosismo corrieron sobre el escenario, y hasta el más
simple personaje de la pieza recibía la magia, el influjo de los
protagonistas, una energía que nunca los abandonaría. Pues, ambos
bailaron con una extrema proyección y unas ganas de hacer que
motivaron al resto de la compañía. Amén que sintieron al público más
cerca (algo muy positivo de esta sala), apoyándolos a cada instante
—aunque es menester subrayar aquí, que en el ballet existen momentos
para los aplausos y ¡bravos!, ya que con algunos exabruptos a
destiempo se puede desconcentrar la labor de sus artistas. Pero esos
espectadores estuvieron muy motivados, como lo fue este crítico.
Don Quijote se disfrutó desde otra dimensión, la de una
comedia-ballet, pues, las interpretaciones y el baile se fusionaron
de manera armónica. La selección de bailarín-personaje funcionó a la
perfección en casi todos los personajes. Algo que permeó desde el
dúo protagónico, porque nadie duda de que Viengsay es Kitri. Vale
destacar ese primer acto donde se conjugaron, en positivo, todos los
elementos, y en los que ella bordó de manera especial una variación
de alto vuelo. Un dominio técnico casi absoluto, en el que cada
planteamiento coreográfico encuentra una realización escénica
natural, al extremo de que su baile consigue hacer desaparecer ante
los ojos del público las dificultades propias de toda ejecución. Lo
que queda es entonces un bailar fluido, donde no se aprecian ni la
preparación ni el esfuerzo. Interpretativamente estuvo bien, en eso
de provocar la risa espontánea sin perder la gracia de la poesía.
Tarde para recordar la del 26 de mayo en la que destacó a su lado el
joven Lozada. Fue siempre un solícito acompañante y aunque tuvo
destellos en la interpretación, puede trabajarla más para alcanzar
la perfección.
Hubo en la jornada varias actuaciones dignas de destacar. En
primer lugar la labor de Espada, el torero (Víctor Estévez) y
Mercedes, su amante (Verónica Corveas), quienes destacaron con un
carisma singular, tanto en sus solos como en el trabajo de pareja.
Mientras que con superlativos hay que mencionar a un bailarín que
crece en las tablas a pasos agigantados: Alejandro Silva
—¡excelente!— en el Gitano joven, y a su lado, otra joven bailarina
que deja siempre huellas positivas en sus papeles, por muy pequeños
que puedan resultar. Grettel Morejón, quien en la gitana Graciosa
puso toda su piel en función de un personaje que se sintió con
fuerzas. Don Quijote (Alfredo Ibáñez)/Sancho Panza (Ernesto Díaz)
realizaron un dúo de altura, a partir de un diálogo escénico que
pocas veces se integra de manera tan elocuente. Imprimiéndoles un
sello personal, simpático y mesurado que mucho se agradece en la
historia. Siguiendo el tono de comedia-ballet no podemos olvidar a
Lorenzo, el posadero, un rol que Félix Rodríguez ha hecho muy suyo a
través de los años, pero que matiza la obra. Cuerda por la que
"camina" también el Camacho de Ernesto Álvarez (espléndido, pleno de
matices que provoca con su inteligente y fino humor una hilaridad de
matices diferentes).
El Amor encontró en la juvenil y diestra Massiel Alonso una
intérprete idónea, mientras que Estheysis Menéndez, quien posee
todas las condiciones para el difícil papel de la reina de las
Dríadas, realizó un enorme esfuerzo, pero aún debe concentrarse un
poco más y trabajarlo para brillar en toda la extensión de la
palabra. Muy bien Lissi Báez/Regina Hernández en las amigas de Kitri,
quienes desbordaron siempre el tono perfecto para bailar al unísono.
El cuerpo de baile contrastó un poco del desenfado y
espontaneidad del primer acto relacionándose a cada instante con sus
pantomimas y buen baile, con el del tercero, pues se observaba más
atento al quehacer de los protagonistas que a poner la historia en
juego, algo que es máxima en el quehacer del BNC en cada
espectáculo. Pero, nada pudo restar a una función que dice a las
claras que la compañía cubana sigue firme en su historia.