Pedro
Mir, el Poeta Nacional de Santo Domingo, cuyo centenario se celebra
este año, escribió un día a su hermano Luis Emilio, estudiante de
Ingeniería Eléctrica en la Universidad de La Habana: "Me parece
mentira que te escriba a La Habana. Tenía la sensación de que en La
Habana no existían sino cosas irreales e imposibles. De allá no se
oyen más que cosas fantásticas y llega a uno imaginársela en pura
fantasía" —la carta familiar está fechada en Ciudad Trujillo.
Todavía la capital dominicana llevaba el nombre del sátrapa. En
aquel momento Pedro Mir no pensaba que pronto viviría en La Habana y
que escribiría aquí parte de su inmensa y rica obra creativa. Ni
tampoco que dejaría una estela de cariño en Guantánamo y Santiago de
Cuba. Vivió por años e hizo familia en San Rafael número 816, barrio
de Cayo Hueso.
En el 2008, Ediciones Extramuros publicó el libro Nunca
me gustó la correspondencia, que compila una interesante
correspondencia de Pedro Mir dirigida a su hermano. La contraportada
del libro dice mucho del poeta dominicano que también fue narrador,
músico (tocaba divinamente el piano), ensayista, educador,
periodista, abogado, investigador e historiador, además un tanto
políglota. La nación dominicana tiene todas esas razones para
considerarlo un hijo predilecto. Mas, el poeta y humanista fue
siempre un patriota. El ferviente patriotismo lo condujo a Cuba,
como emigrado forzoso a causa de la persecución trujillista y
permaneció aquí por más de 20 años. Regresaría a su país solo
después de la caída del dictador.
Su aval revolucionario registra la participación de Mir en la
expedición de Cayo Confites que aspiraba a derrocar a Trujillo.
Estaría cerca de Juan Bosch en la embarcación Aurora.
En cuanto a la poesía de Mir, tal vez el más célebre de sus
poemas es Hay un país en el mundo, publicado por primera vez
precisamente en La Habana (1949). Ha contado él mismo que esa
edición príncipe fue posible porque un día puso el poema en las
manos del expresidente Bosch, aquí en La Habana. Su obra poética y
su prosa son tan extensas como profundas y variadas. Su gran amor,
decía, "es la pluma, pero más aún la máquina de escribir".
El nombre de Pedro Mir integra el catauro de obras y vida que ha
ido enriqueciendo la Casa de las Américas, pues en 1976 el poeta fue
jurado del Premio Casa. En aquella ocasión le dijo a Haydée
Santamaría que se sentía doblemente en "casa", refiriéndose a la
institución cultural y a su presencia en Cuba.
A Pedro le fascinaba el mundo de la tecnología. Siempre tomó de
su salario una parte significativa para comprar otra máquina de
escribir más moderna, hasta llegar a la eléctrica. Luego fue la
computadora. Él relaciona en una de las últimas entrevistas
publicadas en Santo Domingo, las marcas y destinos de todas las
máquinas que tuvo: "Ahora estamos en la electrónica (¼
) es un mundo increíble incluso en manos de gente sencilla como
nosotros (¼ ), a mí a veces me da
escalofrío pensar cómo va a ser el mundo. Nací en 1913. En mis
primeros años viví sacudido por los grandes inventos".
A Mir le gustaba el modelo intelectual de José Martí. Así decía
cuando vivía en la casa de la calle San Rafael. De ahí que muy
temprano utilizara la escritura en la prensa y la difusión en radio,
como medios de promoción de la cultura y la política.
—¿Siempre Bosch en su vida intelectual? —una pregunta.
—Cuando yo estaba estudiando en la Escuela Normal, uno de mis
compañeros le llevó a Juan Bosch los versos que había visto en mi
cuaderno de notas: se los llevó sin comunicármelo. Bosch era el
director de la página literaria del Listín Diario, y después de
haber rechazado los versos, porque el supuesto autor de esos versos
"tenía una visión escapista de la realidad" y él pensaba que ese
joven debía dirigir sus ojos a la patria, finalmente los publicó en
el Listín. A partir de ese momento mis amigos empezaron a llamarme
poeta, hasta hoy, respondió Pedro Mir poco antes de morir.